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Eva Higueras

“Siempre me he preguntado si los Lunt se aman tanto porque actúan tan bien juntos o si actúan tan bien juntos porque se aman tanto”
Noël Coward

Lunt y Fontanne actuaron por primera
vez juntos en la comedia romántica
El Guardia, en 1924

Júpiter y Alcmena en Anfitrión 38

Considerados la pareja de actores más grande del teatro norteamericano, los Lunt reinaron en la escena durante la edad de oro de Broadway, en los años que mediaron de 1920 a 1950. Estaban dedicados en cuerpo y alma a la actuación… Su vida giraba en torno a esas tres horas durante las cuales encarnaban la irrealidad de los fantasmas de la escena. Aunque para ellos esa irrealidad constituía la realidad.

Lynn

Lynn Fontanne nació en 1887 en Essex, a unos dieciséis kilómetros al noreste de Londres. Ya de niña se aprendía de memoria los monólogos de Shakespeare. Frecuentemente su padre la requería para que los recitase ante los amigos, pues ya entonces poseía una voz magnífica que vibraba como una campana en una habitación colmada de gente. Un amigo de su madre conocía a la gran actriz Ellen Terry y consiguió una entrevista para Lynn. Una mañana de septiembre de 1905 la joven llamó a su puerta. Por entonces Ellen ya era vieja y se divertía orientando a las jóvenes que deseaban actuar en el teatro. “Haz algo”, le pidió a Lynn mientras desayunaba desde su cama. Ella comenzó a declamar el monólogo de Porcia de El mercader de Venecia, papel en el que la veterana actriz se había hecho famosa. La anciana se rió de su audacia pero la escuchó. Y quedó impresionada.

Comenzó a darle lecciones y consiguió papeles para ella. Lynn debutó como corista en diciembre de ese mismo año en una pantomima navideña. Después hubo de arreglárselas sola. Aunque la joven era incapaz de hablar sin timidez a los agentes teatrales y empresarios, consiguió ser contratada en papeles ínfimos de obras triviales que hoy han caído en el olvido. También posó como modelo para ilustraciones de libros y revistas. Poco después interpretó su primer papel “importante”: representaba a una solterona que en el primer acto tiene veintiún años, cuarenta y nueve en el segundo y que en el último es una anciana. Su actuación causó gran impresión y comenzó a hablarse de ella con interés. Aunque no se la tenía por hermosa pues era demasiado delgada para una época en que gustaban las mujeres llenas.

Durante ese período de intensa vida social de Londres conoció a Laurette Taylor, la famosa actriz norteamericana. Ésta ofreció a la joven viajar con ella a Estados Unidos y formar parte de su compañía. Volvía así a repetirse la relación entre maestra y protegida que la había unido a Ellen Terry, pero mientras que la actriz inglesa fue con ella dulce y considerada, Taylor sería a menudo egoísta, tiránica y cruel. Durante la década que duró la extraña amistad, Lynn se convirtió en su compañera constante y confidente de sus problemas.

Entre 1916 y 1921 la joven Fontanne sufrió una metamorfosis. En el mundillo de Broadway la tenían por una muchacha flaca, desmañada y de pies grandes… Comenzó a ensayar posturas ante un gran espejo, inventó ejercicios para hacer que su cuello fuera grácil y llegó a adquirir una sinuosidad felina en los movimientos de todo su cuerpo. También le ayudó que por entonces el ideal femenino sufrió un cambio radical, y la mujer delgada se puso de moda.

Aquellos años actuó junto a su mentora en numerosas obras, recorriendo una gama notable de personajes. El veredicto del público era siempre unánimemente favorable: “En el firmamento había una nueva estrella”

En mayo de 1917 Lynn asistió al teatro Hudson, donde ensayaban un grupo de actores de la compañía de repertorio de George C. Tyler. La actriz estaba entre bastidores hablando con uno de los actores, cuando oyó una hermosa voz –de volumen y resonancia extraordinarios– que provenía de la escena. Miró hacia allá y vio a un joven alto de cara ancha.

