Despedida Ramón Pons, una vida dedicada al teatro

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Es muy posible que si Roberto Cerdá, director de “La nieta del dictador” que Ramón estaba interpretando en la sala “Sol de York”, no le hubiera llevado a urgencias del hospital Jiménez Díaz aquel miércoles de mayo, muy bien podía haber fallecido en la silla de ruedas donde interpretaba el que fue su último papel. Tal era su devoción casi religiosa hacia su profesión. Todos sus amigos de tantos años éramos conscientes de que estaba muy enfermo, solo él parecía o fingía (nunca lo sabremos) ser ajeno y se negaba a cualquier insinuación sobre marcharse a Valencia con su familia. Yo ahora pienso que en su fuero interno él sabía que ese viaje era un viaje sin retorno y no quería de ninguna manera admitirlo.

Lo conocía ¡hace tantos años!, desde Valencia, trabajamos juntos en el famoso TEU, pero no fue hasta cuando nos reencontramos en Madrid que se forjó nuestra amistad.

Consciente de su poderoso físico de galán y aunque nunca despreció trabajar como tal, siempre aspiró a hacer un teatro más profundo y fue fiel alumno de todos los maestros que desfilaron por Madrid: John Strasberg, Roy Hart…

Recuerdo el día en el que apareció por mi camerino del antiguo y desaparecido teatro Valle Inclán, a partir de entonces nos convertimos en inseparables, juntos fuimos a Buenos Aires con Alberto Closas y juntos hicimos la que fue su última gira, con “Final de partida”.

Compartimos los mismos amigos argentinos y los mismos amigos en Madrid y, por supuesto, los mimos sinsabores y alegrías de nuestra difícil y apasionante profesión y, por último, los angustiosos y numerosos días que permaneció ingresado y en los que conservaba su lucidez hasta el punto que cada vez que lo visitabas te preguntaba por el último estreno o la última película, sin entender que tú ya no tenías ganas de ir a ninguna parte porque lo estabas viendo morir.

A veces pienso que nuestra amistad tenía un plus de hábito, de costumbre ¿vamos al cine? ¿quedamos para cenar? ¿vamos al teatro?. Será duro hacer todas estas cosas, cosas sin contar con él. Será duro desacostumbrarse.

Aunque lo que más me duelo es que él no tenía ninguna gana de morirse, ninguna, él sólo aspiraba a seguir viviendo y trabajando en su profesión.

Autora: Lola Cordón

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