El gran teatro del mundo : El Festival de Teatro Clásico de Mérida recuerda a Margarita Xirgú

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Pablo García

El Festival de Teatro de Mérida es un insigne escaparate para recuperar la escena tradicional grecolatina haciendo un hueco, a su vez, a la experimentación y la innovación dramática. Celebrado en los meses de verano de julio y agosto, cumplió con las expectativas de público y organizadores, priorizando el teatro clásico greco-romano sin dejar de aportar un toque contemporáneo al evento. La figura de Margarita Xirgú fue la imagen de esta edición, que ha traído a la memoria la actuación de la actriz catalana como ‘Medea’ en el año 1933.

Margarita Xirgú y Enric Borràs en Medea
(Archivo Museo de Badalona)

Nuria Espert representó Medea con una
réplica del traje que Margarita Xirgu
lució en1933

Montaje de Las troyanas, dirigida por
Mario Gas

El Festival de Teatro de Mérida se renovó en su 54a edición para conmemorar el 75 aniversario de la reapertura del Teatro Romano, después de más de 17 siglos de inactividad y olvido. En aquella ocasión, en 1933, fue la actriz Margarita Xirgú quien centró toda la atención con su interpretación de Medea, en la obra homónima de Séneca. Por esta razón los organizadores del festival, que ha pasado a llamarse Festival de Mérida. Teatro y Anfiteatro Romanos, se sirvieron de la histórica actuación para reivindicar a los clásicos y promocionar el evento. Éste brilló con luz propia; arropado por grandes preparativos y con personalidades de excepción entre el público, cumplió con las expectativas creadas. El festival resucita cada año el espíritu clásico de Grecia y Roma en un escenario que no puede ser más idóneo para este objetivo: el teatro romano cuya construcción impulsó el cónsul Marco Vipsanio Agripa en los años 15 y 16 a.C. El monumento, que durante todo el año recibe visitantes por su interés histórico y su valor arquitectónico, acoge todos los veranos el resurgimiento de las obras de Sófocles, Séneca o Eurípides, cumpliendo así con su función genuina. Las ruinas del teatro rivalizan en antigüedad con las piezas representadas y todo ello se combina para transportar al espectador a otra época. El privilegio de oír los desgarradores lamentos de Edipo sobre piedras milenarias o el de ver a los dioses mezclándose con los humanos en Las Troyanas (de Eurípides) como podían haberlo hecho los actores romanos hace dos mil años, no tiene precio.

Dirigida por Francisco Suárez esta edición, ha supuesto el regreso a Mérida de experimentados directores como Mario Gas o el griego Theodoros Terzopoulos, así como el estreno de otros, como Jorge Lavelli o el portugués Joaquim Benite.

Desde los mencionados clásicos hasta Shakespeare, se representaron en el Teatro Romano una amplia selección de obras que engatusaron al público, con buenas adaptaciones pero sin perderse en la facilidad de lo contemporáneo y salvaguardando la esencia de los textos tradicionales. A pesar de esta fidelidad, el festival no está exento del paso del tiempo y tiende a adaptarse a los nuevos aires, por lo que las novedades brillaron en esta 54a edición. El mismo nombre ha sido el primero en probar el cambio. De llamarse Festival de Teatro Clásico de Mérida ha pasado a conocerse por Festival de Mérida, Teatro y Anfiteatro Romanos, resaltando la importancia de este último escenario como espacio para “la experimentación y la dinámica teatral, que siempre está en permanente ebullición”, en palabras del director del evento, Francisco Suárez. Los espectáculos programados en el Teatro fueron, según Suárez, “una mirada tradicional, adaptaciones lo más fieles posible al legado grecolatino”. Esencia grecolatina fue el título bajo el que se agruparon estos montajes, mientras que los representados en el Anfiteatro entraron dentro de la sección Otra mirada. Otra de las novedades fue la duración del festival. Habitualmente ocupaba todo julio y se venía introduciendo desde hace algunos años en las primeras fechas del mes siguiente, pero en esta ocasión se ha extendido a los dos meses completos, hasta el último día de agosto. Pero sin duda lo que más llamó la atención de las innovaciones introducidas fueron las dos galas que abrieron y cerraron el certamen.

