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Eva Higueras

Julián Romea, en su valiente camino hacia la verdad, siguió las huellas del insigne Carlos Latorre y el inmenso Isidoro Máiquez; pero el mérito de su aventura cobra más fuerza al haber elegido vivir esa realidad escénica —que ya promulgaron sus dos antecesores— en una época en que la truculencia y el desgarro triunfaban en el escenario de la mano del romanticismo.
Tras estudiar minuciosamente los personajes y obras que interpretaba, aparecía en escena no para declamar, sino para decir; algo a lo que obviamente no estaba acostumbrado el público de entonces.


Matilde Díez, actriz y esposa de Julián
Romea.


El actor, en su niñez.

Julián nació el 16 de febrero de 1813 en la ciudad de Murcia. Sus padres se encontraban allí desde hacía poco tiempo (su padre, don Mariano Romea, era el administrador de un marqués y debía hacer frecuentes viajes por los alrededores), pero ambos anhelaban volver a Madrid, aunque allí, como en toda España, la crisis era terrible y las opiniones liberales de don Mariano no se veían con buenos ojos.

Julián era el segundo de seis hijos, de entre los cuales otro, Florencio, también se dedicó a las tablas. En 1816 pudieron finalmente trasladarse a Madrid, ya que su padre consiguió el puesto de administrador de Rentas Públicas en Alcalá de Henares; pero le duró poco tiempo, pues siete años después, con el inicio de la segunda etapa absolutista de Fernando VII, tuvo que refugiarse en Portugal y el resto de la familia regresó a Murcia. Allí comenzó Romea a estudiar Humanidades, mientras devoraba novelas, obras dramáticas, folletines y poemas… Su espíritu infantil se tiñó de seriedad reflexiva, que unida a su precoz inteligencia y gran sensibilidad, le abonó el camino hacia una serena y perenne melancolía.

Su vocación de actor comenzó a despertarse mientras acudía a unas reuniones en la casa llamada de Los Descabezados, en cuyo patio instalaron un teatrillo: allí subió al escenario por primera vez.

En 1827, don Mariano regresó del destierro y ese mismo año volvieron –ahora sí, definitivamente– a Madrid. En la capital, los hermanos Romea acuden a teatros de aficionados. Terminado el bachillerato inicia, a instancias de su familia y sin demasiado entusiasmo, la carrera de leyes. Pero su decisión de ser cómico era ya bastante firme, por lo que se matricula, junto a su hermano Florencio, en el Conservatorio (en 1830, por iniciativa de la reina Mª Cristina, se había creado la Escuela de Música y Arte Declamatorio) donde tendrá como maestro al eminente actor Carlos Latorre, que estaba por entonces en la cúspide de su fama. De él aprendió a evitar el énfasis y el tono grandilocuente que por entonces imperaba, y a dotar de humanidad actualizada a sus personajes.

Un sueño: el Teatro del Príncipe

El joven soñaba con pisar las tablas de los dos importantes coliseos que había entonces en Madrid: el del Príncipe y el de la Cruz; pero sobre todo ansiaba actuar en el primero. La falta de recursos económicos de la familia le decidió a solicitar por escrito su ingreso en la compañía del Príncipe. No era habitual conseguir esto sin terminar los estudios en el Conservatorio, pero la reina le concede el permiso y debuta en ese escenario en abril de 1833 con El testamento, obra de Delavigne, traducida y adaptada por Ventura de la Vega. Tenía veinte años. Este estreno constituyó su primer gran triunfo. Preparó el papel como prepararía siempre todos a lo largo de su carrera: estudiándolo en sus menores detalles. Analizaba a fondo el personaje y las situaciones de la obra. Al igual que Garrik, Talma o Máiquez, no se arriesgaba a improvisar en escena, salvo detalles puntuales del momento. Al público, acostumbrado a la declamación efectista, le chocó al principio este nuevo hacer del actor, este estilo que sería en realidad el punto de partida de la comedia moderna. Llevó a las tablas el sello de la verdad en el decir, –escribió un crítico sobre aquel estreno– hablaba como hablan los seres humanos en la realidad y esto le hizo adueñarse del ánimo de los espectadores”.

