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Eva Higueras

 

Eduardo se levantó y me increpó:
–No, no, no… –¡Qué carácter, Dios mío!– ¡Así no se hace comedia, muchacho!
–¡Pero estamos en Italia, maestro! –Me fulminó con la mirada. Su figura delgada se acercó lentamente… –Sin gritos, muchacho, sin gritos… –Hablaba con esa mezcla de tristeza y sabiduría distante. –Sin adornos, sin énfasis. Quiero escuchar ese texto, y que me resulte hermoso por su precisión, por… por su equilibrio. Hay actores que entran en escena como diciendo: “¡Aquí estoy!”. Y el público dice: “¿Y a mí qué me importa!”. Pero sin decirlo. Y es peor; porque si lo dijesen ¡cuántos actores se pondrían en su sitio a hora de actuar! ¿Entiendes?
Asentí. Y volví a intentarlo. ¡Cómo adoraba a aquel hombre inmenso de talento! Su ley suprema era la medida de lo humano.

Este hombre polifacético (actor, autor, poeta, director) –hombre, ante todo y sobre todo, de teatro– nació en la miseria napolitana al principio del siglo XX, y había pasado de la nada a las cumbres de la popularidad.

El teatro en la sangre

Fue hijo del actor y dramaturgo Eduardo Scarpetta y de Luisa de Filippo, sastra de su compañía y sobrina suya. Mamó teatro desde niño y pasó, en la compañía de su padre, por todas las etapas del meritoriaje. “Tenía siete años –contaba– y pasaba días y noches enteros en el teatro (…). Desde los bastidores, o desde un rincón del patio de butacas, o con la cabeza entre los barrotes de la barandilla del gallinero veía cada obra no sé cuántas veces. Recuerdo que al final, los actores que más admiraba y que más me entusiasmaban, como mi padre, suscitaban en mí pensamientos críticos. ‘Cuando yo sea actor no hablaré tan deprisa’ o bien ‘Antes de ese grito habría que hacer una pausa larga’ (…)”.

A los cuatro años debutó como figurante infantil en La geisha, y a los catorce era actor de repertorio en la compañía de los Scarpetta… Ya desde entonces demostraba una grandísima facilidad para la improvisación.
“Sobra hablar de las dificultades, de las privaciones, del hambre: quien, por libre, quiera perseguir un ideal, siempre se topa con períodos difíciles, pero si ese ideal lo tienes y sabes que lo puedes servir con dignidad, soportas cualquier cosa. Durante años y años hice de todo. Figurante incluso en el cine, tramoyista, director de escena, caracterizador. Poco a poco me forjé un nombre como actor, escritor y director”.

Formó parte de compañías de revistas, de variedades, de teatro en verso… y en 1931 creó, junto a sus hermanos Peppino y Titina, la compañía llamada “Teatro Umoristico I De Filippo”, llevando aires nuevos al teatro popular napolitano.

Su primera serie de comedias tenía ya lo que un crítico llamaba “desgarradora comicidad” y otro definía como “obras maestras poéticas por su carga de humanidad”: Navidad en Casa Cupiello, Aquesti fantasma, Filomena Marturano, etc. En esa época inició también una intensa actividad cinematográfica, aunque sus mejores papeles los obtuvo más tarde, en la década de los 50 y los 60, a las órdenes de Vittorio de Sica, Comencini… y dirigido también por sí mismo.

Junto a sus hermanos, se le abren las puertas de toda Italia, y comienzan a viajar con un repertorio de comedias, no sólo suyas, sino también de Pirandello, Ugo Betti, Scarpetta (su padre)… interpretadas normalmente en dialecto napolitano.

A partir del año 1936 sufrió varias denuncias por su actitud antifascista. Aunque nunca tuvo un carné político, estaba situado sin duda en los escaños de la izquierda; fue siempre inflexible con cuanto significase injusticia, conformismo o hipocresía.

Al inicio de los años 40 atravesó una serie de conflictos personales, uno de ellos le llevó a romper –por discrepancias artísticas– con su hermano Peppino, que se fue de la compañía. Al acabar la guerra regresó a Nápoles, pues se había visto obligado a esconderse por el peligro de ser deportado al Norte. Y entonces ya pudo escribir sin necesidad de disfrazar las verdades sociales. Ya podía hablar claro, y fusionar la risa y el llanto, lo grotesco y lo sublime, la farsa y la tragedia.

