Isidoro Máiquez: “Yo busco lo que siento”

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Eva Higueras

— Procure permanecer en la más absoluta inmovilidad— le pidió Goya al insigne actor.
— ¿Aún a costa de que vuelvan a llamarme ‘frío’?, ¿‘galán de invierno’?, ¿‘agua de nieve’?, ¿‘voz de cántaro’?
— ¿Es que no les va a perdonar nunca? Usted no es frío y lo sabe. Además, yo no le juzgo como espectador, sólo intento retratarle.

Isidoro Máiquez, primer actor trágico de España, nació en la ciudad de Cartagena el 17 de marzo de 1768. Su familia había pertenecido a la clase media de la sociedad, pero los acontecimientos de las famosas guerras de sucesión les habían obligado a ocuparse en diferentes artes, particularmente en el de la seda.

Su padre abandonó el oficio y se introdujo en el mundo de la farándula, donde desempeñó aceptablemente los llamados papeles de galán y barba. Isidoro le siguió por los teatros en que trabajó y fue adquiriendo esa fuerte afición por el oficio. Como casi todos los hijos de actores ambulantes, tuvo una descuidada educación. Su única instrucción consistía en la lectura de cuantas comedias llegaban a sus manos.

Comenzó ocupando al lado de su padre la parte de segundo y tercer galán en los teatros de Cartagena, Málaga, Valencia (aquí conoció a Antonia del Prado con la que se casó), Granada y otras capitales de la península. Estas tentativas iniciales no tuvieron mucho éxito, pues en su primera juventud no brillaba por sus cualidades artísticas sino por la belleza de su figura.

La familia se trasladó a Madrid a finales de 1790. El joven Máiquez entró en la compañía de su mujer (de la que era autor Manuel Martínez), que trabajaba en el teatro del Príncipe. (Cuando Máiquez se incorpora a la vida teatral de la Corte, Madrid cuenta con tres coliseos públicos: el de la Cruz, el del Príncipe y el de los Caños del Peral). Entró de noveno galán, cobrando 17 reales. Siguió igual al año siguiente, y en el 93 subió al llamado puesto de sobresaliente, con partido de 20 reales.

Ya por entonces se había formado su particular idea del arte: que es necesario sentir para expresar y conmover; y que la ausencia de sentimiento no la suplen ni ademanes ni gestos prestados, por muy elegantes que sean.

Isidoro renunció al tono declamador y enfático, a aquella acción artificiosa que reinaba por entonces en los escenarios de nuestro país. Él pensaba que el teatro debe ser una imagen exacta de la sociedad y que los personajes han de hablar, moverse y gesticular como los demás hombres. Pero los espectadores, habituados al grito y al exceso, creían que un actor que no gesticulara como un demente y no declamara con énfasis, era frío e insulso. Así se ganó el actor algunos apelativos nada cariñosos.

Isidoro Máiquez
(Cartagena, 1768-
Granada, 1819)


Máiquez sustituyó la representación, siempre arreglada y artificiosa de siglos anteriores, por otra más sencilla, más verdadera, más noble; en una palabra, más cercana a la naturaleza. En los ensayos, observó un rígido y disciplinado sistema de conducta.

Algunas obras que representó

Se dio a conocer en la representación de El pastelero del madrigal, comedia que interpretó siempre con soberana maestría. Además, representó obras como Zoraida, La muerte de Abel, El anzuelo de Felisa, Los melindres de Belisa, El Cid, Macbeth, Otelo, El Alcalde de Zalamea, Orestes, Polinicie, La escuela de los maridos… y un largo etcétera.

Innovaciones en el teatro

Introdujo en el teatro importantes reformas, como:

– La adopción de billetes numerados para la entrada.
– Estableció asientos en el patio; evitando así el bullicio de la gente que se mantenía en pie.
– Prohibió la venta de agua, naranjas y confituras dentro del teatro.
– Puso carteles impresos en vez de manuscritos.
– Desterró la costumbre de que el barba o el gracioso saliese diariamente por delante del telón de embocadura para anunciar al público la función del día siguiente.

Por estas y otras reformas, así como por la precisión, grandeza y decoro con que dotó las representaciones y sus ensayos, fue considerado como verdadero reformador de la escena española.

Su voz, que en un principio no era sonora ni armoniosa, llegó a transmitir los más extremos matices. Su vida artística fue una lucha sin cuartel contra el mal gusto de su tiempo, pero salió victorioso y logró arrancar los más fervientes aplausos.

—¿Le queda mucho, don Francisco? Este gato que tengo en la garganta no me deja respirar.

—Paciencia, Isidoro, también yo necesito tiempo para concluir mi obra. También yo quiero que la admiren y que pase a la posteridad como un fiel reflejo de lo que usted es.
Máiquez soltó una carcajada:

—¡Ingente tarea la suya, entonces!

Pronto comenzó a abrirse un abismo afectivo entre él y su mujer a causa de los temibles celos profesionales (al actor le conocían como “el marido de la Prado”).

A pesar del puesto que detenta, a menudo actúa sólo como sustituto del primer actor, Antonio Robles. Así, al comenzar la primavera de 1794, Isidoro, desengañado, marcha a Granada, ofendiendo este repentino viaje a la Junta de Teatros de Madrid, que le “invita” a regresar y volver a su puesto de sobresaliente.

En la temporada del 96-97, harto de desempeñar el papel de sustituto, “exige” ser primer actor exclusivo, pero los dos teatros de verso de Madrid (el del Príncipe y el de la Cruz) cuentan ya con sus primeras figuras a placer del espectador. Por ello, se decide que el matrimonio ostente el primer puesto, pero en la llamada Compañía de los Sitios Reales (seguían a la Corte en sus traslaciones anuales y eran casi iguales en importancia a las de la Villa). A pesar de seguir trabajando juntos, los esposos no se reconcilian. De los teatros de los Reales Sitios sale Isidoro primer galán de la compañía de Francisco Ramos…

Años de éxito y aprendizaje

El colmo de sus deseos y esperanzas llegó con el año 99, ocupando en Madrid la parte de primer actor. Su lema de “la constancia y el tiempo todo lo vencen” comenzaba a dar sus frutos. El nombre de Máiquez empezó a correr de boca en boca, seguido de tantos elogios como antes vituperios. Esto pudo haberle sumido en la indolencia y la presunción, pero, bien al contrario, supuso un nuevo estímulo para llevar a cabo un sueño proyectado durante muchos años: estudiar al lado del coloso de la escena francesa, Joseph Talma.

La Junta de Teatros le niega autorización y recursos para el viaje, pero Godoy se lo facilita e incluso le otorga una pensión mensual de 400 reales. Siendo esto insuficiente, vende todas sus alhajas y ropas teatrales y saca del fondo que cada teatro tenía destinado para las jubilaciones, la parte que le correspondía, sacrificando así su derecho a la jubilación. Impulsado por el deseo de saber, se aventuró en un país extraño cuyo idioma apenas conocía… Era el mes de octubre de 1799.

Talma en lo trágico y Clauzel en lo cómico fueron sus principales modelos (Isidoro les estudiaba asistiendo a sus representaciones), sin llegar nunca a copiarlos servilmente, como algunos han creído. Observó, meditó y comparó con acierto; distinguiendo lo bueno, útil y verdadero, de lo que solamente era mediano o perjudicial e hizo suyo todo lo que le pareció estaría en consonancia con la escena española y nuestra lengua. Su estudio fue el de un hombre de espíritu analizador, no el de un escolar siguiendo ciegamente la rutina de su maestro.

Hizo un breve viaje a Madrid en 1800, para regresar a Francia de inmediato a continuar con su sistema de observación. Aunque no por mucho tiempo, pues los recursos económicos se le agotaron rápidamente y hubo de regresar a su patria a principios de 1801, reducido a la mayor miseria.

Se puso a la cabeza de una compañía —compuesta en su mayor parte de jóvenes principiantes— que fijó su sede en el teatro de los Caños del Peral. Se estrenó con El celoso confundido y fue muy aplaudido. Había nobleza y dignidad en la escena, cosas a las que el público no se hallaba muy acostumbrado. Pero pronto la envidia de sus enemigos, que afirmaban que Máiquez no sería igual de brillante en la comedia, le llevó (siguiendo a su amor propio) a interpretar papeles divertidísimos, de todos los géneros. Poseía una facilidad extraordinaria para plegarse a pasiones y caracteres completamente opuestos entre sí, pues había realizado un amplísimo estudio del corazón humano… Interpretó a Shakespeare, Corneille, Voltaire, Moliére, Lope de Vega, Alfieri… infinidad de contemporáneos, y un larguísimo etcétera.

Continuó cubriéndose de gloria hasta el año 1805, en que algunas intrigas “de bastidores” le decidieron a dejar el teatro de los Caños y la capital. Su ausencia, convertida en destierro por un ofendido Godoy, privó a los teatros madrileños del único atlante que podía sostenerlos… El voto general prevaleció y en 1806 Isidoro obtuvo permiso para regresar a Madrid, con motivo de hallarse su padre gravemente enfermo. En seguida debutó como primer actor del Príncipe, siendo su compañía titular del flamante coliseo.

Con el año 1808 llegó la ocupación de la capital por las tropas francesas. El actor se declaró abiertamente contra la dominación extranjera, motivo que le obligó a huir precipitadamente a Granada, y desde allí a Málaga. Volvió a Madrid al año siguiente, pero su descontento era demasiado evidente y fue delatado al gobierno como enemigo del invasor. Se le desterró a Bayona, pero apenas llegó revocaron el decreto gracias a la intervención de sus amigos, y pudo volver a Madrid a ejercer su profesión.

Los franceses pronto reconocieron su mérito: en mayo de 1809 se hace teatro oficial el del Príncipe. Esta es una de las temporadas más brillantes del actor, en las que repite aquellas tragedias y comedias que tanta notoriedad le han dado. José Bonaparte asignó al Príncipe 20.000 reales mensuales como ayuda de costa.

—El pueblo suele juzgar a los hombres con demasiada ligereza ¿No lo cree usted así? Primero me llamaron patriota y luego adicto al conquistador.

—No se haga mala sangre, Isidoro… Al fin el mundo reconoce su genio.

—No sé, don Francisco… Hoy me hallo triste, como esta luz crepuscular… Veo a Bruto, Ciña, Caín, Orestes, Macbeth, Otelo, García del Castañar… Pero ¿y Máiquez? ¿Dónde está Máiquez?

Goya sonríe: —Pronto le verá usted— su tono reprime el contento—, el retrato casi está acabado.

En torno a 1813 debió nacer su única hija, fruto de sus amores con una cómica mediocre, a la que él trató de ascender: María Maqueda.

Malos augurios

En mayo de ese año, las tropas francesas abandonan Madrid definitivamente; y en la primavera del 14, es detenido y conducido a la cárcel por la repercusión de una obra política que representó: Roma libre. En junio sale y comienza su época acrisolada: de 1814 a 1818. Ese último año, propuso al corregidor de Madrid un nuevo reglamento de teatros, quizá para vengarse de las compañías, de quienes estaba muy resentido o quizá para asegurar de buena fe la paz interior de los teatros. Según su propuesta, el corregidor —que hasta ahora influía únicamente en la formación de las compañías—podría mezclarse en todo, hasta en la censura de comedias y reparto de papeles. Esto fue un notable desacierto del actor y más tarde se volvería en su contra.

A pesar de su extraordinario éxito, Máiquez yacía casi en la miseria y no podía representar algunas funciones por no tener dinero para costear el traje correspondiente (vestía siempre en escena con mucho lujo). Así, en julio del 18 se vio obligado a trabajar por su cuenta y representó en pocos días gran cantidad de obras de su repertorio… Este esfuerzo extraordinario agudizó la extraña enfermedad que le consumía oculta y lentamente, ese ruido sordo e incómodo en el pecho al que llamaba mi gato.

Ese mismo año empezó a derruirse el teatro de los Caños del Peral, aula de su revelación… y parece como si el hecho encerrara un mal augurio.

Continuó trabajando algunos meses por consideración a sus compañeros, con quienes se había reconciliado sinceramente… Poco después se indispuso contra el corregidor Arjona por negarse a representar una comedia nueva, escrita por un amigo del juez protector. Elevado a conocimiento de S.M. y sin más trámites ni formalidades, se decretó la jubilación de Máiquez y su destierro a Ciudad Real. Cerciorándose de que el clima de esta ciudad no convenía a su salud, obtuvo permiso para dedicarse a su profesión en Andalucía.

En noviembre de 1819 llegó a Granada en compañía de su hija. Su estado de salud era deplorable. Entró en un estado de locura transitoria; pensaba, quizá poseído por los fantasmas de la escena, que todos conspiraban contra su vida. Recobró la cordura, y a los pocos días, expiró tranquilo sentado en su lecho. Era el 18 de marzo de 1820. Las compañías cómicas de Madrid hicieron una función en obsequio de su memoria.

Máiquez murió sin rivales ni discípulos. Ni tuvo a los primeros ni quiso a los segundos. “Ensayaba a sus compañeros en los papeles que habían de hacer con él —escribió Fernández de Moratín— pero nunca trató de darles una instrucción metódica del arte, ni les comunicó las máximas que él había adoptado como principios seguros”. El secreto de su arte se lo llevó a la tumba y todavía hoy es un misterio. Al igual que su voz, y su verdad.

Pero su rostro —aun sin vida— lo conocemos…

—¡Aquí está!— Goya volteó el lienzo con un movimiento rápido, presa de entusiasmo, orgulloso de su obra.

La estancia estaba oscura. Casi había anochecido. Máiquez estrechó la mano del pintor y le deslizó unas monedas: —Gracias, maestro. —Una lágrima del actor mojó la pintura, aún fresca…“Sí, soy yo… Realmente soy yo… Goya es un artista. ¿Pero y mi arte? ¡Este maldito, hermoso y efímero arte!”.

Fotos:
Isidoro Máiquez, retratado por
Francisco de Goya
Isidoro Máiquez, en Oscar
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