Festival de Otoño en Primavera: El festival de cine 2.0

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apuntes_festivales_animalesEl río musical que no cesa

Que el Festival de Otoño en Primavera de Madrid se alargase para cubrir de otoño de 2012 a la primavera de 2013 parece que no sólo sorprendió a público y profesionales, sino incluso a los propios organizadores. Ya que durante la temporada 12-13 la presencia del festival ha sido como el curso del río Guadiana para en mayo anegar la cartelera como si fuera el Delta del Ebro y nada hubiera cambiado con respecto a la edición anterior que se focalizaba en primavera. Y de nuevo, aprovechando los dos estrenos semanales, permitir el encuentro con los que acuden bien por obligación, críticos, sobre todo, aparte del equipo directivo del festival, o por interés profesional, como es la ya clásica presencia de Esperanza Roy y Javier Aguirre, su marido. Siendo mayor la probabilidad de encontrarse a esta pareja cuanto más moderno fuera el espectáculo. Pero, todo lo anterior, es, al fin y al cabo, anecdótico. Lo importante es el contenido. Lo que se ha podido ver y oír, siempre que la acústica de los Teatros del Canal lo permitiese, pues casi todos los espectáculos han sido programados en este espacio donde el sonido no acaba de funcionar.

Evidencia de la corriente musical

Lo más evidente es que existe una corriente musical que va de Hans was Heiri, la acrobática obra de Zimmerman & Perrot que inauguró el festival, hasta The taming of the shrew (La fierecilla domada) shakesperiano de Propeller que lo cerró. Y ha habido música que ha envejecido mal, como es el caso de Max Black de Heiner Goebbels que volvió diez años después. Y música sencilla y efectiva en la que, sin duda, ha sido la obra que este año se ha ganado los corazones de la crítica y del público, la aclamada y multipremiada The animals and children took to the streets (Los animales y los niños tomaron las calles) del grupo 1927. Obra que aúna la tradición escénica y cinematográfica para hablar de los conflictos sociales que nos aquejan, destilando una triste y descorazonadora visión del mundo actual y de nuestros compromisos colectivos e individuales. Melancolía que también se ha cantado y bailado en el Teatro de la Abadía donde el flamante director del Festival de Avignon, Olivier Py, trajo a la Srta. Knife, su alter ego travestido y canalla que canta en un ya viejo y destartalado cabaret. Y, en el mismo escenario, la musical Afectos que revalidó para el público el estatus que Rocío Molina, bailaora, y la Tremendita, cantaora, están consiguiendo desde España entre el público y la crítica internacionales. Uno de los dos espectáculos de danza que se vieron este año. El otro, O Corpo+Sem Mim, lo trajo Grupo Corpo, la que se considera la mejor compañía de Brasil, que recibió la atención de las reseñas promocionales pero que la crítica obvió seguramente porque ya ha pasado varias veces por aquí.

Y entre música y música, la decepcionante Murmurs de Aurélia Thierrée a la que su abuelo, Charles Chaplin, inspira poco o nada a esta obra muda. Y que sin embargo había producido la suficiente expectación como para tener entre el público asistente a Pedro Almodóvar, Bárbara Lennie e Israel Elejalde, entre otros. Almodóvar repitió asistencia junto con el equipo directivo y artístico de La Abadía y otros muchos profesionales, populares o no, para ver Ghost Road, que el director Fabrice Murgia ha realizado con el músico Dominique Pauwels para las compañías LOD I music theatre & Cie. Artara. Obra que pone de manifiesto que envejecer es embarcarse en una road movie en la que encontrar tu nuevo sitio, tu nuevo lugar en el mundo como su actriz protagonista, Viviane de Muynck, lo encuentra en escena. Espectáculo que permitió comprobar porqué Fabrice Murgia es en la actualidad la gran sensación de la dirección de escena europea. Algo que se intuye en Exils, la otra obra que este joven director con orígenes españoles ha presentado en este festival. Y en la que se intuye que la mano de Lepage y del Incendies de Wajdi Mouawad es más que alargada. Y que lo seguirá siendo por muchos años.

También ponen la música a su servicio Angélica Liddel y su compañía Atra Bilis en Ping Pang Qiu para contar, criticar y celebrar la China contemporánea y su reciente historia. Y de paso hablar de nosotros, los que somos y no somos chinos. La obra funciona de principio a fin aunque ella no se baja un ápice en su poética para construir, deconstruir que dirán otros, una hermosa fiesta de tallarines de hombres solos, mujeres solas.

En la recta final

Y hubo quien, además de traer música, se trajo a su madre. Es el caso de Óscar Gómez Mata y su compañía L’Alakran que volvió con Kaïros, sísifos y zombis al centro teatral de sus orígenes, el renovado Teatro Pradillo, buscando hacer presentes los instantes. Nada de interesarse por el futuro y menos por el pasado. Era el ahora mismo. Y consigue que los políticos madrileños de la cultura y el nuevo subdirector del festival, Alberto Núñez, se genuflexionen para dar gracias a la parroquia madrileña del festival por los impuestos que pagan y que les permite tener 30 millones de euros de presupuesto para artes escénicas, de los que 2 millones se invierten en este festival, 6.000 euros se invirtieron en la obra de Óscar Matas y, a su productora, le permitió invertir 40 euros en pagar a un negro, perdón, en pagar a un actor negro que representa a un vendedor negro callejero. La música del dinero al caer, “pennies from heaven”.

Aún hay más. La mexicana Derretiré con un cerillo la nieve de un volcán, de la compañía Lagartijas tiradas al sol. Lejos de presentar un buen resultado, incluso discutible para un festival como este, trajeron las enseñanzas de la historia de México a una España europea que nunca pensó en latinoamericanizarse pero que va camino de hacerlo. O Alexis, una tragedia griega de la italiana Motus que busca la clásica tragedia griega teatral en su tragedia actual. O la presencia de Theater Meschugge/Ilka Schönbein con The old lady and the beast en la Cuarta Pared, sobre una vieja dama teatral a la que se la invita en reconocimiento a su trayectoria teatral y musical.

Todo para llegar al fin de fiesta ofrecido por los Propeller. Un doble programa de Shakespeare técnicamente impecable que da miedo. Ya que esa excelencia técnica les impide entender lo que están representando. Y les hace olvidarse que la docilidad puede ser un discutible pero inteligente mecanismo de defensa en The taming of the shrew (La fierecilla domada). O que el personaje clave para entender la historia de Noche de Reyes es Malvolio del que se ríen inmisericordemente y luego le quitan su protagonismo, como hacen los personajes de la obra, pero nunca lo puede hacer un director porque no lo hace su autor, el mismísimo Shakespeare. Da miedo pensar que esa sea la orientación que adquiera este festival. Calidad técnica frente a calidad humana. La frialdad de cuchillo que desprenden las risas del abundante público que va a ver a Propeller frente al cálido aburrimiento humano que ofrecen las Lagartijas tiradas al sol. La música acrobática de la impresionante máquina teatral de Zimmerman & Perrot frente a la simplicidad de la irrealistamente real 1927. La obsoleta maquinaria musical de Max Black y su coartada científica frente a las imperfectas instalaciones sonoras de Dominique Pawels que sirven a Murgia para llevarnos por una carretera fantasma que se dirige a ese ningún sitio que es nuestro sitio. La temporada que viene dirá qué hace un festival que ya ha cumplido los treinta.

Autor: Antonio Hernández Nieto

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