Actores y riesgos laborales (PRL): La caída de los dioses

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Caer. ¿Cuántas veces se puede caer en la profesión de actor o actriz? ¿Y cuántas veces puede uno levantarse y volver a ser lo que siempre fue? Esa es la historia de los actores y las actrices que entretienen a las masas. Las caídas en desgracia. Las que asustan tanto a padres, madres y familiares cuando un chaval o una chica dice que quiere dedicar su vida a esta profesión. La historia del recientemente fallecido Philip Seymour Hoffman. La historia de Robert Downey Junior. La historia económica de Concha Velasco. Las historias que venden papel couché y horas y horas de telebasura y, que si acaso, producen un impacto lateral en la venta de espectáculos, películas, series, aunque el beneficio real se lo llevan otros. Las revistas que pueden, con historias luctuosas, vender muchos más espacios publicitarios. Las de las televisiones que pueden vender más tiempo en “prime time” a sus anunciantes. Los escritores que realizan autobiografías no autorizadas o “visiones de una época”.

Este artículo no habla de esas caídas. Sino que trata sobre el acto físico de caer. De caerse. Aunque la filosofía es la misma. Y el riesgo de un tipo de caída y de otra han de prevenirse. Lo que significa que hay que desarrollar “escenarios” o “sets” en los que dichos riesgos no se actualicen. Donde se puedan dar espectáculos en los que el único riesgo que se asuma sea el riesgo artístico.

Esta reflexión se produce cuando un ojo preventivo se sienta a ver y escuchar el Rigoletto de Giusseppe Verdi en el Teatro Reina Victoria de Madrid. En el que se encuentra algo que no se espera ver en un montaje que se ha comprado a la ópera de Dresden, un montaje alemán. Montaje en el que en un momento de la obra, Rigoletto, el protagonista, baja por una escalera de mano a más de dos metros de altura, sin ningún tipo de sistema anticaídas, mientras canta y lo hace con un vestuario que dificulta el movimiento, por la necesidad de representarle como un payaso jorobado. A la que se añade más tarde un descendimiento por la misma escalera que representa el rapto de Gilda, la hija de Rigoletto, en el que, de nuevo, no se ve sujeción de los que la descienden ni de la descendida. Antes, padre e hija, Rigoletto y Gilda, han saltado sobre una pila de colchones que se encuentra en una plataforma situada a más de dos metros de altura sobre el plano del escenario. Es cierto que dicha plataforma tiene una barrera que desde la butaca parece adecuada para prevenir el riesgo de caída y que ha sido integrada con eficacia artística por el escenógrafo, ejemplo claro de que es posible introducir barreras preventivas de forma artística o a favor de lo artístico. De que hacer un escenario o un set seguro y saludable es una opción factible sin impedir la puesta en escena y la interpretación del elenco.

Hay que reconocer que las imágenes comentadas en el párrafo anterior resultan atractivas para el espectador. Pero desde el punto de vista preventivo, y vistas desde la butaca, no se aprecian medidas preventivas que evitaran un batacazo de los cantantes y actores que participan en la escena. Aunque pudiera haberlas y estar integradas aunque no fueran tan fáciles de detectar como la barra que se ha colocado en la plataforma.

El interés en tomar medidas se debe a que las posibles consecuencias de una caída desde esa altura para la salud de un actor, actriz o cantante pueden ser importantes. Pues se trata de una altura mayor de dos metros. Y es por ello por lo que la legislación en prevención de riesgos laborales obliga a tomar medidas específicas como asegurar que hay sujeción y en el caso de que alguien se resbale no se “estampe” contra el suelo. Igual que exige medidas concretas a las escaleras, como elementos que impidan que se cierren por error, elementos antideslizantes en los peldaños o tacos en los puntos de apoyo en el suelo que eviten su deslizamiento y su inestabilidad. Pues se sabe, por la experiencia en otros trabajos y en la vida diaria donde el uso de escaleras de mano es mucho más habitual, que su presencia produce accidentes con frecuencia. Accidentes que son evitables.

Y no es la única medida que habría que adoptar. Pues también se puede aprender a caer para que los efectos negativos de esa caída en la salud no se produzcan o sean los mínimos, un simple rasguño, si acaso una ligera contusión. Sí, formando a los actores y a los cantantes que interviniesen en esta producción en cómo “caer” concretamente en los momentos que se han comentado si las medidas preventivas que se han enumerado anteriormente no funcionasen y aunque estuvieran todas ellas presentes en el escenario. Pues el objetivo no es otro que la fascinación que un actor o una actriz produzca siempre que aparece en escena o en una pantalla se deba a su presencia y no por a los riesgos que corra para su salud. Se deba a lo riesgos artísticos que asuma, como cantar un papel tan complicado y susceptible de ser comparado con otros como es el caso de Rigoletto. Y que la atención que despierte en la audiencia, incluida la de revistas de papel couché y de la televisión, sea su interpretación y no su “caída”. La caída de unos “dioses” que biológicamente son como el común de los mortales y si se caen se hacen, como todos, daño. Un daño que en el trabajo siempre se puede evitar.

Foto: La caída de los dioses, archivo Teatro Español

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