Marchando una de reparto: Crónica marciana de mi verano alcarreño

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– ¿Ya estás de permiso maja?

– Si, aquí estoy de nuevo.

– Cómo se agradecen las vacaciones… Y como en el pueblo no se está en ninguna parte ¿Verdad?

Cómo iba a explicarle al lugareño que no tenía vacaciones, que mis vacaciones son cuando no trabajo y que cuando no trabajas piensas que nunca te van a volver a llamar, y que si no trabajas sientes que no perteneces a esta profesión y que dónde iba a estar mejor que en mi pueblo esperando que suene el móvil, aunque la mayoría de las veces no tenga cobertura… Si, a pesar de todo, estaba contenta de estar aquí.

– Sí, eso es verdad.

– ¡Hala con Dios, maja!

El día 16 de julio es el día de la Virgen del Carmen y cuando oí tocar las campanas para la misa vespertina, me vinieron a la cabeza mis anécdotas con la virgen cuando era pequeña.

Mi madre le tenía una gran devoción. De hecho, nada más nacer, decidió ponerme bajo su custodia y eligió sus nombre para ser llamada.

Cuando empecé a tener uso de razón me llevaba con ella a la iglesia y en su capilla solía desgranar un rosario en silencio. Luego me insistía que hablara con la Virgen, que le rezara, que Ella siempre me escucharía.

Rezar no me gustaba, asi que me dediqué a observarla.

No le encontraba mucho sentido a verla allí, sobre el altar, con un niño en brazos que debía pesar lo suyo y sosteniendo ambos un escapulario como si los estuvieran vendiendo. Tenía cara de no saber muy bien qué hacer, me dio pena.

– Un día hablaré con ella–, me dije, no muy convencida.

Y ese día llegó sin proponérmelo.

– He venido a hablar contigo –le dije feliz–, porque ayer fui al cine y vi una película que me gustó muchísimo. ¡Y ya se lo que haré cuando sea mayor! ¡¡Seré artista!! ¿Qué te parece? Seguro que Tú me entiendes mejor que mi madre.

Me puse a mirarla fijamente, esperando una señal. “Ya se que no me vas hablar por la boca, que lo haces al corazón. Así que esperaré…”.

¡Nada!… Esperé y esperé hasta que me cansé. Cuando me marchaba, me volví muy enfadada y le dije: “El otro domingo también fui al cine y ponían una película de la Virgen María muy bonita, de llorar. Hasta la María ha hecho cine”.

Madrid me arrancó del pueblo y cuando los veranos me devolvían a él, pocas veces visitaba ya la iglesia. Si alguna vez lo hacía era siempre cuando caía el sol a plomo, para sentir el silencio y la frescura de sus muros, que me hacían recordar parte de una infancia perdida.

En verano, por las mañanas me voy a andar al campo, a disfrutar de su despertar. Me pongo los short, me planto mi sombrero, me calzo los auriculares de mi ipod-nano y me largo a caminar por senderos de tierra a un ritmo en el que no siento las piernas.

Una mañana, caminando con el ritmo de Adele en los auriculares, vi de lejos un todoterreno atravesando los campo. Al verme disminuyó la marcha y cambió la dirección hacia a mi. “¡Vaya!, –me dije–, ya vienen a importunarme. No pienso ni quitarme los cascos”.

Cuando el coche llegó a mi altura, el conductor me gritó:

– ¿Has visto un toro bravo escapado por el campo?

Pero yo entendí: “Vaya tono que le das al campo con tu ipod.

– Si, ya ves, –le contesté halagada.

– ¿Has visto al toro?, –me gritó sacando medio cuerpo fuera.

– ¡¡Qué!! –grité tirando de los cordones.

Un toro se había escapado del encierro de un pueblo cercano y aquel hombre me estaba diciendo que le avisara si lo veía. “No te preocupes, los toros en el campo no hacen nada, si lo ves te tumbas y me llamas a este teléfono”. Y salió disparado.

Las piernas me empezaron a temblar… Me quedaban 4 km. de vuelta y me faltaba el aire. ¡¡Corre!!, me dije, sin poder moverme. Si lo veo no hará falta que me tumbe, caeré fulminada y éste será mi último día. Tendría que rezar para tener una buena muerte ¿cómo era? Dios te salve María… ¡¡La Virgen del Carmen!! Y eché a correr. “Virgencita del Carmen si llego sana sin ver el toro te prometo 10 velas y 10 euros para el cepillo”. Al rato: “Bueno que sean 20 y 20 euros…” Y cuando llegué a divisar la torre de la iglesia, ya iba por 100 y 100.

La campana de la torre empezó a sonar. Tocaba a clamores. Alguien había muerto y de momento no era yo.

Entré arrastrándome hasta su capilla, y caí de rodillas dando con la cabeza en el suelo, no por devoción, sino por agotamiento. Y empecé a llorar, no por devoción, porque tenía ganas.

Y le dije: ” Gracias, de corazón… Perdona por el abandono… Pero no tuviste ningún detalle conmigo… Pero esto… no lo olvidaré”.

Entre clamor y clamor de la campana llegó hasta mi corazón un susurró: “¿Quién te allanó el camino para que fueras actriz?”.

Levanté la cabeza incrédula. Parecía que me sonreía… ¿Fuiste tú? Y volví a llorar, porque seguía teniendo ganas.

Luego pensé: “Ya que hiciste el milagro, te lo podías haber currado un poco más. Enseguida me arrepentí”.

Cuando me recuperé le dije: “Mira, lo del ofrecimiento lo vamos a dejar en 20 velas y 20 euros, ni pa ti ni pa mí. Que está muy mala la profesión…

¡Ah! y ¿conoces a San Pancracio? Pues vete advirtiéndole que a partir de ahora Tú serás la “Reina del Perejil”.

Carmen Arévalo

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