Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

La naturaleza del arte del actor

Vicente Cuesta

Biografía

Nacido en Algeciras (provincia de Cádiz) en 1915. Tras estudiar Filosofía en la Universidad de Madrid, emigró a México en 1939 junto a otros miles de intelectuales, científicos y artistas, tras la caída de la Segunda República Española. Obtuvo un doctorado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, donde impartió clases como profesor emérito. Fue presidente de la Asociación Filosófica de México y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República. Adoptó una versión abierta, renovadora, crítica y no dogmática del marxismo. Murió el 8 de julio de 2011 en la Ciudad de México.

La lectura de la obra de Adolfo Sánchez Vázquez ha sido, en mi caso, un descubrimiento que me ha permitido no sólo comprender el sentido del mundo social y político en el que vivimos, sino además –también a partir del conocimiento de la actividad artística– entender lo verdaderamente esencial, concreto y diferente de la actuación escénica.

En efecto, después de muchos años de profesión, de estudios, cursos y cursillos con diferentes maestros y profesores sobre métodos o escuelas de interpretación, de lectura de distintos libros de hombres de teatro, autores, directores, actores, etc., solamente al encontrarse, con los textos de filosofía y estética de Adolfo Sánchez Vázquez podemos enmarcar el trabajo del actor dentro de una concepción teórica amplia del arte en general y comprender la actuación escénica como una forma de trabajo artística.

El trabajo productivo y el trabajo artístico

Adolfo Sánchez Vázquez entiende el arte como una actividad o forma de trabajo humano. Entre las diversas formas de actividad humana podemos delimitar dos primordiales: la actividad o trabajo productivo y la actividad o trabajo artístico. El trabajo productivo es el trabajo que el hombre ejerce mediante unos instrumentos de trabajo sobre la naturaleza, dando como resultado un producto que satisface unas necesidades práctico-utilitarias.

El trabajo artístico es una forma de trabajo humano que se ejerce con unos instrumentos sobre un material, pero el producto o forma materializada es una obra artística que tiene una utilidad social y espiritual y es una forma de expresión-comunicación. El pintor, por ejemplo es el sujeto artista (el instrumentista), que utiliza un instrumento (el pincel) sobre un material (lienzo, pinturas…) y que dan un resultado, un producto u obra artística (el cuadro).

Características de la obra de arte

a) La obra de arte es una unidad del contenido y la forma. Al final del proceso el trabajo del artista ha dado forma en un doble sentido a la obra artística: ha dado forma a un contenido (en el cuadro se plasma la intencionalidad, idea o imagen del pintor) y ha dado forma al material original (el lienzo ha sido transformado en una imagen, con colores…). Es decir, la obra de arte es forma de un contenido y forma de una materia.

b) La obra artística tiene fundamentalmente, como ya hemos señalado, una utilidad social y espiritual, y es una forma de expresión-comunicación. Siguiendo el ejemplo de la pintura, el cuadro es el vínculo de expresión-comunicación, entre el pintor y el público. La obra artística es, también, una nueva realidad, que rebasa la intencionalidad, la vivencia o ideas del artista durante su realización, el cuadro queda ahí, ajeno y al margen de la existencia del pintor.

c) La obra de arte es única e irrepetible, nadie puede predecir, a priori, lo que puede salir en el resultado del proceso creador. La resistencia del material o la actividad del artista hacen imprevisible el resultado de la obra. Cuando se inicia la actividad práctica creadora se parte de un proyecto o modelo ideal que se aspira a realizar, pero sólo se determina en el curso del proceso de su realización. En todo proceso artístico hay algo de aventura o riesgo. El resultado se presenta incierto e imprevisible y la obra de arte se halla al final más o menos lejos del modelo o imagen ideal.

d) Además, la actividad creadora del artista es una actividad orgánica. El artista unifica en acto la consecuencia y el cuerpo como actividad corporal pensante. Unifica en su actividad el trabajo intelectual, teórico, psicológico y su actividad corporal, práctica y física. Como ejemplo de este trabajo creativo-orgánico y siguiendo con la pintura, sirva el reportaje hecho a Picasso en plena actividad creadora, en bañador, “luchando”, en plena actividad física, yendo y viniendo al lienzo que estaba pintando, retocando, mirando y volviendo a retocar lo ya pintado.

El trabajo artístico del actor

Siguiendo los mismos elementos artísticos ya apuntados en el trabajo artístico del pintor, podemos ver cómo se pueden aplicar al trabajo del actor. El arte del actor es el arte más humano que existe, pues el actor es el mismo instrumentista material, instrumento y producto artístico de su arte. En efecto, el actor utiliza distintas partes de su organismo en el proceso de la actuación para lograr su producto artístico, el personaje, sin dejar de ser el mismo, sin perder su identidad y controlando conscientemente todo el proceso de su actuación.

Repasemos brevemente los elementos que utiliza el actor en el proceso de su actuación. El actor es su propio material artístico. El material del actor es su mundo cognitivo-imaginativo-emocional. Este material es su arcilla y su lienzo. Este material está formado por sus imágenes que se conforman en la memoria, la fantasía y la imaginación, pero también en la concepción de sí mismo y del mundo que le rodea. Por eso, el material, la selección de su material depende del vínculo y la observación de la realidad. De su forma de estar en el mundo.

El actor es el instrumentista de su arte; el actor utiliza sus facultades mentales cognitivas y psicológicas para el proceso y control de su actuación. La voluntad, la concentración, la atención, la fantasía, la imaginación, la memoria y la conciencia son las herramientas fundamentales que utiliza.

El cuerpo del actor es el instrumento de su actuación y el lugar de la actuación; la actuación se ve, se transmite por el cuerpo. El cuerpo es el instrumento para expresar y comunicar las relaciones escénicas con una intencionalidad, con un sentido. Lo importante, más que sentir, es expresar adecuada y conscientemente ese sentir en el contexto de la actuación.

El personaje es el producto de la actuación del actor, que se corporiza como personaje en la actuación escénica. El actor en la representación es el personaje escénico, esto nos lleva a considerar que el personaje como ente individual no existe. El único ser que siente, vive y experimenta en escena es la persona del actor. La conciencia del actor está siempre presente, guiando y controlando el proceso de la actuación. El actor no pierde la conciencia de su propio yo mientras representa al personaje, adopta la forma del personaje sin perder la conciencia y además dejando traslucir la propia personalidad del actor ante el público.

Bibliografía seleccionada

  • 1942: El pulso ardiendo.
  • 1965: Las ideas estéticas de Marx.
  • 1967: La filosofía de la praxis.
  • 1969: Rousseau en México (la filosofía de Rousseau y la ideología de la independencia).
  • 1969: Ética.
  • 1970: Estética y marxismo.
  • 1972: Antología. Textos de estética y teoría del arte.
  • 1975: Del socialismo científico al socialismo utópico.
  • 1992: Invitación a la estética.
  • 1997: Filosofía y circunstancias.
  • 1997: Recuerdos y reflexiones del exilio.
  • 2003: A tiempo y destiempo.
  • 2005: Poesía, libro que recoge su obra en este género.
  • 2005: De la estética de la recepción a una estética de la participación (ciclo de conferencias pronunciadas en septiembre de 2004). Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
  • 2007: Ética y política.

El personaje tiene todas las características de todo producto artístico

Siguiendo las características apuntadas anteriormente sobre la obra artística podemos apuntar que el personaje:

a) Es la unidad de un contenido y una forma. El personaje al inicio es un proyecto, un modelo o imagen del actor a construir con su propio material y al final del proceso artístico se ha dado forma para ser el personaje escénico. El personaje es forma de un contenido, el proyecto o imagen del actor, y forma de su material, su corporeidad del actor en escena.

b) Es una forma objetivada de expresión-comunicación. Aunque el único ser que siente y vive es el actor, el personaje tiene una cierta autonomía como producto artístico, porque en escena se ha creado una realidad nueva, de acciones, sentimientos y relaciones que se corresponden con la realidad escénica. La autonomía propia de la realidad escénica se evidencia porque el actor se comporta de forma distinta en su vida cotidiana a como el personaje actúa en dicha realidad. Además el personaje no puede comprenderse fuera del contexto escénico en el que se muestra. La coherencia y convicción dentro del contexto poético en que el actor actúa (género, estilo…) hace posible la verosimilitud de su actuación y del personaje.

c) Es único e irrepetible. Nadie puede predecir cómo será exactamente el personaje al final del proceso creativo. El riesgo y la aventura hace de lo impredecible del proceso creador, de la resistencia del cuerpo del actor a reflejar exactamente la imagen del personaje por el actor, pero además, el personaje en cada representación no es exactamente el mismo. El público con su presencia hace que cada actuación sea distinta y a su vez auténtica.

