Diario de una actriz. Capítulo nº5

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Break a leg

Querido Diario:
Son las cuatro de la tarde y he actualizado dieciocho veces mi correo para comprobar si han respondido los emails con el asunto, “¡Hola! Me llamo Penélope Pérez y soy actriz”. Hoy me siento paciente, con mucho aguante. No me he mordido las uñas, ni tocado los puntos negros. ¿Sabes qué mi hermana mayor – actriz y bailarina – se maquilla todas las mañanas por si tiene una urgencia y debe salir corriendo a un casting? Hasta las tres de la tarde, ella espera con el albornoz puesto, una taza de té en la mano – creo que aliñado con wiski- y más maquillada que las drugs del L&L. Ahora recuerdo el día que conocí a mi representante y me dijo: ‘Penélope, estate atenta de las personas que te rodean y acércate solamente a aquellas de espíritu positivo. Si son seleccionadas en castings para series de televisión, mejor’. Dejé de hablar con aquellos que se quejan del poco trabajo que hay y me he quedado más sola que la una. Pero una hermana es una hermana. Hay que diferenciar trabajo y vida familiar.
Hablando de familia, acabo de llamar a mi madre para ver qué tal está, más no me ha dado tiempo ni para decir “hola mamá”. En cuánto ha pasado su dedo por la pantalla de su móvil, ha sentenciado qué ella sólo habla con personas inteligentes. Después de ese “personas inteligentes” susurrado y profundo – porque mi madre maneja muy bien el tono thriller -, me ha colgado. Estoy pensando en llamarle con número oculto la próxima vez. Ella y mi hermana son mis heroínas. Y no me refiero al caballo que se consumía en mi barrio. Aunque últimamente no sé qué pensar, me da miedo caminar por Malasaña. Están de moda las gabardinas y pienso que todos son exhibicionistas a punto de enseñarme sus colgajos.
Un amigo mío – puedo decir que es “amigo” pues tuvo personaje fijo en Arrayán –, siempre viste con gabardina. Vaya a dónde vaya, estemos en invierno o en verano. Creo que se siente obligado de ir así, porque en su último book sale en todas las fotos con gabardina y no quiere confundir a las directoras de casting, por si le ven por la calle. La semana pasada le vi actuar. Cómo soy su amiga pagué la entrada y no regalaban ni una consumición. Pude hablar con él antes de empezar la función y estaba súper contento porque el teatro estaba lleno. Sin ánimo de ofender, comenté qué no era difícil llenar el teatro con un aforo de veinte localidades. Mi amigo soltó un “gracias” destructivamente irónico. Yo le expliqué que si hubiese querido ofenderle, en vez de “teatro”, hubiese dicho “sala”. Y en vez de “localidades”, las habría llamado “sillas negras plegables Azelie de IKEA”. Y se lo tomó mal. Su cara se hinchó cómo los tanques inflables de Putin y me dijo, Break a leg. Yo me alegré por su ocurrencia británica y pensé que su repentino enfado había desaparecido. Pero no. Después de dos horas y media de una obra que se debate entre Angelica Liddell y Arthur Miller, en el momento de los saludos, mi amigo soltó la mano de su compañero, clavando su mirada incendiaria en la mía cansada. Bajó el escalón del escenario, se acercó lentamente a mi persona y me dio una patada ninja que destruyó mi espinilla izquierda y la dejó con la misma radiografía que la columna de Frida. Fue todo muy rápido, aunque una chica lo grabó con el móvil y ahora es un gif circulando por ahí que tiene más visualizaciones que mi videobook. No me pude quedar para tomarme “las cañas de después”, al día siguiente empezaba el taller de interpretación para microteatro y tenía que ponerme hielo en la pierna. Sentada ya en mi sofá, con la pierna en alto y una mascarilla de pepino en la cara, recibí un whatsapp de mi amigo – “¿Sabes cómo me siento? Como si tú me dijeras que eres actriz y yo te preguntara, ¿Y se puede vivir de ello? Pero, ¿eso de ser actriz se estudia? ¿Teatro? ¡A mí me encanta! Hace dos años vi El Rey León”-. Suficiente. No hizo falta más. Comprendí su violencia desmesurada. Mi rostro cambió, se endureció – sobre todo por la mascarilla – y tras unos minutos recordando algunas caras escribí a mi amigo – “Yo te habría roto las dos espinillas. Me ha encantado verte, has estado fabuloso”.

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