Diario de una actriz: “Un poco de lexatín, por favor”

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Siento una lanza medieval incrustada en mi pecho. No puedo respirar, no puedo dormir. Todos los personajes vividores de las más grandes tragedias flotan dentro de mí. Mi cuerpo tiembla y estamos en verano. Es hora de escapar de la ciudad y cosechar zanahorias. Me bajo del tren antes de saborear el éxito. Hasta pronto compañeros. El desasosiego lleva mi nombre y no soy capaz de relatar mi última piedra para mi mochila. Mis dedos tiemblan con solo acariciar las teclas… Bueno, está bien, me armaré de valor. Allá va, compañeros. Por vosotros. Por vosotros me abriré en canal. Seré Medea frente a su ordenador y os contaré que hace treinta y dos minutos hora peninsular, ha empezado a sonar la banda sonora de El Padrino. Eso significa que alguien me estaba llamando al móvil. He mirado la pantalla sin grietas cortantes – no tener un Iphone es lo que tiene – y las palabras “mi chico” me han informado que era mi novio quien llamaba. Os sonará a brujería, pero he intuido que algo anormal estaba sucediendo antes de presionar la tecla verde. Y mi intuición solo falla en los castings. Cuando hago una prueba cojonuda, no me cogen. Y cuando salgo de la prueba con el ánimo en el asfalto, me seleccionan para un callback. Al final no me seleccionan, pero eso es otra historia.

Antes de descolgar he realizado tres exhalaciones como si estuviese de parto. Después, una vocecilla al otro lado del aparato me ha sorprendido diciendo – ¿Hola? ¿Estás ahí? – Yo he asentido con la cabeza, pero como no se trataba de una vídeo-llamada, a mi novio no le ha quedado claro si me estaba enterando y ha insistido – ¿Me oyes? ¿Hola?- Con los ojos cristalinos y la boca tiritando, he logrado articular un “¿Si?” lleno de duda, de miedo, de urticaria. A partir de ese momento mis oídos solo conjugaban el bla, bla, bla de sus palabras. El resto, os lo podéis imaginar. Mi terror ficticio se ha hecho realidad. Señoras y señores, incluida mi madre por si está leyendo. Atención. Mi novio… me ha dejado. Así, sin más. Mi novio. Él a mí. Me ha dejado ¡Y por teléfono! Sin la oportunidad de clavar mis ojos en los suyos durante minutos y sorprenderle con mi capacidad de no parpadear. Una ruptura sin que se embelese de mis movimientos lentos y llenos de dramatismo. Una despedida alejada de una película de Campanella, dónde él me diría que dejar nuestra relación ha sido el error más doloroso que ha sentido. Y que no volverá a Buenos Aires.

Después de tres meses y medio de relación, ciento cinco días para ex fumadores, dice que no puede más con mis cambios de humor. Que a veces siente que está saliendo con ocho chicas a la vez. Dice que odia cuando discutimos porque siempre recurro a textos que he memorizado. Y sobre todo, porque nunca tienen que ver con lo que estamos discutiendo. Que no entiende porque no puedo ser una chica normal. Pero, pedazo cabronazo e hijo de todos los personajes maléficos de la historia, qué cojones significa para ti que no sea una chica “normal”. Calma amiga, calma. Él no merece que tengas pensamientos negativos. No merece que tu respiración fluida, cuatro dedos por debajo del ombligo, se entrecorte.

Lo primero que he hecho nada más enterarme de mi nuevo abandono, ha sido llamar a mi mejor amigo. Él también es actor. Cuando ha empezado a contarme que el traje de Piolín le está haciendo rozadura y que su jefa acababa de informarle que no está dado de alta en la Seguridad Social, algo en mí se ha relajado y he dejado de lado mi fracaso para convertirme en su psicóloga. Es lo bueno de tener amigos actores. Siempre hay alguien más jodido que tú. Al colgar el teléfono, ya que mi amigo tenía que volver al trabajo y se ha colocado el cabezón amarillo y no estaba entendiendo nada de lo que me decía, he sentido que todavía necesitaba expresar mi indignación con alguien más. No tengo Facebook y cuando me sucede algo de esta índole tengo que recurrir a las llamadas telefónicas.

Mi segunda llamada de rescate ha sido a otro amigo. Él no es actor, pero es cantante e hipocondríaco. Desde que leyó que la marihuana previene cualquier enfermedad, todas las mañanas se fuma un porro con el té y las conversaciones siempre son alegres y disparatadas. De su conversación rescato lo siguiente – Chocho, no te preocupes. Ese chico no era para ti. Un matemático y una actriz no pueden estar juntos. Ven la vida de forma opuesta – ¿Qué coño significa esto? ¿Acaso significa que mi media naranja tiene ser actor? ¿Mi amigo cantante tiene razón? ¿No puedo probar en gremios cercanos? No sé, un realizador, un malabarista, un técnico de sonido. El “no” rotundo de mi amigo-cantante ha sonado tan fuerte como cuando mi ex novio matemático me ha abandonado.

Y he hecho lo peor. No, no he llamado a mi ex para suplicarle que no me deje ahora que estoy con los ensayos de Bodas de Sangre y soy el personaje de La Novia. He hecho algo muchísimo peor. He llamado a mi madre. A mi santa madre. Y a partir de esa llamada mi vida solo tendrá sentido con un kilo de lexatín, así que, hasta pronto compañeros.

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