Como ese estilo verídico del actor chocaba con el declamar enfático del teatro romántico, producía cierto desequilibrio en el conjunto escénico y muchos de sus compañeros del Príncipe se lo hacían notar, excepto Concepción Rodríguez, primera actriz de la compañía y esposa del empresario del teatro, Juan Grimaldi. Ambos le admiraban profundamente, aunque Grimaldi manifestaba sus reparos afirmando que “Él podrá tener razón desde el punto de vista artístico puro, pero el público español tardará muchos años en entrar por ese camino”.

A El testamento le siguieron muchos otros estrenos; de vodeviles franceses, dramas lacrimógenos y teatro clásico (La dama duende, Don Gil de las calzas verdes… etc.), pero donde Romea brillaba con luz propia era en la comedia realista (como El hombre de mundo, de Ventura de la Vega), género que desgraciadamente despuntó de verdad cuando ya se apagaba su estrella. Y era actor de comedia por dos motivos: uno, su voz, que si bien carecía de la fuerza necesaria para la tragedia, era en cambio propicia al matiz. Y otra, su “frialdad” en la representación: no gustaba de acalorarse ni “empujar” las frases, le bastaba su palabra para decir exactamente lo que quería.

Matilde: una ráfaga de calor y frío

En esa primera década de los treinta, siendo primer actor del Príncipe, conoció Julián a una joven actriz que llegó a ese coliseo precedida de rotundos éxitos en teatros de provincia: Matilde Díez. Comenzaron a compartir escenario y no tardaron en enamorarse. A mediados del 36, Matilde fue contratada para actuar en Barcelona y el actor, triste en Madrid, se dedicó a escribirle apasionados versos… En octubre de aquel mismo año se casaron “por poderes” y cuando, ya matrimonio, subieron a escena juntos de nuevo, el público madrileño les brindó un efusivo homenaje lanzando sobre las tablas palomas, versos, flores y coronas.

Ambos se instalaron en un piso de la Calle del Prado y fueron consiguiendo vivir con cierto lujo. Estudiaban juntos los papeles y se hacían observaciones mutuas: su unión artística potenciaba el valor de ambos. En 1837 Romea asume la dirección del teatro y al año siguiente inician su primera tourneé por Granada, Córdoba y Sevilla. Parece ser que fue en tierras andaluzas donde comenzaron sus primeras divergencias debido al choque de sus caracteres, y su vida conyugal empezó a enfriarse de modo irreversible. Al año siguiente nació su único hijo; pero ni siquiera él pudo ya acercarles pues sólo vivieron juntos siete años más.

A su regreso a Madrid vuelve a tomar la dirección del Príncipe, y en calidad de empresario emprende allí importantes reformas, como la instalación de un nuevo sistema de alumbrado, el arreglo de “camerinos”, pasillos y vestíbulo… y un largo etcétera. En la década de los cuarenta, Julián y Matilde siguieron representando juntos obras de repertorio y dieron a conocer muchas piezas nuevas. Sus mayores éxitos los lograron con las comedias francesas, donde se compenetraban de manera perfecta. También mantuvieron vivo el teatro clásico: la obra preferida de Julián era García del Castañar. Su alianza artística se deshizo poco después de su separación amorosa… aunque años más tarde volverían a compartir escenario.

…Y sigue su luz en el Español

Julián Romea

(Murcia, 1813-Loeches, 1868)
  • Fue el más elegante de los actores: frac, levita, zapatos de doble suela, pañuelos para el cuello…
  • Zorrilla escribió para él Traidor, inconfeso y mártir, que no gustó demasiado. Los dos hombres eran amigos, aunque sus ideas sobre el arte de la interpretación eran dispares.
  • Su continuador y pupilo destacado fue Emilio Mario.
  • Se le nombró director del teatro particular de S. M. la Reina, académico de la Academia de las Buenas Letras en Sevilla, Profesor de declamación y director del Real Conservatorio de Madrid.
  • En Murcia se construyó un teatro con su nombre, inaugurándose el 26 de octubre de 1862.
  • Como su estilo verídico chocaba con el declamar enfático del teatro romántico y producía cierto desequilibrio en el conjunto escénico
  • Consideraba Romea que el actor ha de “nacer” –pues necesita gran sensibilidad, instinto de observación e inspiración– aunque luego perfeccione su arte mediante el estudio

