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Juan Matute

De siempre, los pueblos –y las ciudades– han sido una fuente de trabajo para los grupos y compañías profesionales principalmente en los meses de verano. Compañías independientes, modestas en sus producciones (ante las obligadas limitaciones económicas), suplen estos inconvenientes con la fuerza del ingenio, la imaginación y una capacidad camaleónica de adaptación a las circunstancias.

Se trata de grupos pequeños que tradicionalmente iban por los municipios aprovechando los eventos de rigor como fiestas patronales, semanas culturales, certámenes, ferias, etc. y con ajustados cachés, pagando religiosamente las cargas legales vigentes como el IVA o la Seguridad Social. Por otro lado, el teatro aficionado que se desarrolla en los municipios realiza una necesaria función que extiende el hecho teatral a la sociedad civil.

Los grupos de teatro aficionado –que muchas veces no pagan esas cargas legales (ya lo pagan en sus obligaciones profesionales)–, cobran un caché testimonial y tienen una subvención anual del ayuntamiento como asociaciones culturales. Todos hemos visto más de una vez excelentes grupos de este tipo, con propuestas arriesgadas y sumamente atractivas, y también otros que no llegan a un mínimo aceptable.

Esta es una situación por todos conocida, y no había problemas en la cohabitación de profesionales con aficionados.

Exclusión de los grupos profesionales

Desgraciadamente, desde hace años, asistimos a una exclusión de los grupos profesionales de las programaciones de los pueblos, y a una ocupación en el terreno profesional de los grupos aficionados generalmente radicados en los propios municipios o comarcas. Esto tiene un nombre, intrusismo desaforado, y unos responsables, que suelen ser los listillos de turno que colocan los partidos en las diputaciones provinciales.

Las diputaciones vienen pagando tradicionalmente el 50% de los cachés de las producciones seleccionadas, y el otro 50% los municipios.

La frecuentemente miserable falta de criterio cultural de los responsables culturales de los municipios, y lo que es peor, la obediencia sumisa –e interesada, por supuesto– que rinden estos individuos a sus jefes en el partido de turno que detenta el poder, han creado desde hace años una situación insostenible para nuestros compañeros que luchan con sus escasos medios contra viento y marea.

Dicho sea con todo el respeto del mundo, los grupos de aficionados de las localidades y los concejales de “festejos” respectivos no tienen ningún derecho a ocupar el lugar y el pan de los profesionales.

La tarta siempre se repartió para que todos pudieran tener su lugar. Lo que es intolerable es el intrusismo y la ocupación del ámbito profesional, hecho con la aquiescencia de algunos popes que se llenan la boca con la palabra cultura, que propician y alientan esta realidad para luego obtener el fruto de sus paisanos: el voto en las elecciones de turno.

La Unión de Actores ha mandado una carta y una petición de reunión con Pedro Castro, presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) para buscar soluciones a esta situación.

El carnicero, la frutera, el tabernero… tienen todo el derecho del mundo a hacer teatro ¡pues faltaría más, el teatro es de todos! Pero, ¿qué dirían estos profesionales si los actores quisieran meter las narices en su trabajo, su esfuerzo, su dedicación y su salario?

El concejal de “festejos” no estaría muy tranquilo… Pues eso.

Comisión paritaria del convenio de teatro

El pasado día 9 de febrero se reunió la comisión paritaria del convenio de teatro en el Ministerio de Cultura para aprobar una subida de un 0,8% en todas las retribuciones mínimas del convenio (IPC de 2009). Así fue aprobado por todos los representantes. Esta subida tiene efectos retroactivos a 1 de enero.

 

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