Artistas y memoria: Las rapadas. El franquismo contra la mujer

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enfoques_11_5Franco tuvo muchos enemigos en su guerra contra la razón y contra España. No debemos olvidar que el principal enemigo de este señor fue el gobierno electo español. También se convenció de que eran sus enemigos los comunistas, los socialistas, los anarquistas, los judíos, los gitanos y, especialmente, las mujeres. Las mujeres, todas, como colectivo, como sexo, fueron uno de los más encarnizados enemigos de Franco, y a someterlas destinó tantas energías como a derrocar el gobierno legítimo de la República. Y así lo demuestra Las rapadas. El franquismo contra la mujer, publicado en 2012 por la editorial Siglo XXI. El libro, a lo largo de sus 221 páginas, aborda, con rigor e inteligencia, cómo la represión franquista se cebó con especial crueldad en la mujer republicana. Su autor, Enrique González Duro, es uno de los más prestigiosos psiquiatras españoles. Nacido en 1939, en Guardia de Jaén (Jaén), es, además, autor de Historia de la locura en España y Franco, una biografía psicológica, entre otros títulos. Es por esto que Las rapadas. El franquismo contra la mujer se convierte en un libro imprescindible no ya sólo por la denuncia de la violencia del estado franquista contra la mujer, sino porque lo hace tanto desde un punto de vista político como científico.

Diagnósticos franquistas

En uno de los primeros capítulos del libro, González Duro cita los estudios realizados por Antonio Vallejo Nájera en los que asegura que la mujer republicana es una aberración por el mero hecho de dedicarse o participar en la política. Según este psiquiatra, y resumiendo mucho, la mujer sólo tenía capacidad para sentir, pero no para pensar, por lo tanto si se acercaba a la vida política del país, lo hacía por algún tipo de pulsión insana. Así, los psiquiatras franquistas empezaban por diagnosticar una eterna situación infantil para la mujer, ya que no podía razonar, sólo actuar por instinto. Estos estudios se llevaban a cabo en las cárceles, con mujeres que habían sido torturadas y vejadas, hasta hacerlas vivir en un constante estado de pánico, por lo que no es sólo que fuesen poco serios, es que resultaban indecentes. Tanto, como los crímenes médicos cometidos en los campos de concentración nazis.

La tortura y la violación fueron de uso común para las fuerzas nacionales. El mismo Queipo de Llano, en sus discursos radiofónicos, animaba a los soldados a violar a las mujeres de los combatientes republicanos, y a pasarlas a fuego y hierro al tomar los pueblos, independientemente de la resistencia que estos hubiesen presentado.

Y una vez terminada la guerra, esa política de torturas y de violaciones continuó en todo el territorio como una forma de someter a la mujer y de hacerle pagar por no haber participado de la rebelión de Franco.

Las cárceles se llenaron de mujeres que no habían cometido otro delito que comulgar con la República o tener algún familiar que lo hiciese. Y allí eran atrozmente masacradas bajo la supervisión experta de torturadores nazis traídos por Franco a España para guiar a nuestras bestias fascistas, que tenían toda la maldad del mundo, pero les faltaba preparación para ejercerla en condiciones. Y así, se golpeaba a las mujeres hasta dejarlas lisiadas, se las violaba una y otra vez hasta que se volvían locas y se las enseñaba que no tenían que haber salido de casa, que no tenían que haber pensado por ellas mismas, porque la calle y el pensamiento eran patrimonio del macho español, blanco y fascista, que sí era muy aficionado a la calle, pero no lo era mucho a pensar por sí mismo.

Las mujeres republicanas, en el franquismo, eran rapadas, dejándoles en ocasiones un pequeño mechón de pelo del que se colgaban símbolos falangistas. Y después se les daba aceite de ricino en grandes cantidades –más de un litro en muchas ocasiones– y así, se las obligaba a desfilar por los pueblos, recibiendo el escarnio de sus vecinos y siendo humilladas por haber cometido el delito de decirle “no” al fascismo. Se les daban banderas de la República y se les decía que se limpiasen con ellas, se las apaleaba hasta dejarlas casi muertas, se las violaba y después se las sometía a una pantomima de juicio, en las que eran juzgadas de treinta en treinta y terminaban siendo condenadas a penas elevadísimas, las cuales rara vez bajaban de los diez años, por crímenes imaginarios –muchas veces eran acusadas de bailar encima de los muertos, por ejemplo– o por crímenes que sólo lo eran en las mentes tumefactas de los jueces franquistas. Una mujer fue condenada a más de diez años por el único crimen probado de haberle hecho dos huevos fritos a un militar republicano.

En España, queramos verlo o no, tuvimos nazis. Y esos nazis eran misóginos. Para ellos, la mujer no era sino un trozo de carne sin inteligencia, madurez política o capacidad de decisión. Era un instrumento que cocinaba, hacía la casa y cuidaba de los niños, sin ningún tipo de contrapartida ni derecho social. La mujer era una esclava.

Habrá quien diga que de eso hace mucho tiempo. En el 62, después de la rebelión de la minería asturiana causada por los abusos de los patronos, dos mujeres fueron torturadas y rapadas. En el 62. ¿De verdad ha pasado mucho tiempo? ¿De verdad ha pasado tanto tiempo cuando los que hoy nos gobiernan son los orgullosos herederos –el PP no condena el golpe de estado de Franco ni su posterior gobierno ilegítimo– de los que entonces las masacraron? ¿De verdad hay que olvidar cuando tantas y tantas víctimas siguen pidiendo justicia?

Autor: Ramón Paso

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