Las características de la actividad creativa del actor

El trabajo del actor tiene todas las características de la actividad creadora en el arte. La actividad creativa del actor es orgánica, todo su cuerpo interviene en la actuación escénica. El actor trabaja orgánicamente con la unidad de la conciencia y el cuerpo de lo psíquico y lo físico, de lo interno y lo externo, en una actividad corporal presente.

El actor trabaja y crea orgánicamente, innova construyendo, hace pensando y piensa haciendo. Su memoria se hace y es fundamentalmente corporal al establecer relaciones escénicas por medio de su actividad física. Su trabajo escénico compromete a todo su cuerpo a sus niveles, racional, cognitivo, emocional y físico.

a) Unidad de lo psíquico y lo físico, de lo interno y externo en la actuación escénica. La actuación tiene dos niveles indisolublemente unidos: una actividad interna, psíquica, mental que esta oculta y una actividad externa, física, corporal que es visible y que expresa y comunica la actividad interna del actor. A la emoción, sentimientos y actuación escénica se puede llegar por la actividad interna o externa. La acentuación del interno o externo determina la posibilidad de distintos personajes y diversas formas, géneros o estilos escénicos. La actuación del externo o interno para la construcción del personaje es una de las bases de la técnica y creatividad actoral.

b) Unidad del trabajo teórico y práctico. La actividad creadora del actor es un permanente ir y venir entre el pensamiento y la acción, entre la construcción práctica y la evaluación teórica. Aunque el trabajo es fundamentalmente práctico, el aspecto teórico surgido de la práctica le ayuda a entender y a emprender nuevas actividades prácticas. El actor critica lo hecho y hace lo criticado. Proyecta su subjetividad y objetiviza lo proyectado, controla y se aleja en su práctica artística y finaliza su personaje en un proceso teórico-práctico.

Sirvan estos breves apuntes como base para un estudio más amplio sobre la actuación como trabajo artístico y como un modesto homenaje a este gran maestro del pensamiento, crítico contemporáneo, filósofo, poeta, español ilustre e ilustrado: Adolfo Sánchez Vázquez.

Pensar frente a la barbarie

Carlos París
Filósofo y escritor. Presidente del Ateneo de Madrid

El mundo actual clama por la iluminación de un pensamiento que guíe la acción imprescindible para salir del abismo en que nos encontramos. Un abismo en el que el despotismo del poder está sepultando las enormes posibilidades del actual desarrollo científico y técnico, capaz de crear una sociedad liberada de la miseria material y espiritual que ha lastrado nuestra historia.

Adolfo Sánchez Vázquez aparece como un paradigma del pensamiento que necesitamos. Fue un pensador dedicado no ya a contemplar el mundo, sino a transformarlo, a levantarlo a la cúspide de las posibilidades humanas. Un pensador que, como afirmaba León Felipe de la poesía, y, en mi visión, debería aplicarse también a la filosofía viva, no parte del frío “pienso” ensimismado, sino del grito crispado ante el espectáculo social de nuestro mundo. Y analiza los senderos de la liberación. Hemos perdido recientemente la voz y la presencia física de Adolfo Sánchez Vázquez, tras una vida dedicada al desarrollo de la filosofía marxista y a la militancia por una sociedad sin explotación, pero permanece enteramente vivo su ejemplo.

