“El día que yo nací”

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Conversación entre mi madre y la doctora, en el momento de mi nacimiento:
–    Señora, ha tenido una actriz.
–    ¿Cómo lo sabe, doctora?
–    Está riendo por no llorar.
–    ¿No será bipolaridad? Tengo un tío por parte de mi madre que…
–    No insista, señora. Fíjese. Ahora le ha dado por cantar.
–    Pero si acaba de nacer.
–    Seguramente aprendió antes de salir.
–    Pero, ¡¿es cierto lo que veo?!
–    Sí. Está mirando fijamente el teléfono.
–    Y sin parpadear.
–    Espera la respuesta de un casting.
–    ¿Y qué me receta, doctora?
–    Quererla, quererla mucho. Incluso cuando quiera matarla.
–    No sé si podré.
–    Ánimo, señora. Cuenta con grupos de apoyo para familiares directos de actores y actrices.
–    Si es que casi no puedo escuchar lo que me dice, doctora. La niña habla muy alto.
–    Es normal, está proyectando. No se preocupe, ahora le dejo un par de tapones y un problema menos.
–    Pero… Doctora…
–    Dígame.
–    ¿Y si no lo consigue?
–    ¡Calle! Eso ni lo piense. Ella es consciente de la fragilidad del asunto. A veces bailará para distraerse. Usted sígale la corriente. Le dará por leer, por escribir, hablará sola frente al espejo, pero, déjela tranquila. Que ella sienta que todo es normal. Incluso le dará por beber. Sólo si ve que lo realiza sistemáticamente y constantemente en soledad, entonces, actúe. Llámeme y juntas buscaremos la solución.
–    Doctora, ¿podré ser abuela?
–    ¡Por supuesto que sí! Suelen tener mucha química con los niños. Pero…
–    ¿Qué, doctora?
–    Existe la posibilidad que sean de padres distintos. Enseguida se aburren y no todo el mundo está capacitado para enamorarse de una actriz. A no ser que el cónyuge comparta la misma locura, quiero decir, profesión.
–    Ay, doctora, ¿qué he hecho yo para merecer esto?
Entonces ahí, en ese preciso instante, la sangre de chica Almodóvar apoderó mi cuerpo recién nacido. Ofrecí a mi madre y a la doctora una de mis mejores sonrisas – aún sin dientes – y salí del hospital con ganas de comerme el mundo. Porque sabía que si yo no actuaba, sería él quien me comería a mí.
–    ¿No la detengo?
–    Ya es tarde
–    Gracias por todo.
–    Suerte Señora. Y mucha mierda.

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