Inauguración

El 21 de junio tuvo lugar la gala de inau­guración que estuvo dividida en tres bloques. Un concierto de la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE dio comienzo al festival con composiciones de Gluck y de Mozart. Después, dentro del ambiente general que invitaba a recordar la figura de Margarita Xirgú (se proyectó un documental de Christian Polanco dedicado a su persona), salió a escena la también actriz catalana Nuria Espert para representar el mismo papel de Medea que Margarita hiciera en aquella notoria actuación de 1933. La magistral interpretación de Nuria Espert colocaba las emociones a flor de piel y encandiló a todos los que la vieron aquella noche. La actriz salió con el mismo traje y el mismo peinado que Margarita lució en 1933, vestido rojo, confeccionado con telas iguales a las de hace 75 años, amarillo para el manto y los bordes de la túnica y un morado para el tocado que recogía el cabello. Espert abrazó esa noche la bandera republicana como lo hiciera aquella mujer que insufló nueva vida al teatro romano después de tantos siglos oculto. Todo medido al detalle para tratar de volver en el tiempo y saborear la magia del pasado histórico. Si la actuación de 1933, en tiempos de la II República, contó con la presencia de personajes como Manuel Azaña (jefe de Gobierno), Fernando de los Ríos (ministro de Estado) o el escritor Miguel de Unamuno, quien tradujo el texto de Séneca expresamente para la interpretación de Margarita Xirgú, esta vez no dejaron de acudir personalidades como el presidente de la Junta de Extremadura Guillermo Fernández Vara o el alcalde de Mérida Ángel Calle.

La última fase de la gala, para desengrasar las emociones y distenderse, estuvo a cargo de Andreu Buenafuente y su equipo “El Terrat”, que presentaron la programación del evento entre chistes y chascarrillos. El showman hizo su monólogo, fue aplaudido y la gente rió con ganas su humor ágil y fresco. A pesar de ello parte de la crítica se preguntó sobre el sentido que tenía allí el cómico catalán y las opiniones se dividieron acerca de si el espectáculo de corte más televisivo y desenfadado debería pisar terrenos culturales más elevados.

Margarita Xirgú

Margarita Xirgú Subirá nació el 22 de julio de 1888 en Molins de Rei, en la comarca del Bajo Llobregat, y a los ocho años se trasladó a Barcelona con su familia, donde pasó la infancia. Una tarde, en una taberna, un grupo de obreros le pidieron leer un manifiesto y la lectura le proporcionó su primer aplauso.

Margarita empezará a trabajar en un taller de pasamanería y combinará esta actividad con ensayos en los ateneos. A la edad de dieciocho años es contratada por primera vez para actuar en el Teatro Romea de Barcelona en el papel de Blanca en Mar i Cel de Àngel Guimerà.

Margarita Xirgú pronto destacó por su talento. En el año 1910 se casó con Josep Arnall y para entonces ya se había ganado a la crítica barcelonesa. Tres años después realiza su primer viaje por Sudamérica, con lo que su carrera se internacionaliza. En 1914 se traslada a Madrid, donde prosigue su éxito actuando en obras como Marianela de Galdós, Divinas palabras de Valle-Ínclán o Santa Juana de Bernard Shaw. Son los años en los que estará al frente de la compañía del Teatro Español y en los que hará interpretaciones memorables.

Sus montajes modernizaron la escena española, eliminando el exceso de elementos realistas y la concha del apuntador. Su instinto dramático y su personalidad de corte arriesgada la hicieron apostar por nuevos autores. Federico García Lorca fue uno de ellos, al que conoció por esta época y del que estrenó en el año 27 Mariana Pineda, con decorados de Salvador Dalí. También pondría en escena otras obras del poeta granadino como Yerma, Doña Rosita la soltera y La casa de Bernarda Alba, ésta última ya en el exilio en Buenos Aires y muerto el autor.

Con la llegada de la II República Margarita Xirgú fue condecorada con la orden de Isabel la Católica y en 1933, en la reapertura del Teatro Romano de Mérida, estrena Medea de Séneca, texto traducido por Unamuno expresamente para ella. En 1936, poco antes de estallar la guerra, inicia una gira por Ámérica. Ésta se convertirá en su exilio, del que nunca retornará. Ese mismo año fallece su marido Josep Arnall en La Habana.

Residió Chile, Argentina y Uruguay, donde fue nombrada directora de la Escuela Municipal de Arte Dramático. Se volvió a casar, con Miquel Ortín. Después dirigió y protagonizó numerosas obras de gran altura como Tartufo de Molière o Macbeth de Shakespeare, sin dejar de lado a Lorca y a otros autores contemporáneos.

El 25 de abril de 1969 falleció en Montevideo después de una vida entera dedicada al teatro. En 1988 la Generalitat repatrió sus restos que fueron enterrados en Molins de Rei.

