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Vicente Alemany /Jaime Ripollés

Algunos lugares comunes sobre escritores, pintores y actores


Bill Viola: Seis cabezas, 2000.


Tony Oursler: F/X Plotter, 1992.


El Greco: Verónica con la Santa Faz, 1580.

A menudo los escritores se quejan de que los artistas plásticos casi no leen. Asimismo, los artistas responden que las gentes de letras carecen de cultura visual, pero muy pocas veces he visto actores dramáticos lamentando el poco teatro que ven unos y otros. Lo cierto es que nadie suele preguntar por los libros que leen o el arte que disfrutan los intérpretes, quizá por el lugar común de que el actor es una simple máquina de reproducir textos e imágenes de otros. En los reportajes gráficos sobre autores teatrales, directores de escena y guionistas de cine suelen intuirse al fondo fastuosas estanterías cargadas de libros y monografías de artistas. Sin embargo, las entrevistas a actores no suelen tener otro telón de fondo que una habitación de hotel, un restaurante, un café o un patio de butacas vacío. A los intérpretes casi nunca se les capta leyendo sesudamente tras un escritorio o consultando un arcano archivo cinematográfico. Afortunadamente, pocos actores son tan pedantes como para retratarse en una biblioteca o una cinemateca, pues basta saber algo de interpretación, aunque sea muy poco, para poder disfrutar del caudal de textos e imágenes que porta un actor en su propio rostro, por deslucido que sea el local en el que se realice la entrevista.

A los pintores fascinados por el cine nos sobra repertorio visual para ver en cada actuación un sinfín de fantasmas del celuloide, la escena o el lienzo. Por deformación profesional –y por dedicarnos a un oficio que muestra insuperables achaques y signos de decadencia desde el siglo XVI–, los pintores nos empeñamos en ver sobre cada gesto, sobre cada postura de un actor una iconografía antigua, encarnada también por legiones de esculturas o retablos que entran en escena. Así ocurre con los sensuales brazos de Gilda recortados a la altura de los hombros por aquellos larguísimos guantes negros que convocan la imagen de la Venus de Milo contoneando su espléndido torso amputado. En este sentido, Eisenstein aseguraba que interpretar era pintar un cuadro sobre el rostro, algo que sabían de sobra los actores del cine mudo, cuando enmascaraban sus facciones con pintura blanca, que pronto emborronaban con un mostacho melancólico tipo Charlot o con una carcajada milagrosa propia de la Garbo. Al principio, el cine no era más que eso, un lienzo en blanco que los actores empapaban de llantos y sonrisas tragicómicas, pero también de mitos e iconos antiguos. Aunque puede que el cine tenga la culpa de haber borrado de la memoria colectiva buena parte del inmenso repertorio de gestos y miradas no registradas por Hollywood, razón por la que muchas veces los actores noveles no saben ni a dónde mirar para poder lograr un gesto sublime o una mirada elocuente.

Pintar un cuadro sobre el rostro

Los pintores, además de ver fantasmas de obras antiguas en los rostros de los actores, reconocemos relatos escritos en todas las partes de su cuerpo, tal y como el sentimiento de culpa se pegaba a las manos nerviosas de Lady Macbeth. La cara, espejo del alma, es también el cuerpo de la escritura: los retratos aparecieron al mismo tiempo que los cuadros narrativos, posiblemente ambos géneros son los más difíciles y cercanos a la interpretación. Muchos artistas visuales actuales están desarrollando las posibilidades narrativas del vídeoarte intentando desplegar una retórica del rostro: entre ellos destacan Bill Viola y Tony Oursler. Estos dos vídeoartistas norteamericanos han sacado partido a la expresividad del rostro demorando los gestos sobre las pantallas digitales o a través de la luz de los proyectores. Viendo los rostros extáticos de Bill Viola o las caras truculentas de Tony Oursler, cualquiera puede darse cuenta de la cantidad de imágenes atávicas que invoca un rostro cuando es trabajado por un actor, pues ambos utilizan intérpretes profesionales para reproducir toda suerte de gestos plañideros o parlanchines con un inequívoco aire de retablo místico o de película de terror.

Técnica y transformación

Por su parte, los actores saben que por mucho que depuren su técnica sólo llegarán a la conciencia del espectador transformando sus fisonomías en los fantasmas de gestos olvidados en el inconsciente (Oursler), o quizá dando con arquetipos de la pasión largo tiempo representados por la iconografía clásica (Viola). Oursler proyecta epifanías de rostros sobre todo tipo de superficies tales como ropas usadas, muebles, árboles e incluso edificios, dotando a estos objetos inertes de los malestares humanos y los traumas de la psique. Viola ralentiza las expresiones para desplegar la narratividad escondida tras un llanto, una aflicción religiosa o una perturbación anímica. Estos dos ­artistas deberían ser la referencia visual para todo actor preocupado en trascender sus expresiones faciales, de la misma manera que el Evangelio cuenta cómo la Verónica conservó en el Santo Sudario de Turín el calvario completo de Cristo. Ciertos teóricos del arte aseguran que la Sábana Santa es el prototipo de la imagen de reproducción técnica en general, y en particular del vídeoarte. Este medio audiovisual nació siendo un hijo bastardo del cine experimental, y pagó su particular penitencia quedando relegado a los experimentos conductistas y a las grabaciones de seguridad realizadas por Bruce Nauman o Dan Graham en los años setenta. Años más tarde, los pioneros de la imagen digital vieron en la videocreación la posibilidad de reconciliar la imagen mundana de la televisión y el cine con la gran imagen artística, infinitamente más prolija y duradera que los videoclubs o las teleseries. Por todas estas razones, basta ver a un actor en una cafetería –o en una exposición– para abrir todo el imaginario de esa otra biblioteca virtual que es el rostro de un actor visto por un pintor.


Vicente Alemany Sánchez-Moscoso

Pintor, Doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense y Profesor de Teoría e Historia del Arte y Pintura en el CES Felipe II de Aranjuez, UCM.

Jaime Repollés Llauradó

Pintor, Doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense y Profesor de Teoría del Arte y la Imagen en la Escuela Contemporánea de Humanidades de Madrid.

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