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R.A

Ahora que de nuevo asoman los fantasmas de la intervención en varios países, la sensación de vacío aumenta y por doquier se anuncian recortes, reconversiones, reducciones… Acciones todas ellas que llevan el prefijo «re-», que en castellano sirve para indicar repetición, con lo que estaríamos hablando de nuevas medidas que tienden a reducir el gasto, las plantillas, las ayudas, los conciertos… Curiosamente, mientras buena parte del sector productivo contempla con mirada incrédula un futuro incierto, que hace apenas unos años anunciaba una bonanza eterna, algunos sectores, como el del balompié, siguen con el habitual dispendio de dineros y voces vocingleras, mientras las arcas del Estado siguen esperando las deudas millonarias que esas sociedades han contraído a lo largo de estos años, en ocasiones dejando de pagar muchísimo más de lo que a una empresa o a un particular le puede suponer un embargo definitivo e irrecurrible. Es una vergüenza, pero también es un síntoma de la deriva que ha tomado este país.

No hablaré de los sueldos de los jugadores y directivos, que también podría, pero sí comentaré el hecho de que ante partidos transcendentes esos chicos reclamen el apoyo de la afición, la muchedumbre en la grada y la voz agria, bronca y ronca, como si ellos, los que juegan, no cobrasen cantidades impronunciables por hacer su trabajo… Una forma bien chusca de entender la productividad. Finalmente, todos los demás tendremos que hacer lo mismo, y en mi caso, cuando entre en clase pediré al alumnado gritos de apoyo, vítores y pancartas, todo para que yo pueda realizar mi mejor desempeño profesional, para motivarme. Otra vergüenza, que fomenta una apuesta por unos valores más que cuestionables.

Con todo, aquí y allá, asoman iniciativas desde el Gobierno de España o desde los gobiernos de las Comunidades Autónomas, que formulan pautas de fomento de determinados sectores productivos, en función de su dimensión estratégica, de su importancia para eso que se denomina tejido productivo. No hace mucho el Gobierno de España proponía medidas en defensa de la minería, un sector que se acaba y que no tiene solución de continuidad, y que sin embargo hay que mantener a toda costa para no perder tantos puestos de trabajo, los de los actuales trabajadores y los puestos por crear todavía. Diversos gobiernos autónomos anuncian ayudas a fondo perdido para apuntalar sectores de su economía que sienten irrenunciables, y así se prima la compra de coches, la construcción de barcos, la promoción del comercio, o la venta de vinos. Se debiera favorecer, especialmente, el sector primario, para garantizar nuestra independencia alimentaria, pero la clase política sabe poco del campo.

Analizando esas medidas de apoyo, de promoción y fomento que se impulsan, podemos leer lo que nuestros gobernantes piensan del país, de la comunidad y del ayuntamiento. Considerando los sectores que atienden, observamos que en la mayoría de los casos falta un plan estratégico no sólo para saber cómo incentivar la economía, sino para explicar qué se entiende por tejido productivo y qué sectores configuran ese tejido, cuáles son decisivos, cuáles presentan potencialidades, cuáles debilidades y cuáles son prescindibles, porque también hay sectores que mejor sería no tener.

La clase política se llena la boca, esperemos que sólo sea la boca, hablando del hecho, por otra parte evidente desde hace tanto, de que es necesario crear otro modelo productivo, basado en sectores de actividad que permitan aunar crecimiento, competitividad y sostenibilidad. Se ha hablado mucho, por ejemplo, de la sociedad del conocimiento, y de las ventajas que ese conocimiento podría traer para diversificar la producción y para hacerla más competitiva. Sin embargo, la inversión en educación o en investigación no conoce esas cifras que sí se dan en otros países. Y vuelvo a lo del balompié y a esa deuda astronómica. Pan y circo.

Se ha escrito multitud de veces que, desde hace tiempo, la Unión Europea viene explicando la importancia de que en España se potencien sectores vinculados con la creación y la difusión cultural; sin embargo, la cultura jamás ha sido un sector estratégico de nuestra economía. Es más, cuando la crisis amenaza con acabarlo todo, la cultura es el ámbito en que mayores reducciones, recortes y reconversiones se producen. Se opera como si la cultura no fuese un sector productivo, lo cual dice muy poco de nuestra clase política. Claro que tampoco se puede decir mucho, mírese por donde se mire.

La cultura debiera constituir un sector valioso de nuestra economía, sobre todo para diversificar, enriquecer y potenciar ese tejido productivo alternativo que pueda dar mayor sostenibilidad a ese nuevo modelo del que tanto se habla pero en el que tan poco se hace. La creación literaria, el teatro, el cine, la danza, la música o las artes plásticas constituyen pilares básicos para desarrollar ese modelo, pero también son fundamentales en la conformación, conservación y proyección de nuestro patrimonio, en sí mismo una fuente de riqueza; e igualmente para imaginar un turismo diferente, que de la misma manera aporte un valor añadido a nuestra geografía.

Nada se ha hecho desde el Gobierno central, y menos desde los autonómicos, para potenciar el mantenimiento del sector, para apuntalar su pervivencia en tiempos tan aciagos. A la mente nos vienen medidas tomadas en otros tiempos y países, en los que la intervención del Estado sirvió para salvaguardar sectores estratégicos. Franklin Delano Roosevelt apoyó un proyecto como el Federal Theatre, en tanto suponía mantener un sector que se consideraba fundamental en la cultura norteamericana y que empleaba un número importante de creadores, de los que la nación no podía prescindir porque formaban parte de su fuerza renovadora.

El hecho de que no sólo no se haga nada, sino que además por todas partes las ayudas a la promoción y la difusión cultural disminuyan, nos da una idea de la consideración que del sector cultural tiene la clase dirigente y del estado en que éste se encuentra, fruto de una política equivocada y errática, pero sobre todo poco atenta a su estructuración y vertebración. Lo dijimos antes y lo repetimos ahora: este ciclo se ha terminado, se necesita una política cultural de corte sistémico, si es que queremos que el sector desarrolle todas sus potencialidades, que son muchas, también para generar los recursos que refuercen su sostenibilidad. ¿En qué consiste una política cultural sistémica? Muy sencillo, para el ámbito de las artes escénicas léanse nuestras Bases para un Proyecto de Ley del Teatro. Aunque, vamos a ver, ¿acaso quien decide embarcarse en la gestión cultural, por ser nombrado o cooptado, no debiera saber algo de política y organización de ese territorio? Pues no, la realidad nos muestra que no, y así nos va.

Y hablando de ayudas a la promoción y la difusión cultural, ya va siendo hora de que las gentes de la cultura (como ellas mismas se denominan) comiencen a argumentar en su defensa y en la defensa del sector, si es que de verdad creen en él y no están de paso. No se puede seguir admitiendo que cuatro “opinadores” desde la caverna, poco profesionales por cierto, berreen en contra de las dichas ayudas y admitan muchas otras, no sólo sin rechistar, sino con alborozo y regocijo. Ayudas directas o indirectas que van a los medios de comunicación, a la Iglesia (y estamos en un Estado no confesional), a la visita del vicario del Vaticano, a la enseñanza privada, a la sanidad privada… En suma a tantas empresas privadas, por no hablar, insisto, de la amnistía fiscal que padecen los clubes de eso que denominan balompié, o de algunas recalificaciones de terrenos que permiten hacer caja, incrementar el gasto y aumentar la deuda. Increíble pero cierto.

La crisis se ceba en las artes escénicas. Las producciones se reducen al mínimo y la distribución parece ya una tarea imposible, incluso así, con elencos casi imposibles. Habrá quien diga que es una forma de aventar el sector, para separar la paja del trigo. Falso. Al final nos quedaremos incluso sin trigo y tal vez lo único que quede en el cedazo sean los negros granos del Claviceps purpurea. Ya se ven, y amenazan.

Nos gustaría que las artes escénicas y la cultura en general se considerasen como un sector estratégico de nuestro tejido productivo, y que pudiesen desarrollar todas esas posibilidades que van desde la generación de empleo a la puesta en valor de nuestro patrimonio material e inmaterial, sin olvidar su contribución a la generación de bienestar como sector que ofrece posibilidades para un ocio diferente, más atento a la dimensión humana del ser. Tal y como ocurre en países de nuestro entorno, como Alemania, Finlandia o Chequia. Ni más ni menos.

En fin, que queremos ser europeos, también para lo bueno…

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