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Marifé Santiago Bolaños


Margarita Nelken.


Marzo de 1932. Archivo Sánchez del Pando.
Fototeca Municipal de Sevilla. Mitin en el
teatro Duque.


Reunión con Clara Campoamor.


María Zambrano.


Maruja Mallo.


Concha Méndez.

Es Madrid y quizás primavera. Median los años veinte de 1900 y se anticipa el aire fresco de los primeros años treinta. Cada una ha salido de su casa para estar, a eso de las cinco, en la Casa de las Siete Chimeneas. Son asiduas al Lyceum Club. Entre las que idearon este espacio singular para las mujeres españolas: Clara Campoamor, María de Maeztu, Margarita Nelken… Entre las que, más de una vez, dieron vida a la tertulia del Lyceum: María Zambrano, Concha Méndez o Maruja Mallo.

Ellas, nuestras abuelas intelectuales. Ellas, las creadoras, las pensadoras de la generación de la República.

Las fotografías presentan el ángulo que el autor elige. Esto es obvio, pero no baladí. Cuando en tal ángulo se decide quién debe aparecer en la imagen se está, al tiempo, decidiendo qué habrá de perdurar, qué memoria es la que se quiere mantener. En el caso de las mujeres, la imagen ha sido escasa respecto a lo que la historia ha dejado escrito, de modo que hay vacíos que, como sociedad, nos presentan mutilados, en blancos y negros capaces de ensombrecer, hasta la desaparición, hasta la ocultación, hasta –lo que es más grave– “el olvido” de esa mitad, cuya obra y cuya acción se expresa como secundaria respecto al canon marcado por los hombres.

Veamos: Madrid, quizás primavera, tertulia del Lyceum Club un día de finales de los años veinte, por ejemplo, de 1900; podemos elegir hablar de esto. Podemos recordar que es diciembre de 1927 y que un grupo de escritores y artistas, entre los que se encuentran Pedro Salinas, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso, Juan Chabás, Federico García Lorca, Ignacio Sánchez Mejías o Rafael Alberti, se desplaza a Sevilla para celebrar un homenaje a Luis de Góngora. La fotografía que se conserva de ese momento es el testimonio gráfico de la conocida como “Generación del 27”, la más significativa de esa Edad de Plata de la cultura española, de la que tanto, aún, tendríamos que aprender de cara a fundamentar nuestro presente y nuestro porvenir. Nunca se dio una circunstancia tan feliz, tan cargada de sueños creadores capaces de liberar de los tópicos y los fracasos a un país, España, excesivamente acostumbrado a regodearse en la derrota o a vivir de las rentas de pasadas grandezas, donde mantener estructuras caducas intentaba pasar por esencias, por esa palabra terrible y ambigua que es “la identidad”.

La Edad de Plata nace de “abuelos y padres” que sitúan la Educación en el centro de la sociedad, y que al situarla así permiten que su irradiación benéfica llegue a todos porque “democratizar la excelencia” era su meta. Elevemos un brindis-recuerdo por la Institución Libre de Enseñanza, por las delicadas especies que brotaron en la fertilidad de su jardín, que podemos llamar Residencia de Estudiantes y Residencia de Señoritas y Junta de Ampliación de Estudios y Misiones Pedagógicas, por ejemplo.

La fotografía del homenaje sevillano a Luis de Góngora es una de las imágenes más conocidas de esa leyenda que ya es La Generación del 27. Sin embargo, podríamos encontrarnos también con María de Maeztu, con María Zambrano, con Victoria Kent y Clara Campoamor, con Maruja Mallo, con Concha Méndez, con Rosa Chacel o con Mª Teresa León, por mencionar tan sólo a algunas de las mujeres imprescindibles del momento. Ellas no se hicieron foto, y la historia se ha encargado, con la minuciosa precisión de quien la escribe, de que aparezcan siempre como “la parte de atrás”, las “compañeras de”, lo otro. Nos las hemos perdido y nos las seguimos perdiendo aún demasiadas veces. Darles voz, nombrarlas, leerlas y contemplar su obra no es meramente escribirlas en la lista del “además”; es ofrecer puntos de vista a veces insospechados y acaso entender en qu é punto se abandonaron ciertos sueños que de haberse concluido, de haberlos desarrollado acaso hubieran impedido trágicas frustraciones, trágicos complejos y trágicos errores.

