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Antonio Castro

“Un bel di veldremo…” (Madame Butterfly)

En el principio fueron dos: Diego Hurtado y Mary Carrillo. El primero, apuesto galán, creció al lado de un Premio Nobel, don Jacinto Benavente, porque su padre Luis Hurtado mantuvo durante toda su vida una estrecha relación con el dramaturgo. Diego y sus hermanos se dedicaron al teatro sobre el escenario, en la gerencia y hasta en la taquilla. María Carrillo, toledana de nacimiento, no tenía ningún antecedente en su familia. Se dedicó a la interpretación para sacar de apuros económicos a los suyos. Empezó en el teatro a los 17 años junto a Manuel Collado y Josefina Díaz de Artigas en el desaparecido Teatro Chueca, que estaba en la plaza de Chamberí. Aunque hizo algún papelito para el cine en México, su auténtico debut fue el año 1940, protagonizando en Barcelona la película Marianela. Pero el Séptimo Arte no supo aprovecharse de su talento.

Primer acto

Diego y Mary acabaron encontrándose. Y se enamoraron. En su libro de memorias Sobre la vida y el escenario, publicado el año 2001, la actriz se refiere así a los primeros momentos que pasó con Diego en París: “Mi vida, la que después habría de ser mi vida, comenzó de una manera casi sagrada. Al ir a dar un poco de pan a Diego se juntaron las manos. Por un momento sentí que algo, casi sagrado, había comenzado para mí”.

Contrajeron matrimonio en La Habana durante una gira con la compañía de Díaz-Collado, el año 1937. Fue un casamiento para toda la vida. También formaron una pareja de éxito en la escena española, aunque esta unión fue menos duradera que la sentimental. Pude hablar con el señor Hurtado, poco antes de morir, para un libro sobre Benavente. Le pregunté por la opinión del escritor sobre los actores: “No le gustaba ninguno –me dijo– pero siempre escogía a los mejores. Mary sí le gustó y la integró en su familia. Después sería el padrino de nuestras hijas”.

Porque la pareja fue teniendo hijas –hasta cuatro– que no les impidieron seguir trabajando. Además tres de ellas, Paloma y la gemelas Fernanda y Teresa, siguieron los pasos profesionales de los padres. La familia tuvo la desgracia de ver morir a la cuarta hija, Alicia.

Juntos como actores aparecieron sobre los escenarios en obras como Rosas de otoño (1939), La florista de la reina (1940), El desdén con el desdén (1951), Un día de abril (1952), La alondra (1953), Diálogos de carmelitas (1954), La embustera (1961) y La Casa de los siete Balcones (1965).

Mientras Mary crecía como actriz, primero en el Teatro de Lara y después en la Compañía Lope de Vega, su esposo fue decantándose por el trabajo fuera de escena, como director, adaptador e, incluso, empresario. Firmó montajes como El príncipe durmiente (1957); El marido, la mujer y la muerte (1959); La embustera (1961) y, sobre todo, Muerte da un paso atrás (1962), un impresionante monólogo con el que Mary triunfó arrolladoramente, grabándolo posteriormente para TVE. A su iniciativa se debió, por ejemplo, la apertura del Teatro Torre de Madrid, llamado más tarde Valle Inclán.

También colaboró en la fundación del Teatro Príncipe Gran Vía.

La actriz comienza a recibir premios por su trabajo, como el Nacional de Teatro, que se le otorgaría en dos ocasiones, y la medalla del Círculo de Bellas Artes. Gracias a Tamayo, que le dio el papel protagonista en La alondra (1953), se colocó en los primeros puestos del escalafón teatral.

Si tuviéramos que buscar un punto de inflexión en la carrera artística de Mary, sería el estreno en el Teatro Goya, la noche del 15 de febrero de 1966, del drama ¿Quién teme a Virginia Woolf?. Fue una de esas veladas apoteósicas. El público se acercaba a la corbata del escenario porque quería tocarla, estrecharle la mano. Su interpretación, y la de Enrique Diosdado, fueron memorables. Edward Albee, el autor de la obra, visitó Madrid y se quedó entusiasmado con Mary, proponiéndole que se presentara en Estados Unidos.

Para entonces ya había protagonizado, en la gran pantalla, un título legendario: El pisito (1958).

Segundo acto

Mary Carrillo es una primera actriz de la escena española. A su lado, nunca en la sombra, Diego maneja los pasos artísticos. Se suceden los grandes papeles en comedia o drama, géneros que maneja con igual maestría y eficacia. Mary, además de hacer que pareciera fácil cualquier personaje, tenía un extraordinario sentido del humor y una eficacia implacable para colocar “morcillas”. Contaré una que vi personalmente el año 1971.

La actriz estaba de gira con La mamma y llegó al Teatro Gaztambide de Tudela. Por detrás de la caja escénica estaban las vías del tren. Entonces eran auténticamente ruidosos y cada vez que circulaba uno, temblaba el teatro. La mamma transcurre en Italia. En un momento de la acción Mary hablaba por teléfono con su hijo. Pasó un tren y el decorado tembló de arriba abajo. La actriz, lejos de inmutarse, improvisó: “¡Hijo, espera, que ha entrado el Etna en erupción!”. La ovación fue estruendosa. Pero es que, cuando pasó el tren y todo se calmó, volvió a la carga: “¡Falsa alarma! Sólo eran bombas de la Mafia”. El teatro se vino abajo.

Los actores, por mucho éxito que tengan, deben reinventarse constantemente. Mary, triunfadora en televisión y en teatro, se convirtió en un personaje fascinante, capaz de aterrizar en Estambul, cuando su hija quería casarse con un turco, y bajar la escalerilla del avión ataviada como un personaje de Las mil y una noches. Antonio Gala ofreció a la actriz el primero de sus grandes éxitos en la etapa final de su carrera: Los buenos días perdidos (1972). Cosecharon tal éxito que el ­autor le escribió seguidamente ¿Por qué corres, Ulises? (1975) y, finalmente, La vieja señorita del Paraíso (1980). Su personaje, Adelaida, presenta una hermosa y utópica locura. En un momento de la función Mary-Adelaida, tarareaba Un bel di veldremo (Un hermoso día veremos…) de Madame Butterfly. Se hacía un silencio sepulcral en la sala. Sólo ella era capaz de suspender el tiempo de esa forma. Verla fuera de escena era una delicia, asistir a otra representación para un público limitado. También recuerdo que la noche en que repuso La casa de los siete balcones, en el Centro Cultural de la Villa, la actriz ofreció, saludando simplemente, una función extra soberbia en plan gran diva.

Telón

A principio de los 90 Mary comenzó a padecer sordera, gravísimo problema para un actor. Aún siguió en activo siete años más.

Diego Hurtado murió el 18 de septiembre de 2008. Su esposa el 31 de julio del año siguiente. Los dos llevaban tiempo, demasiado tiempo, alejados de los escenarios. Primero hizo mutis Diego, después el tormento cruel de perder la memoria retiró a Mary tras una gira con la función Hora de visita, que le escribió a medida José Luis Alonso de Santos. Se estrenó el año 1995. Después abandonó la escena y, poco después, el cine. Entre mis tesoros conservo una foto junto a ella, que nos tomaron antes del estreno de su última función. Aún tuvo fuerzas la actriz para hacer un breve papel en la película Más allá del jardín, por la que consiguió el Premio Goya. Después fue difuminándose de la vida pública hasta hacerse invisible, amorosamente custodiada por sus hijas. Si cada ser humano es irrepetible, Mary no sólo fue eso: también era única y genial.

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