ADE: La mirada incrédula

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Manuel F. Vieites

Y de nuevo llegó marzo. Pero ahora marzo de 2008. Cuatro años después de aquel 14M, en que se disparaban tantas expectativas. Cuatro años después de oír la voz que clamaba “¡No nos decepciones!”. Una voz que, con tantas razones y cautelas, nos situaba ante la posibilidad de la frustración.

Revista ADE – Teatro, No 119
ENERO – MARZO 2008

En la misma lógica republicana que entonces se invocaba, lo normal ahora sería que el equipo electoral del ciudadano Rodríguez Zapatero tratase de trasladar a la ciudadanía los proyectos que se quieren desarrollar para la mejora de las condiciones y las perspectivas de vida de todas y todos nosotros, votantes y no votantes; porque los menores, los residentes o los ilegales también debieran contar.

Lo que ocurre es que los equipos electorales saben bien dónde se juega la partida, es decir, la mayoría suficiente. Eso nos lleva a pensar que lo que realmente interesa es atraer esa masa de votantes que se consideran críticos para voltear la balanza en una dirección u otra. Sabemos que las gentes de teatro, y sus votos, poco o nada cuentan, porque unos miles de votos en nada son decisivos en lo que está en juego, que nada tiene que ver con una democracia participativa o deliberativa, pero sí con una democracia representativa, que es a lo que están. Por eso, son tan difíciles de aceptar las referencias a Pettit y al republicanismo. También era difícil de tragar el patriotismo constitucional de José Mª Aznar, y así lo dijimos (y otros y otras…, callaban).

Sistemas de creación

Lo bueno sería lo otro, es decir, entender que el teatro también es un sector que, como los restantes, hay que atender, en tanto forma parte de la acción de gobierno, como bien de cultura, según la Constitución en vigor. Lo otro, en definitiva, no es otra cosa, al menos para nosotros, que el pleno desarrollo de un sistema de creación y difusión cultural, como es el teatral, a partir de un plan de vertebración y estructuración; pero no para defender intereses particulares como los que pasean por despachos, foros y congresos, los que se dicen amigos y compañeros de partido, a veces incluso presumiendo de carné. A diferencia de los que aspiran a convertir el sistema teatral en un negocio, en su negocio, nosotros no estamos en esto por la pasta ni por la plata. Nace de un convencimiento, político e ideológico, de que el teatro es un bien cultural, una manifestación artística y cultural, que se hace cada vez más necesaria para construir una sociedad más tolerante, plural, abierta, libre y solidaria. Seguimos pensando que el teatro es la más republicana de las artes, la más comunitaria, en tanto se vincula al desarrollo de la comunidad, en muy diferentes niveles, también en el económico, creando riqueza, tejido productivo y puestos de trabajo.

No estamos en esto por la plata ni por el mercedes, como tampoco lo estamos por el complemento de destino que cabría sumar a nuestro sueldo de funcionarios una vez lejos de la dirección general, de la subdirección, o del equipo de asesores y asesoras… Estamos por lo otro, por el teatro. Pasarán pues los directores y directoras generales, los subdirectores y subdirectoras, los asesores y las asesoras, y seguiremos con lo nuestro, con lo de siempre. Y ellos y ellas volverán a sus vidas, y su paso por el mundo de la cultura habrá sido tan efímero como sus obras. Nada en el haber, mucho en el debe, infelizmente.

Porque para las artes escénicas han sido cuatro años que en nada se han diferenciado de los cuatro años anteriores, para sonrojo de muchos, incluido el de quien subscribe, que para eso votó por quien votó. Nada ha cambiado y todo sigue igual, aunque no faltaron voces que querían incluso que las cosas fueran a peor. Y podrían haber ido, ciertamente, si determinadas cosas se hubiesen consumado. Menos mal que el cese llegó a tiempo, aún a pesar de quienes se afirmaban en el despropósito. Y en ese asunto allá cada cual con su conciencia y con lo dicho o declarado. Habrá quien afirme que, después de todo, las cosas tampoco han ido tan mal, pero entonces habría que dejar clara la perspectiva desde la que se habla. Yo mismo no debiera afirmar que las cosas han ido mal, situado en el plano estrictamente personal; incluso podría decir que en lo que a mí misma mismidad concierne, han ido de perlas. Pero en el nivel colectivo, o comunitario si se quiere, en el arreglo de los teatros, en suma, las cosas han ido rematadamente mal, y ahí es donde debemos ser capaces de alejarnos de nuestra circunstancia personal y movernos en un plano más general. ¿Cabría preguntar si ha habido, en política teatral, una sola medida de fomento estructural que se pueda considerar en el haber del gobierno, más allá del baile de nombres y nombramientos? ¿Una sola medida en el campo del arreglo de los teatros? Y hablamos de “arreglo de teatros” no por amor a la retórica sino por reclamar una reforma estructural del sistema teatral que se defiende de antiguo, desde Jovellanos o Moratín.

