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“Nací en noviembre de 1942 en el Teatro Les Mathurins. Mi patria es el teatro; y los dramas, tragedias, farsas, melodramas, sainetes, comedietas, milagros, misterios, toda la comedia humana, en fin, que en él se representa, es la que vivo”.

Eva Higueras


Albert Camus y María Casares.

María Casares Quiroga vino al mundo un 21 de noviembre de 1922 en La Coruña. Cuenta en sus memorias que “cuando mis padres me tuvieron, fue por descuido o torpeza. No me querían. La tisis y la epilepsia seguían siendo para ellos bestias negras y amenazadoras (…) Pero yo estaba allí y no era ningún gato para tirarme al mar”.

Hacia los cinco o seis años entró en el Colegio Francés donde terminó de aprender a leer y escribir y a decir oui, non y merci.

Su padre –Santiago Casares Quiroga, último presidente del Consejo de Ministros de la 2ª República– le inició en la poesía a edad muy temprana y ella declamaba largas tiradas, a grito pelado, “temblando con una extraña emoción”.

En 1931 se trasladó a Madrid con su familia, donde estuvo cinco años. Aquella niña que suscitaba por su extremo retraimiento y su acento gallego las risas de los compañeros de la escuela, lograba crear un gran silencio cuando recitaba en la clase El Romance de Don Rodrigo.

Tras padecer una bronconeumonía doble que estuvo a punto de costarle la vida, se trasladó con su familia a Andalucía; pero pronto regresó a Madrid, donde realizó sus estudios de adolescente en el Instituto Escuela.

Poseía por entonces una timidez excesiva y paralizante, pero allí encontró, en la amistad desinteresada y en el teatro, la clave “para entrar en el mundo y liberarme en él”. Fue en este instituto donde dio sus primeros pasos en el teatro; en un espectáculo montado por Rafael Alberti.

Uno de aquellos veranos, justo antes de salir para Galicia como todos los años, estalló la Guerra Civil. Su padre le buscó un trabajo de ayuda humanitaria en el Hospital Oftálmico de Madrid, habilitado para la atención de los heridos que llegaban del frente. Sufrió varios desvanecimientos, pero se familiarizó con la muerte, el dolor físico, la miseria moral… y también la solidaridad: “Fue allí donde aprendí a adivinar, comprender, amar a los hombres. Tal como son”.

Santiago Casares decidió enviarlas a ella y a su madre a Barcelona y después a París. Él, que le había hecho descubrir el mundo, debió separarse de su pequeña durante años y de forma intermitente.

El exilio

Muchos años después de su marcha, escribiría María: “Desde que abandoné España en 1936, he vivido siempre en estado de urgencia”.

La niña de catorce años se instaló con su madre en un piso de la calle Vaugirard, en París. Allí frecuentaban la compañía de algunos amigos y conocidos y en aquellas reuniones, ella recitaba romances castellanos o versos de Verlaine… Un día su madre le preguntó de sopetón: “¿Quieres dedicarte al teatro?”. “Así, por la buenas, delante de todo el mundo. Contesté que sí”.

Empezó entonces a prepararse para entrar en el conservatorio, pero debía aplicarse en aprender una lengua que le era desconocida: mientras peleaba a brazo partido dando clases particulares con René Simón, practicando, leyendo textos emblemáticos… acudía también como oyente a las clases particulares dadas en el conservatorio por Louis Jouvet. Por fin, consiguió la plaza a la tercera, pero unas inesperadas pruebas de selección para el Teatro de Les Mathurins, le abrieron las puertas de la aventura profesional parisina.

En plena ocupación alemana, debutó en el año 42 con Deirdre de los pesares de John M. Synge. Le siguieron obras de Ibsen (Solness el constructor, 1943), Georges Neveux (El viaje de Teseo, 1943), Albert Camus (El malentendido, 1944) y René Laporte (Federigo, 1945). Aquí se educó bajo la tutela de Marcel Herrand y Jean Marchat, que combinaron sus esfuerzos para dotarle con la dosis de humor y de inocencia necesarias para vivir entre bastidores y en escena, y también, según sus palabras, con el gusto por la aventura y el coraje para vencer sus pusilanimidades.

En esos años rodó para el cine Los niños del paraíso, de Marcel Carné y Las damas del bosque de Boloña, de Robert Bresson. Compaginaba teatro y cine con grabaciones en la radio.