El erial intelectual en el que se pretendió convertir España después de 1939 borraba la envergadura de esa tarea social que pudo significar la Edad de Plata. No quedó más remedio que conservar algunos nombres, pero otros y sobre todo los de otras desaparecieron, por si quedaba alguna duda de que todo era, de nuevo, oscuridad, miedo e ignorancia. Pero la semilla que sembraron era tan buena y tan fuerte que no se pudo acabar con ella, aunque su crecimiento fuera lentísimo y anormal, secreto y hasta malinterpretado. Tarde o temprano, jugando con el título del libro de Mª Teresa León, los hechos “toman la palabra”.

Ellas se dirigen al Lyceum Club. Su creación se remonta a 1926. María de Maeztu, una de sus artífices, es la directora de la Residencia de Señoritas y ya preside la Federación Española de Mujeres Universitarias. La acompañan, en esta aventura maravillosa que es el Lyceum Club, Clara Campoamor (que el 1 de octubre de 1931 conseguirá, defendiéndolo ella sola, el derecho al voto para las mujeres españolas); Margarita Nelken (que, sin embargo, era considerada demasiado “libre y moderna” por muchas de sus compañeras del Lyceum Club, que era, para ella, poco arriesgado); María Lejárrega (quien escribió casi íntegra la obra de Martínez Sierra y a la que habría que prestar una atención especial cuando habla de las mujeres); Zenobia Camprubí (culta, fuerte, interesantísima); Victoria Kent (la primera alumna de la Residencia de Señoritas, la futura Directora General de Prisiones, cargo en el que suprimió los grilletes de las personas privadas de libertad, permitió la comunicación de los presos con el exterior, aprobó el proyecto de construcción de una nueva Cárcel Provisional de Mujeres y creó el Instituto de Estudios Penales para la formación del personal de prisiones), o María Goyri (quien defenderá, por ejemplo, el derecho de las mujeres a la educación física, entendiendo que ésta no se refiere sólo a la salud, sino y sobre todo, a la apropiación del propio cuerpo ocultado por el prejuicio y la ignorancia, en un ejercicio de libertad inédito para la época). Hay otras contertulias: Maruja Mallo, María Zambrano, Concha Méndez, Carmen Conde, Elena Fortún… Todas son brillantes y ejemplares, modernas y valientes. En la tertulia de ese día que imaginamos, pensemos que también las acompaña Ángeles Santos, que se refieren a la oculta Delhy Tejero, a la extraña Remedios Varo… O que Clara Campoamor organiza un homenaje en memoria de María Blanchard (y esta tarde ya lo es de 1932)… O que es la Noche de Reyes de 1929 y se estrena El ángel cartero, de Concha Méndez, con figurines y decorados de Maruja Mallo…

En los medios

Muchas aportaron su voz a los periódicos del momento (estoy pensando en María Zambrano o en Clara Campoamor, ambas con columnas con títulos tan explícitos como “Mujeres de hoy”, o “Mujeres”), y algunas pudieron ser económicamente independientes gracias a las traducciones, pues eran plurilingües. Viajaron fuera de España para traer de fuera lo que no había dentro. Se relacionaron con lo más granado de la cultura europea o americana. Compartieron exposiciones y movimientos artísticos con las figuras señeras del momento (Margarita Nelken estudiando, en París, con María Blanchard, frecuentando a Zuloaga, a Rodin o a Falla). Publicaron en las más prestigiosas revistas culturales (Maruja Mallo exponiendo en “Revista de Occidente”, o triunfando en París, siendo compañera indiscutible de Dalí, de Lorca y de Buñuel). Formaron parte de las Misiones Pedagógicas porque querían que la fiesta de la Cultura llegase allá donde quizás sus receptores ignoraban que tenían derecho a ella… Fueron profesoras (María Zambrano o Maruja Mallo son un ejemplo)… Fueron editoras (Concha Méndez)… Fueron músicas, escultoras o científicas, e hicieron del saber compartido una forma de estar en el mundo.

