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Eva Higueras

Entre Isidoro Máiquez y Julián Romea existió un poderoso eslabón, de físico formidable e inconmensurable talento, que fue el paradigma del romanticismo español.

Fue además Latorre el primer actor que recibió –junto a José García Luna– el título de don: en 1833, el director del Real Conservatorio –del que ambos eran profesores– escribió una carta a la Comisión de teatros pidiendo este tratamiento para los dos famosos cómicos, y desde entonces la profesión entera pudo gozar de ese privilegio.

Carlos nació en Toro (Zamora) en 1799. Su padre era intendente de rentas de aquella población, pero las divergencias políticas obligaron a la familia a emigrar a Francia, donde hubo de terminar sus estudios. Allí se aficionó a la esgrima, a la equitación y a las bellas artes y frecuentaba a menudo el teatro francés; todo esto contribuyó a desarrollar en él cultas y elegantes maneras, y a dotarle de una vastísima ilustración, enriquecida siempre por su estudio continuo de la historia y de la literatura.

Comenzó a sentir deseos de dedicarse a la escena, y al regresar a España consigue que el famoso empresario teatral Juan Grimaldi se fije en él y le haga debutar como capitán Buridán en la obra Margarita de Borgoña. Pero su verdadera presentación oficial en el Teatro del Príncipe fue con Otelo, en 1823. Su creación –aunque magnífica– generó gran controversia, pues después de Máiquez, –de quien era heredero– el moro de Shakespeare se consideraba un papel “inabordable”. Latorre era menos intuitivo pero más observador que su maestro, y supo llevar a escena personajes completamente definidos.

A Otelo le siguieron otras tragedias, como Edipo, de Martínez de la Rosa; el Pelayo, de Quintana; Ifigenia; El Cid; Hamlet… Su voz vibrante y sonora, su porte majestuoso y la noble actitud de su cuerpo musculado y atlético, le hacían perfecto para la interpretación de tragedias, en las que el actor evitaba el énfasis con el objeto de humanizar su interpretación. Hay una famosa anécdota referente a las representaciones de Edipo: cuando le decían a Latorre que él era quien había matado a su padre, y estaba casado con su madre, se operaba tal dilatación en su musculatura, que saltaban hechas pedazos las cintas de sus sandalias, ceñidas a sus piernas, y el cendal ajustado a su frente. ¿Habría algún artificio en ello? ¿Eran el cendal y las correas exageradamente finas, o estaban de antemano rotos, o se producía el efecto de alguna otra manera cuando llegaba la ocasión? Es y será siempre un misterio.

Secundado por Concepción Rodríguez y por las célebres Joaquina y Antera Baus, recorre los principales teatros de la Península, consiguiendo en Barcelona un triunfo definitivo. Tras la provechosa gira vuelve a Madrid y estrena, a finales de 1831, Marcela o cuál de los tres, gran comedia de Bretón de los Herreros, donde demuestra al público –interpretando al militar parlanchín y atolondrado don Martín– que es capaz también de hacer este género con éxito.

Nexo y puente

En 1832 es nombrado profesor de las asignaturas de comedia y drama en el Real Conservatorio, donde tuvo por alumno a Julián Romea.

Carlos puede ser considerado el nexo entre el neoclasicismo francés y el teatro romántico. Fue el gran intérprete de este último, estrenando La conjuración de Venecia (1834), de Martínez de la Rosa; Don Álvaro (1835), del duque de Rivas; El Trovador (1836), de Antonio García Gutiérrez , y Los amantes de Teruel (1837), de Hartzenbusch, tras la cual marchó a París –de donde regresaría lleno de gloria– a representar en francés Don Sebastián de Portugal y Hamlet (1838).

Se vio obligado a abandonar la escena tres años, debido a graves disensiones familiares, pero ese tiempo continuó estudiando.

En 1841 reaparece en el Teatro de la Cruz con La carcajada. Allí compartía escenario, entre otros actores, con el galán Pedro Mate, las hermanas Baus y las hermanas Lamadrid. Encarnó de forma portentosa a Pedro el Cruel en la segunda parte de El zapatero y el rey (enero de 1842), de José Zorrilla. Como éste estaba comprometido a escribir sólo para el Teatro de la Cruz –que rivalizaba entonces con el Príncipe– le estrenó Latorre numerosas obras durante los cuatro años siguientes: Sancho García, Excomulgado, Mejor razón la espada, Rey loco, Alcalde Ronquillo, El puñal del godo… El autor, bastante más joven que el actor, le tenía a éste gran cariño. “Carlos Latorre –recuerda el dramaturgo en sus Recuerdos del tiempo viejo– de estatura y fuerzas colosales, me sentaba a veces en sus rodillas como a sus propios hijos, y me preguntaba cómo había yo imaginado tal o cual escena que para él acababa yo de escribir (…)”. El gran estreno del dúo Zorrilla-Latorre fue Don Juan Tenorio: el intérprete encarnó por primera vez a “Don Juan” el 28 de marzo de 1844. A pesar de que la obra pasó sin pena ni gloria, ha tenido y sigue teniendo enorme repercusión en el mundo teatral, y desde entonces centenares de actores han engañado a la novicia.

En 1847 fue a inaugurar el Gran Teatro del Liceo de Barcelona; y en las siguientes temporadas se sucedieron, más que en Madrid, sus éxitos por la Península.

El ocaso de su estrella transcurrirá paralelo al ocaso del teatro romántico, cuando comienzan a abrirse paso las comedias de costumbres.

El 11 de octubre de 1851 murió en Madrid a los cincuenta y dos años, y su entierro fue de una gran modestia. Tiempo después, siendo directores, respectivamente, de los coliseos de Variedades, Circo y Príncipe, los primeros actores don Julián Romea, don Joaquín Arjona y don Manuel Catalina, organizaron de común acuerdo un beneficio a su memoria con el propósito de comprar un nicho en el cementerio de San Nicolás. Autorizada la exhumación del cadáver, fue trasladado a su tumba definitiva ante un Madrid entero agolpándose a su paso.

El escritor y periodista Julio Nombela, que acudió a sus clases de declamación en el Conservatorio, evocaba así la figura del gran actor: “Le recuerdo como un hombre corpulento, alto, esbelto (…). La expresión natural de su rostro acusaba una mezcla de energía y bondad. Si no recuerdo mal, sus ojos eran azules, o por lo menos de una gran dulzura. Su voz, que en el teatro era insinuante, persuasiva, flexible al mismo tiempo que varonil, en la conversación habitual era tranquila, suave, cariñosa (…)”.

Latorre dejó escrito un Manual de declamación en el que explicaba cómo concebía él el arte de la interpretación: pensaba que había de buscarse una naturalidad en la dicción, ademanes y gestos. “Pero no la naturalidad del actor N, sino la del personaje que representa. El actor –decía– debe ceñirse siempre al papel y nunca el papel al actor”. Opinaba que la naturaleza da al intérprete sus dotes principales, pero que éste debe recurrir al estudio, la práctica y la reflexión para perfeccionar dichas dotes.

Sin conocer la figura de este hombre de talento y físico inconmensurables, no podría entenderse la revolución escénica que Máiquez apuntó y que consagró a Romea. Latorre hizo de puente, y la memoria histórica parece haberle relegado a un injusto olvido. Desde aquí, y ciento sesenta años después de su muerte, quisiera que se elevara al cielo escénico de nuestro Madrid y del mundo entero, su portentosa voz y su vibrante gesto.

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