– ¿Quién es ese? –le preguntó a su acompañante.
– Ese no es un actor común y llegará lejos.
– ¿Cómo se llama?
– Alfred Lunt.

Alfred

Alfred David Lunt nació en Milwaukee el 19 de agosto de 1892. Su madre comenzó a llevarle al teatro en cuanto éste pudo andar. Con tres años vio el primer espectáculo y a los seis empezó a formar un álbum de sus actores y actrices favoritos. Las fotografías de Ellen Terry eran las más numerosas. Ya en 1910 tenía su propia compañía –muy modesta, por supuesto– la “Compañía de Repertorio Lunt”… Alfred era el escenógrafo, el director, el empresario y, naturalmente, la estrella. El “teatro” estaba situado en un desván. Al año siguiente entró en la Universidad; allí, su profesora de interpretación continuó infundiéndole amor por el teatro y le daba siempre los papeles protagonistas en las obras que montaban.

En su tercer año de universidad marchó a Boston para estudiar oratoria y allí entró en una de las mejores compañías de Estados Unidos. El director le dio papeles de actor de carácter y le hizo desempeñar con frecuencia personajes de más edad.

Por aquellos días, el joven actor reflexionaba en el abismo insalvable que mediaba entre su visión idealista del teatro como exaltación poética del alma humana, y la realidad cotidiana de los melodramas vulgares que representaba. Se convirtió en un perfeccionista casi maniaco de los ensayos. En 1915 comenzó a trabajar como galán en Chicago, con otra compañía; por fin sintió que podía interpretar papeles importantes… El director estaba fascinado por su “sentido innato” de comicidad.

Y en octubre de 1917, con veintiocho años, debutó finalmente en Broadway…

Lunt huía de los gestos exagerados y de los efectos vocales de la época. Interpretaba en un plano realista y natural. Su método era una búsqueda de la realidad humana. La simplificación, el modo de hablar sencillo, fijaron un estilo que influyó en muchas de las ideas de Lee Strasberg. Alfred tomó una dirección nueva, en busca de la verdad psicológica de una obra y desdeñando seducir al público mediante trucos de oficio.

Dos años después fue cuando Lynn quiso que se lo presentaran… Él, que se hallaba al fondo de las bambalinas, avanzó unos pasos para tomar su mano. Tropezó y cayó de bruces ante ella. Realmente puede decirse que “cayó a sus pies”.

Lunt y Fontanne: una combinación para la Historia

En mayo de 1922 se casaron de improviso, con dos desconocidos como testigos, que incluso hubieron de prestarles los dos dólares que costaba la ceremonia civil.

A partir de entonces sus destinos quedarían unidos para siempre en una desbordante pasión por el escenario y una desesperada búsqueda de la perfección. Ningún momento escénico
debía estar por debajo de un ideal imposible: ser más real que la propia realidad.

Un amigo de la pareja trató de explicar su “misterio”: “Tienen una personalidad extraña y maravillosa, muy difícil de comprender si uno no se percata de que no son dos, sino uno. Cada uno es el complemento del otro (…). El genio de Alfred ilumina a Lynn; el intelecto de ella y su criterio equilibrado mantienen a Alfred dentro de los límites y le devuelven a la tierra cuando se remonta hacia las nubes”. Eran dos enamorados en su manera extraña y romántica. Compartían muchos intereses y pasiones, pero todos los caminos llevaban al mismo fin: el teatro.

Durante algunos años –en los que ya eran considerados estrellas de Broadway– actuaron por separado, pues pocos empresarios creían que pudieran llegar a formar una buena pareja en las tablas (a pesar de haber actuado ya juntos), hasta que llegó la obra de Ferenc Molnár titulada El Guardia. En abril de 1924 el Theatre Guild –teatro “de arte” joven y animoso– pensó llevarla a escena e hizo proposiciones a infinidad de actores, hasta que el libreto llegó a manos de la pareja y ésta se entusiasmó con el proyecto. Iban a trabajar juntos por “amor al arte”, pues cobrarían muchísimo menos que en anteriores producciones.

