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El terremoto de Haití nos ha arrojado a la cara las realidades de un tercer mundo famélico y contrito, sobre el que descargan, como en tantas ocasiones, los desastres. Los oráculos infames de la extrema derecha mediática dictaminaron hace unos días, que del estado de ese país tienen la culpa sus gobiernos. Ya saben la cantinela: los pueblos son brutos e ignorantes por infusa torpeza, no por quienes los mantienen en la ignorancia. Hemos recogido un artículo de Eduardo Galeano sobre ese trozo de isla caribeña que ilumina con crudeza lo que ha sido la historia haitiana.

El neoliberalismo salvaje y desregulado nos ha conducido al vendaval que llevamos padeciendo y que hemos dado en denominar “la crisis”, con esta afición por etiquetar de forma lacónica asuntos más complejos. Estamos ante una crisis, sí, pero del sistema económico y de sus falacias. Los políticos intentan aplicar, aquí y en todas partes, medidas que nada tienen que ver con la ortodoxia neoliberal, pero no se atreven ni por pienso a enunciarlas como tales. Medidas en cualquier caso que no abordan la raíz de los problemas.

Exigencias a un gobierno responsable

Muchos de los que se denominan expertos en economía y los periodistas que por su nómina tienen el encargo de vocear dichos supuestos, no sólo no han reconocido nunca que esto sea así, sino que culpan aquí, en España, al gobierno existente de todos los males. Bien es verdad que como lo culpan de todo, desde las nevadas a la muerte de Manolete, su credibilidad no es precisamente grande. De todo menos de lo que deberíamos exigirle a un gobierno responsable que no es otra cosa que gobernar para las grandes mayorías, impedir los desmanes de los trileros del gran capital, de quienes sólo piensan en sus beneficios propios en detrimento de los intereses de la ciudadanía, de una educación y una sanidad esmeradas, de una decidida protección a la cultura y no a su versión industrial, etc.

En los días pasados, tras ese anuncio por sorpresa del proyecto de ascenso de la edad de jubilación emitido por el gobierno de la nación, había que ver a los neoliberales de casa y boca exultar de gozo, aparecer sonrientes en las cadenas amigas poniendo toda su batería de propósitos sobre la mesa. Los Fernando Fernández, Pedro Schwartz, Rodríguez Braun y otros, se explayaron en su reclamación de una rebaja de salarios, un aumento de la edad de jubilación, una llamada a los planes de pensiones privados –aquello que se hundió en Chile y otros lugares– porque la Seguridad Social amenazaba quiebra, dejar de gastar tanto en educación, sanidad pública y asuntos sociales, ya no digo en cultura.

El señor Fernández en particular, rector de la Universidad privada Antonio de Lebrija, con sonrisa de oreja a oreja espetó en Telemadrid: “Ya pueden ponerse como quieran o hacer huelgas o movilizaciones, hay que bajar los sueldos, acabar con el Estado de Bienestar” y varias cosas más que son las habituales. Este caballero, economista principal del Fondo Monetario Internacional durante años, lleva adelante con denuedo una cruzada en este sentido. Valdría la pena establecer las conexiones entre lo que defiende y sus intereses inmediatos. Valdría la pena pero no es el momento ni el lugar.

Puede que las sonrisas se vayan helando, pero sería una inconsciencia deplorable no estar atentos a lo que pretenden y preparar las respuestas adecuadas. No es fácil percibir que detrás de todo se esconde el intento de un retorno al estado de cosas de hace un siglo o más, o el del franquismo sin ir más lejos, en que los trabajadores sin derechos daban rendimientos astronómicos a los empresarios. Cerrar los pasos a sus falacias con acciones concretas, justas y responsables, sí es una obligación ineludible del gobierno.

Juan Antonio Hormigón
Revista Ade Teatro nº 129

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