En apenas cuatro años se convirtió en una actriz de reconocido talento. El crítico Claude Roy escribió de ella en el estreno de El viaje de Teseo: “Esa voz que siempre parece que se va a quebrar, a romper de emoción. Ese cuerpo que actúa, tiembla, vibra, y siempre tan armonioso, tan puro… Una gran actriz de tragedia. Tiene veinte años”.

La primavera de 1944 –cuando comenzó a ensayar El malentendido– había significado para ella el inicio de una relación sentimental con Camus que, aunque interrumpida luego temporalmente, duraría hasta la muerte de él. El estreno de esta obra fue tormentoso: una parte del público pateaba, desorientado ante lo que veía… pero “por muy fuerte que fuera el alboroto, –escribía Dussane– ella y sólo ella, lo dominaba. Imponía lo que tenía que decir y se reanudaba el ruido a continuación”.

La joven actriz demostró esos primeros años en París tenacidad para aprender perfectamente el nuevo idioma, tenacidad para estudiar el oficio, para familiarizarse con unas técnicas actorales, para comprender y admirar la dramaturgia de un país diferente, tenacidad para integrarse en la nueva cultura… “Para adaptarse, –escribió en sus memorias– sin perder con ello, hace falta un cierto sentido de la existencia, mucha comprensión y el deber de comprender, una ardiente voluntad de vivir por vivir (…). Hace falta una gran vitalidad, circunstancias felices, ¡y suerte!”.

El coraje y la búsqueda

En 1945 llegó por fin la liberación de París y también comenzó un nuevo camino para ella: se dispuso a abandonar la tranquilidad de Les Mathurins. Su marcha fue voluntaria, aunque dolorosa. Necesitaba renovarse personal y profesionalmente: “¡Tenía que marcharme! ¡Tenía que cortar! (…) Por los que me querían, y también por mí, y por el teatro, tenía que prevenir los efectos nefastos de la costumbre, esa rata dispuesta a roer incluso la vida, disimulada detrás de las sonrisas y el bienestar”.

Esto fue algo habitual a lo largo de su vida: cuando sentía el miedo de que su apuesta por el teatro se quedara corta, de que su aprendizaje no continuara en línea ascendente y apareciese la paralizante rutina, rehusaba acomodarse… ¡y se lanzaba al mar!

Al terminar la guerra, su padre regresó del exilio y se reunió con ellas, pero cinco meses después de su llegada murió la madre de la actriz, y Santiago Casares la siguió cuatro años más tarde, en 1950. Esto supuso un duro golpe para la actriz: “Después de él, para volver a encontrar esta dulce sensación de plenitud, he necesitado la soledad; nunca supe encontrarla de otra forma”.

También Camus se marchó de París cuando terminó la guerra, pero tres años más tarde, en el 48, se reencontraron para no volver ya a separarse.

La segunda mitad de los años cuarenta fue el período más cargado de trabajos diferentes. Se afianzó como persona y como actriz: “La elección estaba hecha. Era a través del teatro donde iba a curar en mí la porción de enfermedad universal que me correspondía”. Estrenó obras de Dostoievski, Henri Pichette, dos de Camus, de Sartre, de Corneille, de García Lorca… en distintos teatros de París. Su actividad fue, en el cine, particularmente intensa; éste le daría fama y prestigio popular. En 1948 recibe el premio a la mejor actriz en el Festival de Locarno por La cartuja de Parma, de Christian Jaque; en esta película entabló una intensa amistad con el actor Gérard Philipe, con quien ya había trabajado anteriormente. Intervino en ocho películas, entre ellas Orfeo, de Jean Cocteau.

Tuvo un paso fugaz por la Comédie-Française, donde interpretó a Pirandello, Moliére y Merimée, pero no se sintió muy a gusto en esta institución demasiado rígida y jerarquizada.

En 1953 participó junto a Camus en los Festivales de Angers, y nueve meses más tarde, ya en el 54, entró a formar parte del T.N.P (Teatro Nacional Popular), dirigido por Jean Vilar. Con él hizo obras de Shakespeare, Paul Claudel, Víctor Hugo, Marivaux, Chéjov, Racine… Fue María Tudor, Lady Macbeth, Fedra… y un largo etcétera de trágicas heroínas.