La obra se estrenó en el teatro Garrick el 13 de octubre de ese mismo año: esta sería una fecha importante en la historia del Guild, en la vida de los Lunt y en el futuro del teatro norteamericano. Por separado, habían sido actores originales y brillantes. Juntos fueron la expresión irresistible de la fuerza vital…

El Guild formó con ellos una compañía permanente y en los tres años siguientes el matrimonio apareció en gran variedad de obras modernas y clásicas y en menos tiempo que cualquiera de los principales actores norteamericanos antes o después de esa época.

Como la empresa se oponía al “sistema de estrellas”, sus nombres no se destacarían en las carteleras.

Pronto el Guild decidió separarles: estaban adquiriendo demasiada popularidad como pareja, y en el teatro la popularidad equivalía a poder. Así, la mitad de la compañía interpretaría la obra de Werfel Juárez y Maximiliano, con Alfred en el papel de emperador; y la otra mitad Pigmalión, de Bernard Shaw, con Lynn en el papel de Liza.

Durante el período 1926-1929, Lynn y Alfred trabajaron sin cesar. En la temporada 1927-1928 actuaron por separado en dos obras de Eugene O’Neill y al año siguiente volvieron a unirse para protagonizar Caprice, con la que debutaron al fin en Londres como pareja.

A pesar del enorme éxito que cosecharon en la capital inglesa, surgieron algunos murmullos de oposición: por entonces era un axioma que el actor tenía que mirar de frente o de tres cuartos al público mientras hablaba, pero a ellos esto les parecía absurdo e interpretaron muchas escenas de perfil e incluso de espaldas y se hablaban directamente. También les disgustaba a los puristas su técnica de hablar casi simultáneamente: habían conseguido hablar a un tiempo y ser oídos perfectamente. Sus parlamentos encajaban como los dientes de un engranaje. A finales del 29 lanzaron al Guild un ultimátum: no renovarían el contrato si no se estipulaba que no volverían a actuar por separado.

Interpretaron La reina Isabel de Maxwell Anderson. Durante estas representaciones la Metro-Goldwyn-Mayer les contrató para llevar al cine parlante uno de sus mayores éxitos teatrales: El Guardia. El film tuvo una crítica magnífica y buena acogida en las grandes ciudades, pero no dio dinero a la MGM. Después la pareja rechazó numerosas ofertas para hacer versiones fílmicas de algunas obras pues no querían ser marionetas en manos de un estudio: habían trabajado demasiado para lograr su independencia (En el teatro tuvieron siempre el control casi absoluto en el montaje).

Abandonaron el Guild, pero solo momentáneamente. Tras estrenar un par de obras de su buen amigo Noël Coward, volvieron nuevamente al redil para compartir escenario en La fierecilla domada, de Shakespeare.

Anecdotario


– En mayo de 1958 se inauguró en Nueva York el Teatro Lunt-Fontanne en homenaje a los dos actores.

– En 1970 recibieron el Premio Especial Tony por una vida dedicada a la escena.

– No tuvieron hijos.

– Durante su vida, corrió el rumor de que el matrimonio era una tapadera para camuflar la homosexualidad de ambos, pero nada parece apoyar esta hipótesis.

– Alfred nunca gozó de buena salud, pues de niño había perdido un riñón y parte de la pared muscular que sostiene el abdomen: durante los períodos de gran cansancio físico soportaba profundos dolores. Pero siempre estuvo dispuesto a poner en peligro su propia salud, antes que no cumplir un compromiso ante el público.

– Allí donde iban, en cualquier cosa que hacían, seguían trabajando en cierto modo, ya que se dedicaban a estudiar a la gente que les rodeaba, y al componer sus personajes echaban mano de todo el material auténtico que recordaban.