Bueno, en realidad sí ha habido una buena noticia. La inclusión de una asignatura de contenidos teatrales en el Bachillerato de Música y Artes Escénicas. Pero la medida pierde calado, a pesar de su importancia, si pensamos en que el expediente de la regularización de las enseñanzas teatrales sigue sin resolverse, y lleva camino de eternizarse. A diferencia de lo que ocurre en Europa, o en América del Norte. Y en ese campo, en el de la convergencia con Europa para las enseñanzas artísticas, las posibilidades eran muchas, sobre todo considerando su escaso coste, político, social o económico. En realidad eran todo eran ventajas, y satisfacción universal de los usuarios y usuarias. Pero…

Desidia y decepción

Cuatro años después, ya no cabe dirigir carta alguna al ciudadano presidente. Menos aún al ciudadano candidato del otro partido con posibilidades, al colocado de José Mª Aznar, porque en este caso me puede invocar al primo, o al cuñado…, y a ver entonces que hacemos. No cabe hablar del arreglo de los teatros, ni invocar la mentalidad republicana, por mucho que Pettit se pasee por Madrid…, para acompañar en la foto, claro está. Los hechos están a la vista. Incluso el encuentro de Sevilla, fraguado al calor de un supuesto cambio, aumenta la decepción. Nuestra mirada no puede ser positiva, pues ante lo que vemos y oímos sólo cabe la incertidumbre cuando no la incredulidad.

Se ha perdido una legislatura, al menos en el plano colectivo, en el plano del desarrollo del campo teatral, de su vertebración, de la promoción de todos los elementos que integran su globalidad, de forma ponderada y equilibrada. Se han perdido cuatro años que tal vez con otros programas y otras personas habrían servido para iniciar un camino que probablemente ahora consideraríamos irrenunciable. Y el gobierno, en su conjunto, y los responsables de cultura del gobierno y del partido debieran pensar detenidamente cuál es el balance que pueden presentar para que la ciudadanía entienda que en el campo teatral se ha hecho algo. Y luego debieran pensar muy detenidamente si es que en el campo teatral les interesa hacer algo, porque a lo mejor la respuesta es no y siendo así, y diciéndolo así, todos sabríamos a qué atenernos.

La palabra teatro es escasa, casi inexistente, en el vocabulario empleado por los más altos responsables del gobierno y del Ministerio de Cultura, como lo es en el discurso de los otros partidos. Y eso debe hacernos reflexionar a todos, pero, en primer lugar, debiera ser un motivo de reflexión para el propio gobierno y para el grupo político que lo sostiene, o para los que aspiran a ser gobierno. Todos sabemos lo importante que puede ser una televisión cultural, la Ley del Cine o la promoción de la industria audiovisual, y nos alegramos de que el gobierno camine en la dirección de promover las industrias culturales. Pero ello no impide que se apoyen otras expresiones artísticas que, sin ser industrias, pueden hacer importantes aportaciones en la generación de riqueza y bienestar, en la creación de puestos de trabajo y en el desarrollo comunitario. Y todo esto no lo decimos nosotros, lo viene afirmando la Unión Europea, y así se hace, por ejemplo, en diversas publicaciones del Consejo de Europa desde finales de los setenta.

Medidas para el gobierno de los teatros

La Asociación de Directores de Escena ha presentado recientemente un documento que contiene un conjunto de medidas para el gobierno de los teatros que debiera ser motivo de consideración y de reflexión para nuestros representantes, o para quienes aspiran a serlo. No son medidas que nazcan de la reivindicación gremial o corporativa sino que tratan de incidir en todos y cada uno de los ámbitos de eso que hemos definido como sistema teatral. Tras la presentación de nuestra propuesta de unas bases para una Ley del Teatro, estas medidas vienen a complementar aspectos normativos que para nosotros son fundamentales. Son medidas que nacen, además, de una observación atenta de lo que ocurre en nuestro entorno, en todos esos países con los que debiéramos converger.

Y en esa dirección, la observación del entorno, tal vez no estaría de más que el Partido Socialista, en ese afán por mejorar su programa electoral, también en el campo de la mejora de los teatros, se rodease de personas de reconocido prestigio llegadas del exterior. Si es que de verdad se quiere convertir el teatro en un sector estratégico en el ámbito de la creación y la difusión cultural, como lo es en muchos otros países, desde Alemania a los Estados Unidos de América.

Si la creación de ese nuevo Dream Team es una buena noticia, a la vista de la incapacidad de los ciudadanos y ciudadanas españolas para aportar ideas, la incorporación al equipo de expertos en políticas teatrales la convertiría en excelente. Sería magnífico que el programa teatral fuese una suma de todas las buenas prácticas que se han desarrollado en el mundo. No tenemos la más mínima duda de que así tendríamos un programa maravilloso en el que, con un poco de Inglaterra, otro poco de Canadá, esto de Francia, eso de Alemania, y aquello otro de Hungría o Chequia, se pondrían en marcha líneas de activación teatral de tal calibre que en pocos años nuestro sistema estaría felizmente irreconocible. Y entonces sí que habría convergencia teatral con Europa, porque se estarían aplicando políticas europeas.

No podemos perder otra legislatura, porque el modelo actual de política teatral está agotado. Sería deseable ese Pacto por la Cultura varias veces reclamado desde estas páginas, que permitiese y sustentase un Pacto por el Teatro, de forma que muchas de esas propuestas y desarrollos que se vienen realizando en toda Europa o en América del Norte desde hace decenios se pudiesen aplicar finalmente en España con independencia del partido en el poder. En ese caso estaríamos ante la evidencia de que el teatro sí sería entendido como un bien cultural y como un servicio público.

No debemos perder otra legislatura. Por eso es hora de que los partidos políticos, en un ejercicio necesario de responsabilidad democrática, asuman la obligación ética de mostrar a la ciudadanía aquello que tienen intención de hacer en los diferentes ámbitos de la acción de gobierno. En educación, en sanidad, en economía, en cultura. Y en el caso de la educación y la cultura deben señalar lo que piensan hacer en el campo de lo teatral, para que todos nosotros, hombres y mujeres, podamos decidir libremente aquello que vamos a hacer con nuestro voto y, posteriormente, poder reclamar promesas o aplaudir hechos. Pero no es que como ciudadanos y ciudadanas no nos interesen otros ámbitos de la acción de gobierno, que sí nos interesan, y mucho. Pero el campo teatral agrupa a muchas personas, desde los estudiantes de arte dramático a los propios creadores escénicos. Y es lógico que todas esas personas quieran y deban saber a qué atenerse porque los programas de acción de gobierno pueden contener signos de esperanza o de decepción. Así, la creación de una compañía residente en cada ciudad de más de cien mil habitantes generaría, como poco, más de mil puestos de trabajo directos, lo que para el sector sería una noticia excelente. Así, la promoción de las enseñanzas teatrales en primaria y secundaria permitiría crear no sólo un número muy elevado de puestos de trabajo para los titulados en arte dramático, sino generar nuevas dinámicas de creación y difusión cultural en los centros y en sus entornos. Así, la promoción de la animación teatral permitiría crear no pocos puestos de trabajo sino potenciar líneas de desarrollo comunitario en barrios, pueblos o aldeas basadas en la participación y la recuperación de la idea de comunidad… Sumando, sumando…, podemos llegar a más de cinco mil puestos de trabajo.

Como vemos, no estamos ante una cuestión baladí. Por eso, desde aquí les emplazamos, a todos ellos, y sin excepción. Definan sus programas de educación, animación y dinamización teatral, y decidan igualmente sus programas en materia de política teatral. No olviden que ese es su trabajo, proponer para que nosotros podamos decidir. Propongan…, porque algunos hemos decidido que, al menos en materia teatral, queremos ser europeos.

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