En la intimidad de la creación hallaron su peculiar ágora, y en la conversación, en la tertulia y el trabajo común, un camino de conocimiento que incluía tanto la imaginación como la razón. Las ensayistas universalizaban su reflexión desde ámbitos cotidianos que, al ser tocados por la palabra que piensa se hacen universales, y no dejaban ámbito sin valorar. Por su parte, las creadoras hacían suya aquella definición zambraniana, según la cual es la tarea del Arte “deshumillar todas las cosas”.

En esas fotografías que no llegaron a hacerse, hay un recuerdo hermoso. Es de Concha Méndez y se refiere a su entonces inseparable Maruja Mallo (lo leo en la página 9 de Maruja Mallo: álbum y textos históricos, volumen II Centenario, Edición SECC, 2009):

[…] íbamos al Museo del Prado y a las conferencias de Eugenio d’Órs, a las verbenas y a los barrios bajos de Madrid. Nos paseábamos para ver aquellos personajes tan pintorescos que pasaban a nuestro lado iluminados por los faroles de la calle. Estaba prohibido que las mujeres entraran en las tabernas y nosotras, para protestar, nos pegábamos a los ventanales a mirar lo que pasaba dentro. Los domingos por la tarde íbamos a la estación del Norte, a ver a la gente que va y que llega, a los viajeros con sus despedidas y los trenes. Cuando Maruja empezó a pintar, me tomaba a mí como modelo. Pintó una chica en bicicleta, que era yo; y mi raqueta de tenis, que era muy bonita, también la inmortalizó. Hizo una serie de cuadros de las verbenas madrileñas que eran maravillosos; en ellos plasmaba muchas de las imágenes que surgían en nuestras conversaciones. Decía que yo tenía una manera especial de reaccionar ante las cosas; y era verdad: entonces todos los gestos del mundo me sorprendían.

Mujeres excepcionales: nuestras abuelas. Incluyendo en su nombre el de tantas otras que no sospechaban cuánto de su tiempo es hoy el tema de nuestro tiempo. Lo escribí refiriéndome a La tertulia, de Ángeles Santos (y se publicó en el número 323 de “Revista de Occidente”, año 2008, p. 93):

[…] fijémonos en esas mujeres de rostros semejantes mediante los que puede sugerirse la proximidad entre todas ellas. Consideremos lo que significa la aparente paradoja de una tertulia en la que cada una de las participantes parece estar aislada de las otras. Las posturas de un ensimismado relajo, los ojos retadores de quien, de frente, pregunta al observador ese “por qué me miras”, que también podría ser “pasa, ya que estás ahí”; una tertulia en la que se puede leer, escribir, soñar, a la vez que se está compartiendo la ceremonia.

Acabo con la fotografía de María Zambrano en las Misiones Pedagógicas; la acompañan Cernuda y Rodríguez Aldave, y traigo sus palabras de Filosofía y Poesía (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 45):

Bella imagen venerable del poeta, esta que en Homero se dibuja. Sin aguardar a ser buscado, va como la poesía misma, al encuentro de todos, de los que creen necesitarla y de los que no, a verter el encanto de su música sobre las pesadumbres diarias de los hombres, a rasgar con la luz de la palabra las tinieblas del tedio, a volver ligera la pesadez de las horas. Va también a consolar a los hombres con la rememoración de su origen. Pues la poesía también tiene su reminiscencia. Va a llevarles la memoria y el olvido.

Ellas, nuestra memoria a pesar del olvido.

(El Espinar, mayo de 2011)

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