En el mes de febrero de 1940, tras dos años de gira, regresaron a Broadway para una reposición de La fierecilla… Estaban agotados, pues durante los últimos cinco años habían creado cuatro obras nuevas, todas ellas difíciles e intricadas; obras de Sherwood, de Giradoux, de Chéjov, de Shakespeare. Viajaron sin parar a lo largo del país, dando mil y una representaciones, llevando el teatro vivo a ciudades que no habían vuelto a ver una obra de Broadway desde que las giras teatrales se acabaron en 1930. Actuaron en gimnasios de escuelas y en auditorios de universidades, en iglesias y sinagogas, en salas de cine en ruinas, en secaderos de tabaco y en almacenes de mercancías… Lynn hizo dos caracterizaciones que cuentan entre las mejores realizadas por una actriz: su “Madame Arkadina” de La Gaviota y “Alcmena” en Anfitrión 38.

Aunque por entonces la pareja estaba en el otoño de su vida, conservaban su juventud, especialmente en las tablas. Entre actores no abundan los matrimonios felices y duraderos, pero indudablemente la felicidad conyugal de los Lunt dio profundidad a su actuación y ésta, a su vez, hizo que su vida privada fuera más fascinante y compleja.

Estalló la guerra y la pareja siguió actuando bajo las bombas. “Cuando una función se desarrolla bien el actor no piensa en la muerte –contaba Lynn– sólo piensa en la función y en el público”. Estrenaron una obra de Terence Rattigan que fue el mayor éxito de su carrera y la que más tiempo representaron. Después de la guerra surgieron autores nuevos; Tennessee Williams, Arthur Miller… y una escuela de actores que actuaban con intuición espontánea y nerviosa agitación. Parecían psicoanalistas aficionados que perdían el tiempo en los ensayos discutiendo con el director, haciendo preguntas filosóficas sobre las “motivaciones” o contemplándose el ombligo… El nombre de Stanislavsky empezó a adquirir la fuerza de un talismán. Todo parecía muy lejos del teatro de profesionales disciplinados en el que los Lunt hicieron sus armas. ¿Podrían ellos participar en ese nuevo mundo? De pronto parecía como si toda su labor cayera en el olvido… Habiendo empezado con escasos conocimientos técnicos, Lynn maduró hasta ser una de las mejores actrices del mundo, y Alfred se formó a sí mismo hasta llegar a ser el principal actor de su época. Ellos nunca traicionaron al teatro, mientras que la nueva generación, que tanto ruido hacía hablando de la gente que moría de hambre y de que el teatro debía ser el vehículo de la mejora social, se olvidaba de su dignidad profesional y no desdeñaba convertirse en estrellas de cine cuando les tentaba el dinero, la fama y la publicidad. Lunt y Fontanne siguieron siendo fieles al teatro tanto en los tiempos buenos como en los malos, en cualquier temporada y cualquier estado de salud. La teoría de Alfred era que “el espectáculo tiene que seguir, pase lo que pase”.

En la primavera de 1957 creían que había llegado el momento de colgar la armadura, pero entonces aparecieron Peter Brook y Dürrenmatt con su maravillosa obra La visita de la vieja dama: no pudieron resistirse. “Alfred, como Gielgud, es un improvisador brillante –recuerda Brook– capta su papel mediante su intuición, probando y descartando ideas. Lynn, como Olivier, trabaja cerebralmente, con meticulosidad y lentitud, como si fuese juntando las piezas de un rompecabezas. ¡Cómo se complementan uno a otro!”

Siguieron actuando esporádicamente y a principios de la década de los setenta, se retiraron de la escena.

Alfred murió en 1977 y Lynn en 1983. Están enterrados juntos en el Forest Home Cemetery de Milwaukee. La inscripción sobre sus tumbas dice que “fueron considerados los más grandes actores en la historia del teatro de habla inglesa y durante cincuenta y cinco años, matrimonio inseparable dentro y fuera del escenario”.

Puede afirmarse que ningún actor del mundo ha vivido de modo tan intenso esta loca pasión por el efímero arte de la escena, del que, desgraciadamente, no encontramos nada al despertar…

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