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El Diccionario de la RAE define obsceno como “impúdico, torpe, ofensivo al pudor”. Es una palabra que proviene del latín, obscenus, que significa a su vez “repulsivo, detestable”. Posiblemente dicho término deriva de ob caenum, literalmente “de la basura”. A pesar de su connotación primaria a la esfera sexual, sigue conservando la acepción de “asqueroso” e incluso “desfavorable”, como “beneficios obscenos”, “hechos obscenos” o “la obscenidad de la guerra”.

La vida política y social española nos depara actitudes y comportamientos que sólo al calificarlos como tales adquieren la dimensión justa de lo que son. Ése fue el caso que vivimos hace unas semanas. Una potencia militar envía un comando de élite superlativa a que penetre en otro Estado supuestamente soberano, sin tan siquiera informar a sus autoridades. Una vez allí buscan un lugar previamente establecido, lo asaltan y matan a una determinada persona buscada desde hace tiempo. Las autoridades del país que ejecutan ese acto de piratería siguen las operaciones por televisión desde la sala de reposo de su mansión presidencial.

El país en cuestión era los Estados Unidos de América del Norte y el ejecutado, ese personaje tan repetido como desconocido, Bin Laden. Porque todo huele a podrido en esta Dinamarca de la obsesión petrolera, de las grandes estafas financieras, del control de las conciencias por el miedo y los medios de comunicación, etc. Todo produce la impresión de que las apariencias ocultan una realidad mucho más sórdida y procaz: la de la defensa de sus intereses y su poder, o la eliminación de un fantasma que ya no era útil.

Si obsceno es ese comportamiento que, una vez más, arrastra por todos los estercoleros del planeta los principios del derecho internacional y del respeto mutuo entre la naciones, no le van a la zaga las reacciones surgidas aquí entre la casi totalidad de los agentes mediáticos. Ellos tan bien pensantes, tan pulcros en la invocación del Estado de Derecho, sobre todo si se trata de poner coto judicial o policial a la detección y procesamiento de sus corruptos afines, salieron en tromba para aplaudir el hecho y justificarlo. Utilizaron todos los epítetos imaginables para incensar y enaltecer tamaño desmán.

No me gusta dar el nombre de ninguna de estas gentes pero esta vez no hay más remedio. Un tal Alfonso Rojo, periodista según parece, afirmó con voz tonante: “Yo le hubiera dado (a Bin Laden) un tiro en las pelotas y luego dos en la cabeza”. De expresiones de este jaez están llenas las crónicas fascistas o simplemente las de la chulería barriobajera. Hermann Tertsch, otro que tal baila, con su rostro de malencarada superioridad, aseguraba que lo mejor es que lo hubieran eliminado porque así ya estaba hecho y se evitaba “tener manifestaciones ante las embajadas estadounidenses de todo el mundo”. Una molestia innecesaria. Obscenas son estas y otras afirmaciones, dichas sin rubor alguno y en el calor de la refriega.

En síntesis: los adalides del Estado de Derecho, los que se revisten de la capa pluvial de la defensa de los derechos individuales, se envainan el derecho cuando conviene; cuando conviene sobre todo a los intereses estadounidenses, o israelíes, o de la OTAN, etc., en fin, ustedes ya saben.

Democracia más limpia

A renglón seguido, muchos miles de ciudadanos se manifiestan en toda España reclamando una democracia más limpia, más real, más operativa para el bien de los ciudadanos. Después se aposentan en la Puerta del Sol y otras plazas de ciudades españolas para plantarse y aseverar que existen y deben ser escuchados. Y ahora sí, algún espécimen gubernamental y la misma harka mediática sale a la palestra con brío para reclamar en nombre del Estado de Derecho que se les disuelva, que se les arroje a las tinieblas infernales del antisistema, que se acabe con “ese espectáculo”. Obscenidad evidente y supina la de los que así hacen.

Para desesperación de los agoreros de desmanes, el denominado movimiento del 15M ha tenido a lo largo de estas semanas un comportamiento ejemplar. Ha protagonizado un pronunciamiento cívico en el que la defensa de una democracia real, o simplemente menos ficcional, ha estado en el centro de sus proclamas. Fuera de España han sido muchos los que se han asombrado ante un acto de rebelión pacífica como éste.

Cuando se celebraron las últimas elecciones generales, desde estas páginas denunciamos la radical burla democrática que representaba la ley electoral. Muchas voces distintas y el propio Consejo de Estado exigieron o recomendaron vivamente que se cambiara. Los dos partidos mayoritarios, para eso sí, se han puesto de acuerdo y cerraron filas: no hay ningún cambio. ¡Faltaría más!

La ley electoral es algo más que simple matemática. Tal como existe en la actualidad constituye el mecanismo ejemplarizador para que los votos no se traduzcan en los escaños justos que representarían esas opciones: una obscenidad. Sirve para instaurar mayorías artificiosas y no reales, que son invocadas a voz en cuello por los vencedores del envite para asegurar que “la mayoría de los españoles está con nosotros”.

Por otra parte, esta ley se instauró de forma provisional, a la espera de que después el Congreso dictaminara una normativa más justa. Algo similar ocurrió es los Estados Unidos con la elección presidencial. Lo que vota el ciudadano revierte en dar todos los votos electorales de un Estado a uno de los candidatos, los que han sido minoría se quedan sin representación alguna. También fue una decisión circunstancial, fruto de unas elecciones primigenias en un vasto territorio y se aseguró que iba a cambiarse de inmediato. Ahí sigue. Mucha gente pide su revisión, pero ahí sigue. No es sólo al mecanismo político a quien interesa, más bien este traduce los intereses del sistema y sus taumaturgos en la sombra.

En los programas sobre la transición que hizo Victoria Prego en su día para TVE, escuché una curiosa información. Hablaban de la formación del Príncipe y contaron como de pasada, que un grupo de prohombres, muchos de ellos franquistas en su origen pero reciclados hacia el formalismo democrático en su versión más instrumental, aconsejaron al joven aprendiz de rey que se autorizaran todos los partidos políticos. Ante las dudas regias respecto a lo que sucedería con la izquierda, la respuesta fue preclara: “Eso es cuestión de la ley electoral que se establezca”. El susodicho lo sabía bien, lamento no recordar el nombre. El caso es que Herrero de Miñón, uno de sus diseñadores, no tuvo reparo en afirmar que se redactó con el intento de minar las capacidades de movilización electoral del PCE en las primeras elecciones. Y ahí quedó también, porque les convenía. Democracia sí pero hasta un punto y hasta donde convenga a los intereses de quienes realmente ostentan el poder.

La ley electoral que tenemos es una obscenidad de principio y de uso. Ha consagrado un bipartidismo que no refleja las tendencias políticas, ideológicas y sociales de la sociedad española. El movimiento del 15M con su heterogeneidad y sus pronunciamientos difusos, quizá tenga un horizonte finalista dudoso si no logra integrar su fuerza indignada en vías de acción efectivas. Pero como síntoma es revelador: muestra el malestar de una parte importante del cuerpo social que quiere que no le tomen el pelo con añagazas tramposas. Las fuerzas políticas mayoritarias harían bien en tomarse en serio esta cuestión, porque puede ser el primer ensayo de una rebelión cívica de insólitas proporciones.

Claro que conviene no olvidar que lo que se exige es un cambio de la ley electoral que haga efectiva la proporcionalidad y la representatividad, no que la disminuya. Me vino la duda cuando oí en tertulias cavernarias a hombrones y damas de la jauría retrógrada reclamar con tesón un cambio de la ley para constituir distritos uninominales, elegidos por mayoría simple a una vuelta. Otra vez el ejemplo británico, como hiciera Cánovas en la Constitución de 1876, redactada por Alonso Martínez. Sé que parece de política-ficción o argumento de novela, pero conviene no desterrar la idea de que la derecha económica y social sea quien ha urdido este movimiento, que puede que le haya desbordado. Es curioso que su ansia para extender de forma subrepticia el mensaje de no votar o hacerlo en blanco, haya servido para que la derecha política se alce con el triunfo electoral y el bipartidismo se consolide. Respeto considerablemente el voto en blanco siempre que se le ponga a trabajar, sólo entonces. Cuando menos es algo que deberíamos meditar.

Lo dicho hasta aquí no quita que la vida española no ofrezca numerosos ejemplos contumaces de obscenidad reiterada:

– Es obsceno convertir el debate político en una sucesión de descalificaciones e insultos. Con ello se logra sustituir el debate de ideas y proyectos por simples peleas de barra de bar entre personajillos irresponsables. No sólo destrozan su crédito, sino que reducen la política a una bazofia irresponsable.

– Es obsceno el comportamiento de quienes votan a notorios imputados en delitos de corrupción y a notorios corruptos aunque no estén imputados. Algunos de los que les dan la papeleta deben pensar: ¡Quién fuera como ellos!

– Es obsceno el comportamiento de los políticos a los que se descubre implicados en casos de corrupción, se desvelan sus conversaciones telefónicas al respecto y otros documentos, y con voz tonante y gesto impertérrito niegan todo, se hacen los ofendidos y aseguran encontrarse en un Estado policial.

– Es obsceno emplear mentiras ostensibles, hacer acusaciones sin pruebas fiables cuya falsedad se descubre antes o después; decir una cosa o lo contrario, según convenga, con el fin de oponerse a todo. Esa forma de hacer política es de una manifiesta obscenidad.

– Es obscena la desvergüenza de algunos de los grandes depredadores de empresa, que van a la Moncloa a reclamar otro comportamiento económico y tienen una deuda contraída muy superior, pero mucho, mucho, a la del Estado.

– Es obsceno asegurar que lo importante es tener un trabajo aunque sea por un sueldo ignominioso. Nos permite constatar que para ellos, empresarios y sus periodistas y tertulianos a sueldo, el horizonte del esclavismo constituye un deseo irrefrenable.

– Es obscena la incompetencia e ignorancia de algunos cargos públicos colocados allí por sus partidos, sobre los que no se ejerce ningún control ni se remiten a un programa que deban respetar. Los ciudadanos, que en ocasiones tiene competencia y sabiduría, se convierten en víctimas propiciatorias de tamaños irresponsables.

– Y es obsceno, en fin, cómo algunos incompetentes notorios del mundo del teatro, ignorantes supinos, son elevados a los altares de la fama por algunos gacetilleros igualmente incompetentes, y los políticos los aplauden y los presentan como geniecillos de la escena. Claro que cuando tienen que actuar a pecho descubierto fuera del corrillo que dominan, se les descubre el pastel.

Existen muchas más cosas y aquí y ahora que tienen el marchamo de la obscenidad. Las dejo abiertas a su sano juicio.

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