Fundó una nueva compañía: “Il Teatro di Eduardo”, y siguió representando y enriqueciendo su repertorio. En el 46 “regaló” a su hermana la interpretación con la que la actriz consiguió su mayor éxito: el papel de Filomena Marturano.
–Acérquese. –Yo avancé muy despacio.– ¿Por qué atropella sus frases? –Me dijo– ¿Tiene miedo al silencio?
Me quedé clavado. Miedo al silencio… Sí. Seguramente. Yo sabía que el secreto de aquel anciano que ahora trataba de enseñarme este difícil arte, era ése, precisamente ése: el silencio. Sobre el escenario, él siempre se tomaba un tiempo antes de responder y en su rostro enjuto podías leer la pregunta o la respuesta. Nunca dejaba que el ritmo muriese. Sus silencios… Pero no me dejó acabar el pensamiento.
–Sus silencios, muchacho, han de ser intervenciones. Llénelos. Llene los silencios.

En 1947 Eduardo gastó todo lo que tenía comprando un solar en ruinas: el del Teatro San Ferdinando de Nápoles. Renunció al teatro durante unos años para dedicarse al cine y poder así reconstruir la sala, que logró inaugurar en el 54. Y también nueva compañía: la “Scarpettiana”(representarían las obras de su padre adaptadas por él mismo), con el fin de hacer renacer la tradición del teatro napolitano. Cerró por falta de fondos en el 62, y aunque logró abrirlo de nuevo dos años después, acabó cediendo su gestión a otras manos.

Cine y televisión

El cine y la TV acabaron siendo aliados de su teatro: en la década de los 60 su producción teatral se grabó de forma masiva para la RAI. Él mismo dirigió todos los capítulos y tuvo libertad para elegir actores y escenografías. También adaptó su teatro al cine y a la radio; incluso algunas de sus obras nacen para ser radiodifundidas y luego se estrenan como espectáculos teatrales.

A principios de los 70, recibe el Premio Internazionale Antonio Feltrinelli di Teatro (el Nobel italiano) por su vida dedicada al teatro. En esta década le tributan además numerosos homenajes, y es nombrado doctor Honoris Causa por varias universidades italianas y extranjeras…

En 1980 realizó uno de sus proyectos de juventud: abrir una escuela de dramaturgia vinculada al taller de interpretación de Vittorio Gassman: La Bottega Teatrale.

En el último decenio de su vida, Eduardo trabajó incansablemente, pese al cansancio y a las enfermedades: instruye a su hijo Luca en la línea de su propia escuela y le entrega el bagaje de una abundante experiencia.

Desempeña también una labor de catedrático de Dramaturgia en la Universidad de Roma. Fue nombrado senador por el presidente de la República italiana y se ocupó de la rehabilitación, por medio del trabajo, de los jóvenes presos en la cárcel de menores napolitana.

Continuó dando clases y escribiendo, casi hasta su muerte, el 31 de octubre de 1984.

De Filippo no murió sobre las tablas como Moliére (el “clásico” a quien, junto con Shakespeare, más admiraba), pero sobre las tablas pudimos verle aún, de pie, octogenario, actuando y enseñando…

–Maestro… ¿Por qué nunca quiso escribir sobre el arte de la interpretación?
Sonrió: –Porque el arte evoluciona continuamente, igual que la vida.
Yo no quería que terminase aquella clase magistral, pero el aula estaba ya en penumbra. El anciano se inclinó un poco sobre la mesa y empezó a recoger sus papeles… Yo le miraba como hipnotizado. De pronto se detuvo, y como adivinando ya su final inminente, me dijo: “Hay quien dice de mí que soy hosco, pero este carácter mío es el único que me ha permitido hacer todo lo que he hecho. He sido de hielo, es cierto, de hielo durante los ensayos de mis obras y de hielo en los estrenos, pero créame, el corazón siempre me latía con fuerza y la emoción siempre me provocaba un nudo en la garganta. He sacrificado por el teatro –aquí le tembló la voz– toda mi vida. Lo he amado tanto, que mi corazón seguirá latiendo después que se haya parado.
–Seguro. –Casi no le veía: una cortina de agua me nublaba la vista. Él salió lentamente y en el último instante se giró un segundo y me sonrió: –Tiene talento, muchacho… Pero cálmese, ¡odio el sentimentalismo!

 

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