En 1849, el conde de San Luis cambió el nombre del Teatro del Príncipe a Teatro Español, con el que ahora se conoce. De 1853 al 59, Romea alcanzó una gran madurez como hombre y como artista. Fue precisamente en enero del 53 cuando estrenó una de sus más grandes creaciones: el Sullivan, comedia de Melesville que había conseguido un enorme éxito en París, a pesar de ser algo mediocre. Interpretó el papel del gran actor trágico inglés con extraordinario verismo.

Tiempo después de su separación de Matilde, Julián se unió a la segunda dama del Español, Aurora Cañizares, con la que estuvo ya hasta su muerte. Con ella conoce le sosiego y se dedica más que nunca a escribir: reúne todos sus versos en un libro al que titula Poesías y apunta datos para El Manual de declamación, que serviría como guía a sus alumnos del Conservatorio, del que más tarde será profesor.

En la temporada del 55 al 56 marchó a Barcelona y a su vuelta se instala cuatro temporadas en el Teatro de la Cruz, una de ellas junto a Matilde; luego el actor pasa al Variedades; de nuevo viaja a Barcelona donde actúa en el Principal, y a su regreso se incorpora al Español (ya sin ser empresa) en la compañía de Miguel Vicente Roca. Julián actuó en febrero de 1866 –por primera y última vez– con José Valero, en el drama romántico de Ventura de la Vega: La muerte de César, pero no consiguió el éxito esperado ya que la obra llegaba un poco tarde, pues el teatro romántico agonizaba ya… A raíz de la polémica que generó este estreno, escribió Romea Los héroes en el teatro, una especie de explicación y defensa acerca de su modo realista de interpretar esta obra.

Sus últimos cuatro años fueron muy amargos; los ataques de asma le hacían abandonar la escena de modo intermitente. Algunas veces hubo de recitar sentado su papel, a petición del público benévolo… Casi toda su vida artística había transcurrido en el Teatro del Príncipe: actuó allí veintiuna temporadas, muchas de ellas como empresario. Pisó también las tablas de la Cruz, del Variedades, del Teatro del Circo y del llamado de los Basilios, al que cambió el nombre, cuando de él fue empresa, por el de Lope de Vega. En total, trabajó para el teatro treinta y cinco años, siempre bajo el reinado de Isabel II; y pese a que le tocó vivir en una época convulsa, nunca se metió en asuntos de política. Al final de su vida fue director del Conservatorio y alternaba las clases con las representaciones, en la medida en que se lo permitían los achaques de su enfermedad. El 10 de agosto de 1868, murió Julián Romea en Loeches, donde se había trasladado con la esperanza de que le mejorasen sus aguas curativas. El cadáver fue embalsamado y trasladado a Madrid: le enterraron en el cementerio de San Sebastián. Los actores del Español le tributaron homenaje cuando el féretro pasó por su puerta. En 1886 trasladaron sus restos al cementerio de San Lorenzo, a un mausoleo junto al cadáver de Matilde Díez.

Consideraba Romea que el actor ha de “nacer”–pues necesita gran sensibilidad, instinto de observación e inspiración– aunque luego pueda o deba perfeccionar su arte mediante el estudio. Él fue un innovador, un hombre de enorme valentía artística, y escribió convencido las palabras que han pasado a la historia como su profesión de fe: “Desde muchacho, un instinto me apartaba de la rutina y buscaba con ansia otra cosa, que ni formular sabía entonces, pero cuya necesidad sentía. (…) Animado a seguir el camino de la verdad, me dediqué a estudiar, con toda la fe y el amor de quien idolatra su arte. Fruto de este estudio son mis actuales convicciones de que “el arte es la verdad”, y tan hondamente están arraigadas en mí, que no sólo las practico, sino que las difundo y enseño; si me equivoco, merezco la pena por completo, pues no solo soy creyente, sino que me confieso dogmatizante”.

Pues parece que no, que no se equivocaba…

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