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“Un actor es el espejo donde miramos la historia de la sociedad reflejada en su teatro”

¿Qué es un actor? Se pregunta el autor de este libro. Cómo será de difícil la pregunta que un hombre –Juan Jesús Valverde– con cuarenta años de oficio en el morral, no ha querido o no se ha atrevido a contestarla y ha tomado una decisión impecable: que respondan otros; que personas de mayor o menor enjundia, de más o menos fama, de mejor o peor reputación, nos digan lo que piensan. Hay una gran diversidad de opiniones: desde la observación más sutil a la más tosca zafiedad, pasando por un vasto piélago en el que cabe todo: el admirador, el resentido, el envidioso, el impotente, el generoso, el pródigo, el ciego, el visionario; el que hace jeribeques y hasta el ridículo por conseguir una frase lapidaria; el afilado, el embotado, el punzante, el romo, el bondadoso, el despiadado, el sabio, el menos sabio y el simplemente tonto. Todos se arrogan el derecho de definir al actor, de opinar sobre el actor. ¿Y por qué no? ¿Quién puede negárselo? Porque, a fin de cuentas, volvemos a la pregunta primigenia: ¿Qué es un actor? Podríamos ponernos exquisitos y buscar la frase: “El actor es el héroe de una aventura que concluye en sí misma: la interpretación.” (esto es mío.) O bien: “Un buen actor lleva dentro todos los personajes y todos los sentimientos de todas las historias. Si el director no le molesta demasiado, conseguirá sacarlos a la superficie y transmitirlos.” (esto también es mío.) “Un actor es el espejo donde miramos la historia de la sociedad reflejada en su teatro.” (y esto.) Sin embargo, el D.R.A.E., referencia obligada, no se complica la vida: “Actor. 1.m. Hombre que interpreta un papel en el teatro, el cine, la radio o la televisión”. Éstos no se mojan; y omiten el doblaje, campo donde han cavado muchos y muy ilustres actores. Pero esto que dice el diccionario y nada, viene a ser lo mismo. Nosotros seguimos haciéndonos la pregunta de Valverde: “¿Qué es un actor?” No sé, quizá podamos definirlo repasando lo que el acervo popular nos dice de ellos. En el “Refranero General Ideológico Español”, compilado por Luis Martínez Kleiser, apenas encontramos docena y media de refranes referidos a los cómicos. ¡Diecisiete entre casi setenta mil! Dicha escasez ya significa algo. Ahí van los refranes:

Los toreros, en la plaza; los cómicos, en las tablas.

Labor de un año, sabor de un rato. (Referido a la dificultad del montaje y la preparación de una comedia y a las pocas compensaciones que proporciona, a veces)

A papel bien estudiado, no hay cómico malo.

Estos tres, ocurrencia de algún cómico, sin duda, no están mal; están incluso bien. Pero ojo a los que siguen:

Comediantes y putas, toda la cuaresma ayunan.

Putas y comediantes, en cuaresma los más ayunantes.

Comediantes y putas en cuaresma ayunadores por fuerza.

Comediantes sin compañía y putas en cuaresma, son una cosa mesma.

Ni con comediantes, ni con quien cerca les ande.

Trato con cómicos y toreros, no lo quiero.

Cómicos, toreros y gente de playa, todo canalla.

Cómicos y toreros, los más embusteros.

Carne de tablas, mala y cara.

Cómicos y abogados, lo mismo hacen de moros que de cristianos.

El porfiado albardán (bufón, cómico) comerá de tu pan; y el avaro y hacino (mezquino), beberá de tu vino.

Fíceme albardán e comime el pan.

De albardanes, no fíes ni un saco de alacranes.

Ya han venido los titiriteros, engañamuchachos y sacadineros.

No, definitivamente el refranero no nos sirve; aunque refleja a la perfección lo que el pueblo pensaba del albardán –¡hermosa, sonora y olvidada palabra!–: que era un infeliz muerto de hambre, ducho en las tretas de la gorronería, y convenía guardarse de él. El actor responde a una voz interior insoslayable que lo somete a su destino. Porque es evidente que el actor nace actor y en algún momento de su vida cree que elige su camino. Pero la decisión ya está tomada de antemano, quizá genéticamente. Porque ¿quién, si no, iba a elegir una profesión en la que la incertidumbre se concreta muchas veces en la angustia por sobrevivir y, algunas, incluso en la indigencia? No sé muy bien qué es un actor, pero sí sé que es ser un actor. Es algo que sabemos –o al menos intuimos, barruntamos, sospechamos–todos los que nos dedicamos a la interpretación. Ser actor es esperar y desesperarse, ilusionarse y desengañarse, soñar y despertar con violencia en un decorado de pesadilla –la realidad–; ser actor es querer y no poder, poder y no tener, andar y no avanzar, caminar sin saber adónde; correr, de pronto, inesperadamente; ser actor es llegar, permanecer, creérselo; es subir, subir, rozar la luna con los dedos y darse el batacazo; es aguantar a críticos despiadados, a empresarios y productores mezquinos y a directores sin cerebro, sin alma, incluso sin corazón. Ser actor es lo mejor que le puede pasar a un actor.

Prólogo del libro El misterio del actor de Juan Jesús Valverde.

Eduardo Jover

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