Artistas y memoria : Un pueblo sin memoria es un pueblo sin esperanza

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Ramón Paso

La Ley por la que se reconocen y amplían los derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil española y la Dictadura, conocida como Ley de Memoria Histórica, es una ley que incluye el reconocimiento de todas las víctimas. De todas ellas, sean del signo que sean. No es una ley perfecta y resulta en muchos aspectos insuficiente, teniendo en cuenta las barbaridades que se cometieron en España, primero durante la Guerra Civil, y después, durante la Dictadura, pero es un principio. Un buen principio para todos los españoles de bien, para todos los demócratas y para cualquier político, independientemente de su ideología, ya que la dictadura y el golpe de estado militar son los antónimos de la esencia de la Política… En definitiva, la Ley de Memoria Histórica debería ser un buen principio para que el pueblo español pueda limpiar las heridas que se abrieron con la sublevación de Franco y que hasta hoy permanecen infectadas, ocultas y criando pestilencia, por culpa de esa torpe manía de olvidar todo lo que no nos gusta de nuestra historia. Pero, ¿quiénes son los interesados en olvidar?, ¿la gente que no ha tenido posibilidad de enterrar con dignidad a sus muertos? No, ésos no quieren olvidar. ¿Los que fueron víctimas de la represión y nunca han recibido esa mínima compensación que supone que se reconozca su martirio? No, ésos tampoco quieren olvidar. ¿Los que tuvieron que exiliarse en Francia, en Argentina o practicar un exilio interior en la misma España? No, ésos aun tienen menos interés en olvidar. ¿Quién quiere olvidar? ¿Los que sí saben donde están enterrados sus muertos? ¿Los que han hecho sus fortunas gracias al sufrimiento republicano? ¿Los que exhiben símbolos franquistas y fascistas? ¿Los hijos de los asesinos? ¿Los mismos asesinos? Pues bien, ésos no tienen derecho a obligarnos a los demás a olvidar. La Ley de Memoria Histórica es algo muy bueno para los inocentes y un motivo de preocupación para los culpables.

No iban a pasar… pero por desgracia, al final, pasaron

Antes de hablar de que hay que olvidar, hay que recordar que el hecho de negar que algo haya ocurrido no hace que esa cosa deje de haber sucedido. Lo saben los niños pequeños, pero lo ignora la derecha española. La Historia la escriben los vencedores y de ahí toda la propaganda franquista, todos los desvaríos de contubernios y de confabulaciones judeomasónicas; de ahí todos los pactos de silencio que nos dejó la Transición, que fue morosa por un más que justificado miedo a los militares; de ahí que nos quedásemos con la bandera de los fascistas –eso sí, “tuneada”: sin aguilucho– en lugar de recuperar la legítima, la de la República; de ahí tanto terror; de ahí tantas humillaciones; de ahí que España esté gangrenada por una infección que nos negamos a tratar. La Historia la escriben los vencedores, pero la sufre el pueblo. Por eso sabemos que hubo más víctimas en las limpiezas de los escuadrones de castigo franquistas que durante los combates de la Guerra Civil; por eso sabemos que los curas del bando nacional eran tan salvajes y crueles como los mismos legionarios, que llevaban cinturones decorados con orejas de milicianos; por eso sabemos que a la gente se la dejaba morir de hambre, ¡de hambre!, en las cárceles franquistas; por eso sabemos que los sacerdotes católicos ignoraban el secreto de confesión para poder denunciar a sus propios feligreses; por eso sabemos de las fosas comunes, de las violaciones, de las palizas hasta la muerte, de los juicios sumarios donde los acusados asistían amordazados a sus propias defensas; por eso sabemos que Franco no decretó el final del Estado de Guerra hasta 1948, ¡hasta 1948 estuvo Franco en guerra contra España! Hasta 1948, cuando los tribunales se colapsaron por la afluencia de detenidos –¡toda España era enemiga de Franco!– y no hubo más remedio que terminar con la caza de rojos, de supuestos rojos, de amigos de rojos o de personas que interesaba que pareciesen rojos…

¿Y todo esto que sabemos, todo esto es lo que se nos pide que olvidemos? ¿Qué país nos deja eso? Un país de hijos de asesinos y de hijos de asesinados, que caminan juntos, pero que no se atreven a mirarse a los ojos. Contra el odio, la mentira y la injusticia, hay una sola cura: la verdad, la verdad que limpia las heridas y nos dispone a encarar el futuro seguros de que no cometeremos de nuevo los errores del pasado. El fascismo no puede volver a Europa. No debe volver a Europa. Es un imperativo moral. Contra el fascismo, memoria.

