Artistas y memoria : Carta al General Franco

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Ramón Paso

Fernando Arrabal es un señor que nació en Melilla en 1932; también es el hombre que desveló la esencia del amor en Fando y Lis, la historia del amante nefando y la amante lisiada; además es el que clarificó el secreto de los universales en Claudel y Kafka; igualmente es Sátrapa Trascendente del Colegio de la Patafísica, institución que deja chiquitos a los señores del Nobel; y también es el que le dijo al General Franco que, con la triste excusa de salvar España, la había convertido en una cárcel. Y para lograrlo, Franco, como para todo en su vida, se sirvió de las armas, de la fuerza y del sufrimiento. Arrabal, para contestarle, se sirve de la razón, de la compasión y, en definitiva, de una carta. Carta que reeditó Augur Libros en noviembre de 2008, después de que estuviese más de veinte años descatalogada. Se trata de un libro mimado, de setenta y ocho páginas, que incluye, además del texto de la carta que dirigió Fernando Arrabal al General Franco en el 71, el artículo publicado en Le Monde en el que el autor comenta la muerte del dictador.

La carta de Arrabal es una búsqueda de la verdad. La verdad de que Franco odiaba a los españoles y de que fue más antiespañol que los ingleses y los franceses juntos, que ya es decir. La verdad, también, de que, aunque gozaba del apoyo de la Iglesia –como cualquier dictador que se precie– lo que él hacía nada tenía que ver con lo que Cristo dijo que había que hacer. Y la verdad de que Franco debía de sufrir mucho, porque sólo alguien que sufre mucho puede causarle tanto dolor a su pueblo. Franco mató para llegar al Gobierno, mató para conservar el poder y mataba animales por diversión. La muerte fue la única constante en su vida.

Un hombre triste

Carta al General Franco describe al dictador como a un hombre triste que se divierte pintando naufragios, matando palomas, conejos o atunes –como apunta Arrabal, hasta sus momentos de ocio están presididos por el sufrimiento–, como a un estratega deficiente y como a un asesino despiadado. Le presenta como al peor enemigo de España que, no contento con matar a la mitad de los españoles, subyugó a la otra mitad, haciendo desaparecer por completo cualquier atisbo de pensamiento independiente en el país. Un hombre oscuro y siniestro que convirtió a los españoles en hipócritas, en pusilánimes, en hombres vencidos, en seres humanos huidizos, escondidos unos de otros, por miedo a las delaciones y a las represalias. Muestra Arrabal, a un tirano atemorizado, como todos los tiranos, obsesionado con las figuras religiosas, aun sin comprenderlas. Muestra a un miserable que duerme sin quitarle ojo al brazo incorrupto de Santa Teresa. Arrabal, en busca constante de Dios, le explica a este falso cristiano, que no ha comprendido nada de su religión, que no ha entendido ni a Dios, ni a Cristo, ni a Santa Teresa, por mucho cariño que le tenga a su brazo incorrupto. Lo contrario de un cristiano, en cuanto a seguidor de Cristo se refiere, no es un ateo, es un inquisidor. Franco fue inquisidor. Leyendo las palabras de Arrabal, sinceras, sin rastro de odio, aunque motivos no le faltan, se ve a un Franco que se transforma en un Rey Midas, que todo lo que toca lo convierte en sufrimiento. Arrabal, desde su fragilidad, desmantela todas las máscaras del dictador. Le lanza un mensaje, le avisa de que la Historia le va a juzgar. Y nos recuerda a nosotros que en España hubo un monstruo, un monstruo al que se enterró en un monumento levantado por esclavos. La memoria del monstruo sigue intacta y, por ese motivo, hay que rehabilitar la de las víctimas.

Habla la carta de todos los tipos de víctimas que hubo en esta cruzada de Franco por limpiar España de cualquier atisbo de independencia o librepensamiento. Habla de los presos, cuyos gritos se escuchaban desde fuera de las cárceles, los niños españoles; habla de los profesores imposibilitados para enseñar todo lo que no se atuviese a las mentiras del régimen; habla de los artistas forzados al exilio exterior e interior; habla de los huérfanos, de las viudas… Habla del dolor de España. Y así, teniendo esto en cuenta, debería ser un libro de culto para todos los demócratas, porque no se puede olvidar que Franco a quien le declaró la guerra fue a España entera. Dio un golpe de estado contra un gobierno legítimo. La República era de todos y para todos. La Dictadura fue de unos pocos y a pesar del resto.

Carta al General Franco es un testimonio de una época que no puede ser olvidada, porque cuanto más nos esforzamos en negarla, cuanto más hacemos para ocultarla, para maquillarla, más nos arriesgamos a repetirla. Arrabal no es de izquierdas ni de derechas y ha escrito cartas a Stalin, a Castro y a José María Aznar. Espero que pronto le escriba una a Rajoy, antes de que este señor consiga su objetivo y nos devuelva a los tiempos de Franco, con la ayuda, de nuevo, de los alemanes. El contrato social se ha roto, los abusos policiales se han disparado y los convenios se han convertido, más que nunca, en papel mojado. Ha llegado el momento de volver a una lucha que nunca debió dejarse de lado. El enemigo, como siempre, es sencillo de reconocer: habla mucho de Dios, tiene el estómago lleno y prohíbe libros. Ha llegado el momento de volver, por tierras de La Mancha, a cargar contra molinos de viento.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn