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Manuel F. Vieites

En este año de aniversarios importantes (Lope de Vega, Larra, Ionesco, Federal Theatre, Berliner Ensemble…), y viendo el estado de las artes escénicas en España, no estaría de más recordar, de nuevo, las diversas tentativas de algunos de nuestros ilustrados en torno a un necesario arreglo de los teatros.

Revista ADE – Teatro, No 126
JULIO-AGOSTO 2009

Mariano José de Larra criticó la
política teatral llevada a cabo
por los gobernantes de su
tiempo.

Gaspar Melchor de Jovellanos,
junto con otros escritores del
XIX, reflexionó sobre la
necesaria reforma de los
teatros en España.

En estos tiempos que corren, tal vez cabría citar a Javier de Burgos y del Olmo, un político empeñado en acometer una tal reforma y reglamentación de teatros que no pudo ser a causa de su breve ejecutoria en el gobierno del Estado. En torno al caso, comentaba Mariano José de Larra, con pena y con no poca ironía, que antes de nacer “murió el reglamento” y lamentaba que el sucesor de Burgos diese en pensar aquello de que “A mí, que no sé hacer comedias, ¿qué se me da el teatro?”, un pensamiento endémico en nuestra clase política.

Jovellanos, Moratín o Larra

Afrancesados ilustres como Jovellanos, Moratín o Larra imaginaron y/o elaboraron informes que contienen las primeras tentativas de reforma de nuestros teatros y nos legaron ensayos y reflexiones que todavía hoy están de actualidad, infelizmente. ¿Qué decir, en fin, ante aquella consideración de Larra sobre la mala asimilación de las innovaciones, en tanto “queremos el fin sin el medio y ésta es la razón de la poca solidez de las innovaciones”? Lo que hemos dicho tantas veces: en España pasamos del Antiguo Régimen al Posmodernismo en un suspiro. Algo así pasó con la moda de republicanismo que invadió en su día un solar de Madrid.

España lleva decenios de retraso en relación con Europa, siglos cabría decir en ámbitos específicos, al menos en lo que atañe al sistema teatral. Si del estado de su sistema teatral dependiese, jamás podría estar en el G20, y mucho menos en el G8. En política teatral España es incapaz de situarse a la par de los países con los que pretende compartir mesa, micrófono y deliberación, o foto y ámbitos de decisión. Cabría considerar parámetros varios, pero, a diferencia de lo que ocurre con el Informe Pisa, donde ocupamos el vagón de cola, en el ámbito de lo teatral ya ni vamos en tren. No tenemos derecho a vagón, y aquí vagón podría concordar con “vago”, “vaguedad”, “vagancia”. En parámetros como fomento de la dramaturgia propia, puesta en valor del patrimonio literario o teatral, educación teatral, desarrollo de compañías, funciones de los teatros, estabilidad en el ejercicio profesional, circuitos de exhibición, tejido escénico y estructura del mismo, teatro escolar y comunitario, diversidad de propuestas, cualificación y acceso al ejercicio profesional, legibilidad, investigación y desarrollo, innovación, legitimidad, visibilidad o políticas de calidad, nuestra situación no puede ser peor. Y sería bueno no hablar de proyección interior y exterior, porque los lamentos desaparecen al quedar sin palabras para expresar el desatino.

En todos estos años se ha hecho muy poco. Antes de llegar a Moncloa, José María Aznar prologaba un libro de Eduardo Galán, el titulado Reflexiones en torno a una política teatral. Texto y subtexto de ambos documentos (prólogo e informe), mostraban bien a las claras cual iba a ser la ejecutoria de su probable gobierno, que forma en 1996: pobre, carente de ideas, continuista y conservadora, y decimos conservadora en el sentido de “conservar”, de “conserva”. De hecho, algunas de las propuestas más interesantes, que alguna había, de Eduardo Galán se quedaron en lo que eran: letra conservada en libro. Nada aportaron en política teatral los gobiernos del Partido Popular con José María Aznar al frente. Utilizando una expresión por él recuperada con mucha sorna, podríamos decir que no pasaron de un “cero patatero”.

Los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero siguen en la misma onda, pero ahora el continuismo es mayor, a la vista de quién ocupa qué cargos, y qué manos mueven qué hilos, pues parece que en el Ministerio de Cultura prima el teatro de objetos (entiéndanme bien). Parecía que con César Antonio Molina algunas cosas acabarían por cambiar (a pesar de las presiones del lobby de siempre), pero ya no está. Incluso algunas de sus propuestas, como el Código de Buenas Prácticas, que impera en medio mundo desde mucho tiempo atrás, o la Ley de las Artes Escénicas, se pueden caer, porque parece que los ejes de la acción de gobierno de los nuevos responsables del Ministerio van a ser el cine, la defensa de los intereses de la SGAE, y la promoción de la música clásica y del teatro lírico.

Ateniéndonos a los hechos, y no a las palabras (que lleva el viento), todo parece indicar que al Presidente de Gobierno en nada preocupan, o incluso tal vez desconozca, las diversas directrices europeas que informan de la necesidad de diversificar el tejido productivo y del rol que la creación y la difusión cultural puede y debe tener en esa diversificación, sin contar los beneficiosos efectos secundarios de esa línea de acción en tanto mejora sensiblemente la calidad de vida de la ciudadanía al promover modalidades de ocio que potencian el desarrollo personal y comunitario. Desde hace años la oferta y el consumo cultural se consideran parámetros determinantes en el estudio de los niveles de bienestar de las sociedades y a los estudios de la UNESCO me remito.

Lo que queda por hacer, es todo. En primer lugar una urgente evaluación diagnóstica del sistema para comprobar con datos contrastados que en España, y en todas nuestras comunidades autónomas, carecemos de sistema. Existen, ciertamente, elementos del sistema, pero que apenas mantienen entre sí interacciones que generen estructuras que permitan el desarrollo de funciones. Se podría decir que en política teatral en España se hacen cosas: muchas veces desde el mecenazgo (la ayuda, que puede desaparecer), otras descentralizando (que en España quiere decir circulación de mercancías), en ocasiones puntuales generando alguna iniciativa de democracia cultural (no desde el Ministerio, por cierto), y las más de las veces apostando por el modelo gerencial (gestión privada de lo público o reparto de pasteles). Un buen ejemplo de lo último son las “agencias de industrias culturales” copiadas de Quebec y que en el propio Quebec se están cuestionando para reorientarlas, dada la deriva neoliberal que siempre acaban tomando estas iniciativas. Y esto ya lo decía Adorno hace medio siglo.

Colaboración imprescindible

Y a partir de esa evaluación diagnóstica, desarrollada a través de una colaboración imprescindible e inaplazable con las comunidades autónomas (para no confundir promoción del teatro con endogamia y cierre semiológico y para que el aire y las ideas circulen), generar políticas que, si buscan potenciar el sistema teatral, sólo pueden ser sistémicas, porque hace ya mucho tiempo que desde la Teoría General de Sistemas se ha demostrado que el desarrollo pleno de un sistema, sea el que sea, depende del desarrollo pleno de todos y cada uno de sus elementos, y de las interacciones que mantengan entre sí para generar estructuras. Y así, la generación de nuevos públicos se debe acometer desde una acción transversal que implica a creadores pero también a educadores, porque el desarrollo de públicos jóvenes precisa de una reforma substantiva del currículo escolar y de la oferta de los centros educativos. Mucho más que llevar a los niños a funciones matinales. ¡Qué decir de la necesaria reconversión de los edificios teatrales públicos en centros de producción y difusión! Pero no olvidamos destacar que al obrar en esa dirección en buena medida estamos optando y apostando por un modelo económico, por una visión de la sociedad y de la ciudad, por una idea de ciudadano asociada a unos fines de vida, por un modo de ver el arte y considerar sus funciones. Hablamos de ideología, porque, pese al crepúsculo anunciado por un conocido intelectual franquista, precursor carpetovetónico de la condición posmoderna, las ideologías siguen imperando y curiosamente comprobamos como tras la máscara aparentemente inocente de la “no ideología” asoman las más sólidas, pertinaces e intransigentes armaduras ideológicas.

Y es que, como en todo, al formular un modelo de política teatral, estamos proponiendo un modelo de sociedad. Hay quien no quiere hacer nada, y en los últimos años hemos sufrido la ejecutoria terrible de absentistas notables, pero también hay quien quiere hacer dinero, porque el teatro, como la cría de gambas, también puede ser negocio lucrativo (sobre todo con la ayuda del Estado). También hay quien quiere que el teatro desarrolle todas sus posibilidades como sistema de creación y difusión. Una simple cuestión de opciones de vida y de ideas del teatro, que diría Ortega. Los hay que al pensar en teatro se acuerdan del viejo Rockefeller, los hay que se acuerdan de Punta Cana y los hay que se acuerdan de Jean Vilar…, entre otras opciones. Cuestión de ideologías. Lo triste es que en estos años, salvando el corto paréntesis de Molina, y pese a que dos partidos diferentes han ocupado el gobierno (y ocupar no es sinónimo de gobernar), las referencias han estado en Punta Cana y con Rockefeller.

¿Qué vendrá ahora? Lo único que sabemos es que queda todo por hacer. Y si no me creen, busquen, comparen y juzguen.

 

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