Olvidar significa ignorar que en Madrid pudimos parar los pies al fascismo. Mientras Franco se sublevaba y el gobierno huía de la capital, el pueblo, apoyado por las primeras brigadas internacionales, decidió plantar cara a los rebeldes. En Madrid se trazó una línea, se trazó una línea con sangre, una línea que no iban a pasar. Una línea que no debían pasar. El problema es que al mundo, al mundo que ya se regía por la economía, que no es otra cosa que la ciencia que regula la avaricia, no le interesaba que hubiese un gobierno del pueblo y para el pueblo. Alemania e Italia habían elegido gobiernos fascistas; Inglaterra y Francia, una Francia socialista, estaban dispuestos a pactar con los nazis por miedo al comunismo, porque cualquier cosa era preferible a que existiese un mínimo reparto equitativo de la riqueza; y Estados Unidos dudaba si apoyar a Hitler –en la misma época en la que Berlín se vestía de fiesta para la noche de los cristales rotos, donde se pasaron a sangre y fuego los comercios y hogares judíos, organizaciones nazis norteamericanas marchaban por las calles de Nueva York– o enfrentarse a él para así poder entrar en guerra y darle salida a todo su excedente de armamento. Olvidar significa borrar de la memoria que en España un grupo de héroes de todos los rincones del planeta se plantó para hacer del mundo un lugar donde valiese la pena vivir, un lugar más justo, un lugar más ético… Se pudo lograr una victoria sobre el Capital, se pudo dar una advertencia a Hitler, se pudo frenar al fascismo, pero todos los gobiernos abandonaron al pueblo, condenándole, y Franco convirtió a España entera en una nación de esclavos.

Europa en llamas

El olvido es peligroso. Olvidar por qué se luchó en la Guerra Civil, por qué las potencias del mundo libre se unieron contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial; olvidar, en definitiva, que mucha gente dio su sangre para que la Alemania nazi no determinase el destino de Europa, nos hace débiles. Olvidar lleva a que la Europa de 2012 no sea tan distinta de la de 1936. Hitler se sirvió de la demagogia y de las armas para expandirse por todo el continente anexionándose país tras país, y dictando, con mano de hierro, una política agresiva y de corte capitalista. Como nos hemos olvidado de eso, ahora la señora Merkel se sirve del imperialismo económico y del fantasma de una crisis creada por los bancos para someter, de nuevo, país tras país y dictar una política donde sólo importa el beneficio de las empresas y donde los derechos sociales son algo a exterminar. En España, en el 36, Franco se rebeló contra el gobierno legítimo, sometió al país reuniendo en su persona todos los poderes del Estado. Una vez hecho eso, convirtió a los sindicatos en títeres, repartió el país entre los ricos y la Iglesia, terminó con la libertad de prensa, subyugó a los españoles y les metió el miedo en el cuerpo hasta que no hubiese oposición posible. En 2012 nos hemos olvidado de cómo es la derecha española de autoritaria, de prepotente, de agresiva, de torpe, y así, le hemos dado un poder sin precedentes en la Democracia. Les hemos puesto con las urnas donde se puso Franco con las armas. Hemos sido tan idiotas como lo fueron los alemanes que votaron a Hitler. ¿Y qué ha hecho la derecha con esa confianza? Lo que hace siempre: favorecer al Capital, olvidarse de las personas, convertir la sanidad y la educación de calidad en un capricho para ricos –mientras los pobres nos conformamos con las migajas de un sistema famélico a base de recortes– agotar la cultura, desinformar y mentir descaradamente, manipular los medios de información, gobernar por decreto… ¿Y dónde están los sindicatos mayoritarios mientras todo esto ocurre? En ningún sitio, porque les falló la memoria, y se pasaron demasiado tiempo bailando el agua al Capital como para que ahora los obreros quieran saber nada de ellos. El poder que Franco les arrebató en las cárceles y en los paredones, ahora los sindicatos lo han entregado por nada. ¿Y dónde está el PSOE? El PSOE ha traicionado a la clase obrera y se ha convertido en parte del problema, propiciando, además, que la gente se olvide de que el PP no es la solución. ¿Y los comunistas? Como siempre, peleados con los socialistas, porque no recuerdan que sus luchas intestinas contribuyeron a la victoria de Franco, tanto como los bombarderos alemanes o los tanques italianos.

Estados Unidos nos utiliza, sólo nos quiere como consumidores; Alemania nos ha puesto la bota en el cuello; nuestra clase política nos ha traicionado, demostrándose ineficaz; los sindicatos han vendido su poder, y ni siquiera ha sido por treinta monedas de plata; la Iglesia vuelve a dictar lo que se enseña en las escuelas; el fascismo resurge con fuerza en Grecia, en Francia, en Holanda, de aquí nunca se ha ido; está ocurriendo otra vez y no lo queremos ver. Antes fue con guante de hierro y ahora, con guante de seda, pero los hechos son los mismos. En la Segunda Guerra Mundial las grandes víctimas fueron los judíos; en esta Tercera Guerra Mundial Económica, las grandes víctimas vamos a ser los pobres. Y hay que recordar que pobre es todo aquel que no es rico. La clase media es una ilusión. Hay obreros y patronos. El gobierno ha vuelto a abandonar al pueblo y no nos queda otra que defendernos. Hay que defenderse con valor, con ideales y, sobre todo, con memoria. Esta vez no pueden pasar. No podemos dejar que vuelvan a pasar. La lucha está en la calle. Y no hay victoria sin memoria.

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