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Eva Higueras

A mediados del siglo XVIII, esta célebre actriz —considerada por críticos y autores como una de las mejores de su época— introdujo importantísimas reformas dentro de la tragedia francesa, no sólo en la declamación teatral sino también en el vestuario. Tenía fama de mujer galante por su hermosura, su trato y su irresistible atractivo sexual.

Clara Josefa Lerys nació el 25 de enero de 1723 en una pequeña población al norte de Francia. Sietemesina, tuvo siempre una constitución débil y una salud enfermiza.

A los doce años se traslada con su madre a París. Allí se establecen por casualidad enfrente de la casa de la famosa actriz Dangeville, quien fue observando a través de una ventana cómo se despertó en Clara la vocación teatral. Poco después acudió a ver una obra en la Comédie Française y quedó absolutamente hechizada. Su madre, reacia inicialmente a esta inclinación, accedió por fin a que la viera un actor de la Comedia Italiana, y aquí debutó en enero de 1736 con el papel de escribienta en La isla de las esclavas.

“Mi aplicación, mi fervor, mi memoria –dice la actriz en su autobiografía– confundían a mis profesores: lo retenía todo, lo devoraba todo”. Pero al cabo de un año tuvo que buscar fortuna en provincias. Con catorce años, Clara entró en la compañía del teatro de Rouen, donde estuvo cuatro temporadas. Su madre se encargaba de la taquilla, e hizo de su casa una especie de pensión, donde se cenaba, se jugaba y se alquilaban habitaciones. Tras la publicación de un panfleto contra su persona escrito por un pretendiente despreciado, dejó Rouen y emprendió una gira por ciudades de Normandía. En 1742 se disgregó esta compañía y fue reclamada por otra de Gante, pero no sintiéndose a gusto aquí, regresó a París, encontrándose en una situación bastante precaria. Ésta duró poco, pues en el 43 y tras conseguir debutar en la Ópera, la pequeña actriz de provincias se vio lanzada a la alta sociedad parisina. A ello contribuyeron sin duda las relaciones que mantuvo con hombres ilustres de Francia…

A los cuatro meses abandonó la ópera y el canto, y de ahí pasó a la Comedie Français, comprometiéndose a actuar en los dos géneros: la comedia y la tragedia. Hasta entonces había actuado siempre como ingénua y alguna vez, en segundos papeles trágicos, pero al entrar en la Comédie formuló su pretensión de interpretar sólo primeros papeles de tragedia: “Señor, usted es el dueño de decir si me quiere o no me quiere; y yo, luego de oír su respuesta, tengo el derecho de escoger. Yo trabajaré en Fedra o no trabajaré”. Y con este papel debutó allí en septiembre de 1743. Los críticos mostraron un general entusiasmo por su actuación. A Fedra le siguieron Zenobia, Ariadna, Electra… y también algunas comedias, como el Tartufo, Filósofo María, Novedad… pero comprendió que sus facultades no cuadraban igual en este último género.

En esta época comenzó a gestarse su verdadero nombre artístico –Clairon– a partir del diminutivo de su nombre de bautismo.

En plena mitad del siglo XVIII, la declamación actoral se hallaba aún muy lejos del camino de la naturalidad. Sin embargo, la Clairon estudió la manera de desarrollarla en escena y de alejarse del excesivo apasionamiento que derrochaba siempre. Se hizo amante del autor Marmontel, del que estrenó varias obras (Cleopatra, Denys el Tirano, Las Heráclides…) y que influyó de manera decisiva en su carrera. Él le aconsejó que buscara la simplicidad y la variación de matices y que se despojara de su enorme fuerza vocal. Años después, la actriz decidió valientemente dar un giro innovador a su arte. En 1752, representando en Burdeos, ensayó ante aquel público una nueva manera de hacer: el naturalismo escénico. Para ello, representó un día Fedra con los violentos arrebatos de siempre, y al día siguiente Agripina, de manera muy simple. Dio en Burdeos treinta y dos representaciones, y alternaba siempre en los papeles algún pasaje. Dicho de este modo: consiguió el triunfo. Y a su regreso a París, decidió abordar ya definitivamente a sus personajes desde la naturalidad.

Valentía escénica

A la sencilla declamación iniciada por la actriz, le siguió la inevitable reforma en el vestuario: ella, que había visto siempre hacer Electra con un traje rosa con azabaches negros, se presentó en el papel en su simple traje de esclava, sin maquillar, con el pelo suelto y los brazos cargados de cadenas. Diderot, que habla de ella en La paradoja del comediante, escribió a este respecto: “Una actriz atrevida viene de hacerse ver de un modo desusado, y nadie la ha encontrado mal”.

Desde ese momento, el público ya no quería ver más a Orestes empolvado, ni a Ariadna y otras mujeres trágicas con vestidos de brocado… Desapareció de golpe el antiguo vestuario para ceder paso a la verosimilitud histórica.

La Clairon había mostrado un enorme coraje y espíritu de sacrificio en pro de su arte. Se puso a la cabeza del movimiento que ella misma había iniciado y comenzó a estudiar la historia y costumbres de los pueblos del mundo para dar credibilidad a sus personajes. Además de renovar la indumentaria, deseaba también reconstituir históricamente al personaje, creando la atmósfera moral de su tiempo y de su patria. Pretende, por ejemplo, que en El Huérfano de China, de Voltaire, el personaje de Idamía haga comprender al público que en ese país el respeto filial es la base de las costumbres sociales. Aunque hoy día esto nos parezca una obviedad, estamos hablando del siglo XVIII. Precisamente esa obra, representada en agosto de 1754, significó un enorme triunfo para ella, al igual que Tancredo, también de Voltaire.

Gozaba en la década de los 50 de renombre dramático en salones, cafés, saloncillos de los teatros… Citando a la Duclos, reina del teatro ya destronada por entonces, “su tono de voz, sus movimientos, sus miradas, su silencio mismo, acusan sensibilidad hasta el fondo del alma”. Poseía una voz sonora que había conseguido educar a voluntad, una figura expresiva y una gran memoria. Estudiaba a conciencia detalles como la diferencia de matiz entre la ironía y el desdén, el desdén y el desprecio…

Inmortalidad

Tras haber ocupado el primer puesto de la Comedie Française durante veintidós años, se retiró a mediados de la década de los 60 y abrió una escuela de actuación. Siguió representando esporádicamente en la celebración de algún acontecimiento, como la boda de María Antonieta.

Vivió luego muchos años en Alemania, haciendo permanentes visitas a París. En septiembre de 1786, la Clairon vuelve a instalarse en Francia, en una casa de campo en Issy. Se acercó a sus antiguos compañeros de la Comédie y mantuvo con ellos hasta su muerte una cordial amistad.

Sus últimos años de estancia en Alemania y los primeros de su vuelta a Francia, se ocupó en escribir sus Memorias, que fueron publicadas en 1796.

En sus últimos años, retirada del teatro y sin amor, llevó una vida vacía y solitaria, llena sólo por lecturas de historia y filosofía. Cada día iba quedándose un poco más sorda y un poco más ciega.

Estando enferma y en cama se cayó de su lecho, y esta caída le provocó la muerte el 31 de enero de 1803. Hoy descansa en el cementerio de Pére Lachaise, de París.

Ocupó lo más alto en el teatro trágico del XVIII, pero había escrito en un diario: “Mi estado habitual es el sufrimiento”. Amiga de Garrick, de Voltaire y amada por multitud de hombres fascinantes, murió sola, recitando fragmentos de obras de su glorioso pasado. Pero aquel acto de valentía al apostar por el verismo en la interpretación aportó al mundo del arte algo valiosísimo, y ya, solo por eso, merece ser recordada.

La Clairon (1723-1803)

Representó gran número de obras de autores franceses como Voltaire, Marmontel, Palissot, Linaut, Dorot, Cordier, Lemiere…

Fue contemporánea de otra gran actriz, la Dumesnil (con quien rivalizó siempre) y de Lekain, célebre actor a quien tenía gran antipatía.

Parece ser que tenía un carácter difícil –confesado por ella misma en sus Memorias– pues poseía una enorme soberbia.

Fue siempre una católica respetuosa, aunque inquieta por las censuras de la Iglesia hacia su profesión: dedicó muchas energías a pedir la supresión de la excomunión para los cómicos.

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