Casares fue para Vilar su actriz más carismática. En los cuadernos del director aparece una referencia a su trabajo durante los ensayos de una obra de Claudel: “Una vez más María se me adelanta en la búsqueda, sea de su personaje, sea del sentido general de tal escena o del particular de tal detalle. En respuesta a algunas de sus preguntas me quedo callado. Más que su talento es ese gusto, esa pasión familiar y permanente por la búsqueda, lo que me sorprende en ella”.

Tras seis años en el T.N.P, debió sentir de nuevo “la rata de la costumbre” y se marchó. Además, la muerte de Camus en 1960 supuso una estocada demasiado brutal: “Él llevaba en sí, a su manera, todo cuanto hace que al hombre se le pueda llamar hombre, todas sus contradicciones (…)” Para ella él había significado la vida misma. Y si Sartre le dio a Camus la idea de la absurdidad de la vida, María quiso enseñarle que el sentido de la existencia era la dicha.

En 1963 viajó a Argentina aceptando una invitación y, dirigida por Margarita Xirgu, hizo por primera vez teatro en su lengua materna representando Yerma en el Teatro San Martín de Buenos Aires. En este viaje conoció a un joven director de escena con el que trabajaría en numerosas ocasiones: Jorge Lavelli. El argentino la dirigió en Divinas palabras, de Valle-Inclán (1964); en Medea, de Séneca (1967) –cuya interpretación fue una de las más brillantes de su carrera– y en muchas más obras en sus últimos treinta años.

Siguió trabajando bajo las órdenes de directores como Jean Louis Barrault, Maurice Béjart, Patrice Chéreau, Jean Gillibert, Bernard Sobel, etc. y sus participaciones cinematográficas fueron siendo más esporádicas.

Con el paso del tiempo crecía su auto exigencia y su necesidad de renovación.

Un fugaz regreso

En 1976 le propusieron protagonizar en Madrid la obra El Adefesio, de Rafael Alberti, dirigida por José Luis Alonso. La experiencia no fue muy buena –a pesar de que la mayor parte de la crítica elogió el montaje– y algo se rompió entre ella y su país natal. Aceptando la obra de Alberti, seguramente quiso contribuir a la significación política del evento y tal vez sintió que “sobraba” en un país que no la reconocía como a uno de los suyos.

Después de El Adefesio, Casares fue invitada en varias ocasiones para que volviera a trabajar en España: las rechazó siempre pretextando otros compromisos. Aunque sí retornó de gira con algún espectáculo, lo hizo ya siempre en francés.

La muerte le sorprendió mientras ensayaba la versión francesa de El cerco de Leningrado, de Sanchís Sinisterra.

En Francia fue una de las actrices más respetadas y aclamadas, no sólo por el conjunto de la profesión y de la crítica, sino también del propio público. La “culpa” de que nos la “robasen” fue, indudablemente, de la guerra. Pero el arte es universal, y allí, o aquí, o a miles de kilómetros de ningún sitio, si una estrella brilla con tanta fuerza, da luz al mundo entero. Eso ocurrió con ella.

Tesón, rigor, talento… e insobornable espíritu de superación: luz universal la de María Casares.

Premios y reconocimientos

Nació en La Coruña, España, el 21 de noviembre de 1922 y murió en Alloue, Francia, el 22 de noviembre de 1996.

En 1975 adquirió la nacionalidad francesa.

En 1978 se casó con el actor alsaciano “Daddy” Schlesser.

En 1980 publicó su autobiografía, –Residente privilegiada– unas memorias complejas pero de gran belleza literaria, centradas más en su mundo interior que en su carrera profesional. El título alude a su estatus en la tarjeta de residencia original emitida por Francia.

En 1987 el Gobierno español le otorgó la Medalla al Mérito en Bellas Artes y al año siguiente obtuvo otros dos galardones: la Medalla Castelao, de la Xunta de Galicia y el premio Segismundo, de la Asociación de Directores de Escena.

En 1990 recibe el Premio Nacional de Teatro Francés.

Fue condecorada con la Legión de Honor francesa.

En 1996 aceptó que los premios de teatro de Galicia llevaran su nombre, pero la muerte le impidió asistir a su primera edición.

Musa de importantes escritores y cineastas, protagonizó obras claves del existencialismo e interpretó un centenar de personajes del teatro mundial.

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