Ética y compromiso

Nos ha dejado Sánchez Vázquez en momentos en que la barbarie del capitalismo, en su desarrollo especulativo, impone sus dictados a gobiernos domesticados, aplasta a las masas empobrecidas y éstas empiezan a expresar su creciente indignación. Sánchez Vázquez, en su marxismo ético, nada mecanicista, gustaba de repetir el dilema de Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”, al cual, en tiempos de la Guerra Fría, de la confrontación nuclear, añadía la posibilidad de la aniquilación bélica de la Humanidad.

Toda la vida de Adolfo Sánchez Vázquez fue una lucha contra la barbarie. Primero la barbarie del golpe contra la Segunda República, cuando muy joven, nacido en Algeciras y estudiando en Madrid en la Facultad de Filosofía y Letras, cultivando la poesía y militando en el Partido Comunista, se entregó en el frente de combate a la defensa del Estado republicano, que iniciaba un prometedor futuro para los pueblos de España en un esfuerzo popular que cantó en su renovada poesía épica.

Tras el triunfo de la barbarie, hubo de desarrollar su obra en el exilio, como otros ilustres “transterrados”, algunos –cual José Gaos, David García Bacca, Eduardo Nicol o Joaquín Xirau– que ya eran profesores, y otros más jóvenes, como Ferrater Mora. Era el despuntar de un renovador pensamiento hispano que hubo de trasladarse a fecundar las tierras iberoamericanas, mientras en España ensotanadas figuras los sustituían para imponer la más rígida escolástica medieval.

Tras sus estudios en México, Sánchez Vázquez desarrollará una dilatada obra que le sitúa entre los máximos filósofos marxistas y ejercerá una importante influencia no sólo en la cultura mexicana, sino en la reflexión internacional. Partiendo de la fundamentación de una estética y una ética marxistas, en sus primeros trabajos realizó después una profundización de la concepción marxista más general, entendiéndola como filosofía de la “praxis”, al modo de Gramsci, aunque con una entidad muy propia. Elaboró, así, un marxismo abierto, con acentos éticos, opuesto a las visiones deterministas y mecanicistas, como la de Althusser, que gozaba de una amplia difusión en Iberoamérica. El marxismo, en la obra de Sánchez Vázquez, se revela así pleno de actualidad. Una actualidad apremiante en momentos en que la indignación popular ante el imperio del capitalismo busca los caminos de una nueva sociedad.

Aunque su labor académica se desarrolló básicamente en México, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Adolfo Sánchez Vázquez mantuvo una estrecha relación con España, naturalmente no con la filosofía oficial propiciada por el franquismo, sino con la que se desarrollaba en la oposición. En sus múltiples viajes pronunció numerosas conferencias en la Universidad Autónoma de Madrid, en la Fundación de Investigaciones Marxistas y en el Ateneo, del cual había sido ilustre socio, y fue nombrado, además, Doctor Honoris Causa por la UNED.

He tenido la gran fortuna de mantener una estrecha relación de profunda amistad e intercambio de ideas con Sánchez Vázquez durante casi 50 años. Nuestro primer encuentro tuvo lugar en el Congreso de México de 1963. Me felicitó por algunos escritos míos y pronto se estableció una profunda corriente de compenetración. A partir de aquel momento, nos enviamos nuestras publicaciones, me invitó a congresos realizados en México y a desarrollar un curso en la UNAM; además, fue ponente en el Congreso Internacional sobre mi obra, que se realizó con motivo de mi jubilación.

Siempre que venía a España o yo viajaba a México me llamaba y manteníamos un inolvidable diálogo, en los últimos 20 años en compañía de Lidia Falcón, a la que profesaba un gran afecto y con la que lamentamos la muerte de la compañera de Adolfo, cuando perdió a ésta tras larga vida solidaria.

No querría terminar esta evocación de Adolfo Sánchez Vázquez sin traer a este homenaje el recuerdo de unas imágenes lúdicamente alegres, que nos dan idea de la personalidad más humana de Adolfo. Tras un Congreso de Filosofía, él y yo nos trasladamos con un grupo de alumnos y alumnas a un local de fiestas, y allí el gran maestro se puso a bailar con los estudiantes en una fraternidad y una solidaridad que no es fácil encontrar en otros pretenciosos profesores. Así era la rica humanidad del gran pensador, cuyo legado vence a la caducidad de la muerte.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn