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Discurso del Secretario General de la ADE en el acto de entrega de Premios ADE 2011

El sentido de este acto ha sido siempre el de propiciar un encuentro cívico y cultural con nuestros asociados y con la comunidad teatral en su más amplia acepción; también el de transmitir nuestras inquietudes, preocupaciones y expectativas. Es lógico que sólo se aprovechen de ello quienes tienen la capacidad de escuchar, en estos tiempos de desolación, todo esto reviste mayor importancia.

Y a ello vamos:

Goya escribe en uno de sus Caprichos, el que titula El sueño de la razón produce monstruos, lo siguiente: “Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones”. Desgraciadamente el grito de la razón suele ser escasamente escuchado y la legión de visionarios e ignorantes no vacila en asolarnos con sus delirios.

Los fundamentadores del pensamiento modernizador en España, los ilustrados, desde Feijóo a Jovellanos y Cabarrús, propusieron planes para la gobernación de España que buscaban la felicidad de sus gentes, convertirlos en ciudadanos libres y responsables, dotarles de derechos y deberes cívicos, desterrar la ignorancia, el fanatismo y la superstición, promover desarrollos económicos opuestos a los privilegios monopolísticos derivados de la sociedad estamental, dotarles de sistemas impositivos sobre la renta y no sobre los productos, etc.

A ellos añadiría el nombre de Ensenada, que realizó una magna obra de gobierno basada en la inversión pública, que hubiera transformado España y creado riqueza, puestos de trabajo, desarrollo científico y seguridad en nuestras fronteras y aguas territoriales de haberse podido llevar a cabo por completo. No fue así, y la presión del embajador inglés articuló una conspiración con sus contrarios dirigida por Ricardo Wall, de ascendencia irlandesa, que le hizo caer. Su trabajo y sus esfuerzos fueron premiados con el destierro. Fue parte de la tragedia de nuestra historia patria.

Me he referido a los ilustrados no sólo para testimoniar su vigencia y el origen de nuestra modernidad, sino porque conmemoramos el centenario de la muerte de Jovellanos en el año que ha concluido, y uno antes del de Cabarrús. Nuestra revista ADE-Teatro dedicó un bloque monográfico a su figura, sobre todo en su dimensión escénica. Pues bien, Jovellanos se ocupó en numerosas ocasiones de la instrucción e incluso a propuesta suya se redactaron en 1809, cuando era miembro de la Junta Central, las Bases para la formación de un plan general de instrucción pública. En ésta como en otras aportaciones, la educación general concebida por Jovellanos había de ser pública, gratuita, universal, cívica, humanista y estética, opinión similar compartían los demás ilustrados.

He espigado unas cuantas afirmaciones de sus numerosos escritos sobre el tema:

“La principal fuente de prosperidad pública debe buscarse en la instrucción” […] “la primera raíz del mal está en la ignorancia” […] “toda la riqueza de la sabiduría está encerrada en las letras, […], ¿cuál será el pueblo que no mire como una desgracia el que este derecho no se extienda a todos los individuos?”.

“[…] abrid a todos sus hijos el derecho de instruirse, multiplicad las escuelas de primeras letras; no haya pueblo, no haya rincón donde los niños, de cualquier clase y sexo que sean, carezcan de este beneficio; perfeccionad estos establecimientos”.

Aquellos pensamientos formaron parte del cuerpo doctrinal de la Constitución de 1812. Detrás de ese documento había mucho de los planteamientos de Jovellanos en cuanto a la cuestión educativa. En su discurso preliminar se lee:

“El Estado, no menos que de soldados que le defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren a la nación y promuevan su felicidad con todo género de luces y de conocimientos. Así que uno de los primeros cuidados que debe ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública. Esta ha de ser general y uniforme, ya que generales y uniformes son la religión y las leyes de la monarquía española. Para que el carácter sea nacional, para que el espíritu público pueda dirigir al grande objeto de formar verdaderos españoles, hombres de bien y amantes de la patria, es preciso que no quede confiada la dirección de la enseñanza pública a manos mercenarias, a genios limitados imbuidos de ideas falsas o equivocados, que tal vez establecerían una funesta lucha de opiniones y doctrina”.

¿Y por qué he hablado de la instrucción y de la educación? Porque nuestros ilustrados ya la concibieron como bien y servicio público, y también porque está directamente ligada a la cultura, al desarrollo cultural.

Enmarañados en la vorágine y el tumulto de la economía financiera, los que provocaron la crisis que padecemos y que nadie logra explicarnos con claridad han pretendido que los ciudadanos se sientan culpables de lo que sucede. Muchos lo han creído y sufren, e interiorizan su sentimiento de culpabilidad y aceptan en silencio el sacrificio. Remedando a Valle-Inclán diría: en los momentos graves, al pueblo español siempre los poderosos le envuelven en el candor de sus falacias para condenarlo a sus inmensos y pertinaces sacrificios y sufrimientos.

La cultura, amenazada

En estos tiempos desolados, todo, también la cultura, está siendo víctima propiciatoria de los ajustes y recortes presupuestarios. ¿Es justo que sea así? Sin entrar en la cuestión de fondo de si es éste el mejor medio para superar la famosa crisis y generar empleo, ¿es necesario recortar las aportaciones en cultura, y más concretamente en el teatro y la contribución a la edición de revistas culturales que son las que nos afectan?

Oímos hablar constantemente de inversión, beneficios, competitividad y rentabilidad como si de cualquier producto se tratara, y nunca del valor intrínseco de la cultura, de su sentido y significado para la vida, la salud y la estima de un país. Cuando se enuncian aquellas áreas que merecen una consideración especial se habla de la educación y de la sanidad. Nada más justo. Pero hay un silencio ominoso respecto a la cultura y a las realizaciones artísticas de todo tipo. Los políticos no se pronuncian o incluyen genéricamente las producciones culturales en el capítulo de la producción y el mercadeo general.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de cultura? De las muchas definiciones que existen, más de trescientas, citaré sólo algunos aspectos que me parecen relevantes:

    La cultura contiene y da continuidad a la memoria de la especie.

    La cultura es aquello que nos hace progresar en el proceso de humanización.

    La cultura es un elemento imprescindible en el desarrollo de nuestra civilidad.

    La cultura es parte constitutiva de nuestro ser nacional, aquello que nos otorga nuestra cohesión como comunidad de ciudadanos.

    La cultura es un bien inmaterial que permite articular el sentido de la existencia.

Y la noción de cultura nos remite de forma específica a las artes, y ­éstas utilizan procesos artesanales de formalización, pero al mismo tiempo a procedimientos de distribución y comercialización que en ocasiones pueden constituir algo similar a una industria. Son siempre estos procesos y no la naturaleza intrínseca de las prácticas artísticas a los que se puede adjudicar dicha denominación.

Todo ello provoca disfunciones graves. Las inversiones públicas en cultura son muy inferiores a las que existen en otros apartados de la producción, la automoción por ejemplo. No quiero fatigarles con cifras, además internet nos presenta numerosas páginas en que se ofrecen cuantiosos datos. Lo importante es afirmar que no es lo mismo recortar en terrenos que con frecuencia sólo han determinado el faraonismo y el dislate, que en la cultura como tal, que precisa de recursos públicos para existir porque se dirige a todos los ciudadanos y con extraordinaria frecuencia no se asienta en la obtención de beneficios directos. Los recursos que obtiene constituyen a menudo tan sólo una parte de sus presupuestos.

Lo que no es la cultura es mercancía, aunque haya mercancías que se disfracen y pretendan venderse como cultura. Algo que toma su apariencia o que se enarbola como reclamo, pero que es tan sólo una mercancía que se puede pignorar o vender a precios varios. Estamos convencidos de que a la cultura no le hace crecer y desarrollarse la competitividad, sino el fomento. Éste es un principio que nos parece que debe ser contemplado y afirmado en todo momento.

Josep Ramoneda en un artículo publicado en El País, el 15 de noviembre de 2008, en los inicios de estos tiempos de desolación, decía:

“La cultura de la crisis es la del individualismo salvaje, en que la competencia a muerte es la única regla, con la religión como consuelo y el miedo como instrumento paralizador. La política y la libertad han sido despedidas, camino del totalitarismo de la indiferencia”.

El artículo, cuya lectura les recomiendo, partía de la idea de que la noción de modernidad emanada de la Ilustración había perecido, sustituyéndose por un amasijo de conductas erráticas y con frecuencia miserables, en la que todo vale si es en aras del beneficio propio. Baste recordar el párrafo conclusivo:

“¿Qué tiene de extraño, en estas circunstancias, que los que viven la quimera insaciable del oro entiendan que todo está permitido y que no hay reglas ni principios ante la tentación del dinero?”.

Cabarrús había dicho ya a fines del siglo XVIII:

“El lujo es la peste de las buenas costumbres y de la virtud pública”.

Todo esto debieran ser motivos para el teatro en los tiempos que corren, si es que el teatro quiere cumplir con su naturaleza de alta cultura. En ello trabajamos cada día porque es nuestra obligación y también nuestra convicción, nosotros siempre estaremos por la defensa de la cultura.

Por lo demás, en este año la ADE, a pesar de los tiempos que transitamos, ha logrado realizar sus programas. Con más dificultades, reduciendo algunas cosas, prescindiendo de muchas, conteniendo cuestiones que no debieran ser contenidas, pero aquí estamos. Y espero, confío y deseo que aquí sigamos el año próximo.

Les deseo a todos que pasen una agradable velada y mis felicitaciones de antemano a los premiados. Salud.

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