Después de esta gala se dio comienzo al festival. Se representaron obras de distinto género y época, pero con el elemento común de admiración por el teatro grecolatino. Pues ha sido éste el motivo esencial del evento desde su inicio. Cuando en 1933 el Teatro Romano de Mérida reabrió sus puertas, teniendo a Margarita Xirgú como estrella, eran tiempos convulsos aunque esperanzadores para la vida cultural del país. Hoy en día, con un festival consolidado, en esta 54a edición ha sido la misma Margarita Xirgú, quien hace 75 años alzara sus brazos como Medea quejándose de la crueldad de su esposo Jasón, la protagonista elíptica del evento.

Otro de los que gozaron de protagonismo, esta vez de cuerpo presente, fue el director franco-argentino Jorge Lavelli con su puesta en escena de Edipo Rey. Las voces son unánimes al elogiar su trabajo. Tanto la crítica como el público, que después de haber acudido en buen número se puso en pie para ovacionar lo que había visto, coincidieron en aplaudir la realización de la obra. Al éxito contribuyó el reparto formado por Ernesto Alterio en un complicado papel de Edipo, Carmen Elías como Yocasta, un Juan Luis Galiardo arrebatador dando vida al adivino Tiresias y Paco Lahoz como Creonte. Todos ellos respaldados por un inquietante coro de tebanos, con peluca y las caras pintadas de blanco, que convertían en música la tensión del ambiente. Lavelli explotó al máximo las posibilidades del espacio natural escénico hasta tal punto que no incorporó ningún elemento escenográfico. “No hace falta decorados”, afirmó, porque “en este tipo de marcos es difícil introducir objetos extraños sin que resulten molestos y anacrónicos”. Por otra parte la versión del dramaturgo José Ramón Fernández del texto de Sófocles, auspiciada por el propio Jorge Lavelli, resultó acertada por conservar la fuerza de la pieza acercándola, a su vez, al público. De la obra, el director franco-argentino dejó dicho: “Si su temática es apasionante, su forma, su construcción y sus coros no lo son menos”. Edipo Rey sirvió para cerrar la programación teatral de este verano.

Despedida

Si el Teatro Romano se despidió con la tragedia de Sófocles, a la hora de empezar los organizadores eligieron un drama de Eurípides. A primeros de julio, algunos días después de la gala de inauguración, el montaje de Las troyanas de Mario Gas se ganó el reconocimiento del público. “Los clásicos siempre te sorprenden; es fascinante ver cómo nos siguen hablando con contundencia de aspectos oscuros de nuestro mundo actual; porque, al margen de aspectos museológicos o filológicos, y de que el teatro es otra cosa, el asombro y el pasmo es que están hablando de cosas que no hemos resuelto aquí y ahora”, comentó, hablando de los textos grecolatinos, el director catalán, quien también elogió a Eurípides, diciendo de él que “despoja a los dioses de sacralidad y les confiere aspectos que están en cualquier humano”. Las troyanas se presentó en una versión de Ramón Yrigoyen que hizo que los espectadores se lanzaran a aplaudir al finalizar la representación.

Pero a lo largo de los dos meses de verano también hubo obras que se alejaron del patrón clásico, aunque sin desprenderse por completo del mismo. Timón de Atenas, atribuida a William Shakespeare, se escenificó de la mano del portugués Joaquim Benite. Originalmente la pieza se sitúa en una Atenas decadente pero la versión de Francisco Suárez, también director del festival, la emplaza en pleno siglo XX, en medio de la crisis del petróleo de los años setenta. Suárez cree que la historia “critica el capitalismo y el poder del dinero en la sociedad actual”. Un texto que tiene más de lo que se ve a simple vista y cuyos elementos trágicos son puestos en duda por el director Joaquim Benite: “Timón no es un personaje de tragedia, pero cuando busca la soledad para alimentar el odio contra la propia naturaleza humana, sí se le puede ver así”.

En total, fueron 67 representaciones teatrales en setenta días, dos coproducciones y cinco producciones propias, dos espectáculos internacionales, cuatro estrenos y dos en Europa, e intervinieron 182 actores, diez directores, diez adaptadores y seis músicos. Todo esto respaldado por una serie de actividades paralelas tales como pasacalles, procesiones y espectáculos con la participación del público, que trataban de acercar la cultura grecorromana.

El 30 de agosto, de la misma manera que se había presentado, se despidió el Festival de Mérida, con una gala de clausura y un espectáculo por todo lo alto. Los actores británicos Michael York y Susannah York interpretaron una escena de Antonio y Cleopatra, de Shakespeare y junto a ellos estuvieron los cantaores Enrique y Estrella Morente, que dieron un concierto para cerrar la gala. En esta ocasión, el homenajeado fue José Monleón, ensayista, crítico y director teatral, que recogió el premio Scaena. Un reconocimiento a toda una vida ligada al teatro.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn