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Juan Antonio Hormigón


Revista ADE – Teatro, No 128
NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2009

Desde su fundación, la ADE ha sido una entidad cultural y profesional inscrita en el Registro de Asociaciones sin ánimo de lucro. Sus Estatutos desde un principio y en las diversas modificaciones introducidas con las pertinentes aprobaciones de su Asamblea General Extraordinaria, le han dotado de la capacidad de acometer un amplio abanico de tareas ligadas al desarrollo de las artes escénicas y la cultura.

Gracias a todo ello, desde hace años la ADE se ha definido y desarrollado también como una empresa cultural, si bien sigue sustentándose en la ausencia de ánimo de lucro. La Asociación tiene contratados a una serie de colaboradores fijos y otros externos, y paga sus nóminas pertinentes y su seguridad social; efectúa las declaraciones y abonos trimestrales del IVA, así como los derivados de las retenciones del IRPF; declara el impuesto de sociedades; abona la licencia fiscal como editora de libros y revistas; unos y otros llevan su número de registro en el ISBN y en el ISSN, etc. Nada que no haga cualquier otra empresa, sea una sociedad anónima, limitada, cooperativa o unipersonal. No hacemos sino cumplir con la legislación vigente en este terreno.

Impuestos

Lo sorprendente es que contribuyendo con los mismos impuestos que cualquier otra empresa, diversas convocatorias del Ministerio de Cultura para ayudas a la acción cultural o de infraestructuras, nos impidan, a nosotros y a todas las entidades sin ánimo de lucro, optar a las mismas, señalando expresamente que sólo pueden concurrir empresas mercantiles. Hay dos campos que nos afectan: el de las ayudas a la publicación de libros (Dirección General del Libro), y el de desarrollo de infraestructuras (Dirección General de Políticas e Industrias Culturales). En ambos casos las entidades sin ánimo de lucro quedan fuera de cualquier opción al respecto.

Las consultas que hemos llevado a cabo nos han insistido en sus respuestas en el posible carácter anticonstitucional de dichas normativas. Suponíamos que era así. Parece evidente que unas entidades que asumen el sistema impositivo y de relaciones contractuales con sus colaboradores igual que el de las empresas mercantiles, no pueden ser eliminadas porque sí de optar a un tipo de ayudas que afectan a su actividad.

Creemos que la noción “sin ánimo de lucro”, debiera ser un elemento positivo en la acción cultural y no algo que merece castigo, porque castigo parece ser lo que se les aplica en muchos casos. Este concepto se maneja no pocas veces de forma torticera, como si pretendiera desacreditar la labor que se lleva a cabo desde dichas instancias. Incluso se buscan apreciaciones pueriles respecto a quienes desarrollan la acción cultural desde entidades de este tipo, considerándolos unos ingenuos, unos cándidos o unos tontos de baba. No cabe duda que se equivocan de medio a medio. Sin ánimo de lucro no es sinónimo de pureza o idiotez angelical ante los recursos.

Muchas entidades que se acogen a este principio saben muy bien lo que cuesta mantenerlas, retribuyen en la medida de lo posible los trabajos de sus colaboradores y pagan con puntualidad a sus proveedores. Cuentan en ocasiones, eso sí, con aportaciones de trabajo voluntario o con las cuotas de quienes las integran. No eluden la obtención de beneficios que sean fruto de los servicios que puedan prestar a terceros o de la comercialización de los bienes materiales o intelectuales que generen. La diferencia estriba en que dichos beneficios revierten en la propia entidad para hacer posible su desarrollo y favorecer su emprendimiento en las tareas que lleva a cabo. Los beneficios no se reparten entre los componentes de la misma, como hacen quienes integran una entidad mercantil o unipersonal que trabaja para ello, sino que se establecen como bien del colectivo que los genera y propenden al beneficio social.

Dados los valores que se han privilegiado en la España de los veinte últimos años, no puede sorprendernos que esto sea así. No es difícil toparnos con cargos públicos que aluden antes a la cuenta de resultados que al valor y calidad de aquello que se realiza. Más aún, con frecuencia lo desconocen con total impunidad. Parece que el ánimo de lucro sea un bien en sí mismo que garantiza la seriedad de un proyecto. De hecho podríamos deducir que empresas dedicadas al latrocinio y el expolio de recursos públicos de forma directa o indirecta, disfrutan de gran prestigio social, de respetabilidad y de consideración por determinados poderes públicos, hasta que un día, ¡oh sorpresa!, se descubre que eran una cueva de ladrones con fachada digital. Puedo poner el ejemplo de Orange Market –los epítetos anglosajones son de gran porte–, pero hay muchas, muchas más.

En sucesivas ocasiones hablé con Directores Generales del Libro del Ministerio de Cultura, haciéndoles ver la sinrazón de la norma existente en el apartado de ayudas a la edición. Unas veces me respondieron que lo estudiarían; otras recurrieron al viejo y denigrante truco de no responder a mi carta y aducir que no la habían recibido; en ocasiones se cayeron de un guindo, reconocieron que era verdad lo que decía y que habría que hacer algo. Como es habitual en nuestro país todo sigue igual, como nuestra ley electoral que constituye un atropello antidemocrático a la voluntad de los votantes. Entre tanto, nuestras publicaciones han alcanzado hasta la fecha más de doscientos títulos, aunque para la Dirección General del Libro seamos no reconocibles. Entre tanto, estamos en plena reelaboración de nuestra página Web, para mejorar y simplificar sus prestaciones e incluir nuestra Librería Digital ADE, que permitirá la adquisición de nuestros libros y revistas en países de difícil distribución. Tampoco la Dirección General de Industrias Culturales ha tenido a bien considerarnos susceptibles de percibir una ayuda para ello.

Todo sigue igual que siempre en este Ruedo Ibérico con sus Cortes de los milagros varias, porque los intereses de los “grupos amicales” o de quienes buscan su lucro individual se sitúan siempre por encima de quienes pretendemos que el trabajo se pague bien, los beneficios reviertan en la propia entidad y los bienes culturales producidos se difundan del modo mejor y más amplio en la sociedad.

El depredador económico suele disfrutar de más lustre mediático que quien pone su esfuerzo en un trabajo solidario, y en consecuencia así lo percibe la masa, esta sí candorosa o necia.

 

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