En el olimpo : María del Rosario Fernández, ‘la Tirana’

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Eva Higueras

¿Qué espíritu te agita? / ¿Qué deidad te conmueve? / ¿Quién, con serenos ojos, / pudo escucharte y verte? / Si alguno dudar quiso, / ¡cuánta ilusión adquieren /
en el ancho teatro / ficciones aparentes!

Leandro Fernández de Moratín

“La Tirana”, retratada por
Francisco de Goya.

A finales del XVIII, se
consideraba a “la Tirana” como
la mejor actriz de España.

“La Tirana” está sepultada en la
iglesia de San José, en la
madrileña calle de Alcalá.

Las cosas cambian… y siguen inmutables. Sólo dos teatros había en Madrid a mediados del siglo XVIII: el del Príncipe y el de la Cruz. Cualquier decisión referente a los cómicos había de pasar necesariamente por la inflexible Junta de Teatros… Pero la última palabra, como ahora, la tenía el público. Ese público variopinto que ha poblado las salas desde siempre, primero bullicioso y más respetuoso con el paso de los siglos; hasta llegar incluso a dormirse y aplaudir enfervorizado al final de la obra. Ese público, es el que a la postre decide el rumbo de nuestra escena.

Y “la Tirana”, su fama o su gloria, ha llegado a nosotros gracias a él.

María del Rosario Fernández nació en Sevilla en el año de 1755. Siguiendo los pasos de otros actores a los que quedaba pequeña su provincia, logró entrar en la compañía llamada de los Sitios Reales (Aranjuez, Escorial, San Ildefonso), que se había creado para dar representaciones exclusivamente de obras traducidas y solo para la Corte. En ella conoció y se casó luego con el actor Francisco Castellanos, al que llamaban “el Tirano” por interpretar papeles de carácter en las tragedias que allí se daban: renombre con el que fue conocida su mujer en adelante.

María del Rosario siguió varios años representando heroínas trágicas, con aplauso del escaso pero aristócrata público que acudía a estas funciones. Las representaciones de los Sitios fueron languideciendo hasta morir definitivamente a comienzos de 1777 –por decreto del nuevo ministro, el Conde de Floridablanca– y sus cómicos se dispersaron.

El único porvenir halagüeño de los actores por aquellos días era formar parte de las compañías madrileñas, entre otras razones para gozar el beneficio de su futura jubilación; pero esto no lo lograban sin haberse antes acreditado en una capital de importancia. Así, la joven actriz y su marido marcharon –bien recomendados– a Barcelona.

Cuando estaban a punto de iniciar la campaña cómica al frente del Coliseo barcelonés, reciben la noticia (febrero, 1780) de que han sido incluidos en una de las compañías de la Corte: la de Juan Ponce. Ella como sobresaliente de versos (encargada de sustituir a la primera actriz en caso de necesidad), y su marido de supernumerario de barbas, como se denominaban los actores de carácter anciano.

Ambos acogen la noticia con no poco disgusto y la joven viaja a Madrid a solicitar ante la Junta licencia para seguir en Barcelona. Pero ésta le niega el permiso a la actriz –que no a su marido– y así, deberá entrar a formar parte de la compañía de Ponce, cuya primera dama era Josefa Carreras.

La Tirana adoptó, como dice Moratín, “un estilo fantástico, expresivo, rápido y armonioso, con el cual obligó al auditorio a que muchas veces aplaudiese lo que no es posible entender”. Él mismo admiraba “la nobleza de sus actitudes, su animado semblante, el incendio de sus ojos andaluces, su buen gusto y magnificencia, trajes y adornos”. Representó obras de Calderón, don Ramón de la Cruz, Lope… y en noviembre de 1780 se presentó en escena con una tragedia por la que siempre sintió especial predilección –poniéndola en escena en ocasiones solemnes–: Talestris, reina de Egipto, de Metastasio, traducida por Ramón de la Cruz.

Primera dama

Al año siguiente logró la actriz su deseo de figurar como primera dama; y así apareció en la compañía de Manuel Martínez. En la primera temporada de ese año cómico (1781-82) quiso ella alardear del estudio que llevaba hecho del viejo repertorio español: representó, casi seguidas, obras de Calderón, Cañizares, Martínez de Meneses… Durante el verano, y en las funciones nocturnas, estrenó algunas obras originales y traducciones: Zaldívar, Goldoni, Beaumarchais, Corneille… En este año se consolidó su valía y reputación y fue considerada ya irreemplazable. Por lo que en la siguiente formación fue conservada en el mismo puesto de primera dama absoluta en la compañía de Martínez. Inmensa sería la lista de obras que representó durante sus dos primeros años en la capital, pues interpretaba una media de siete piezas cada mes. Cerca de cuatro años llevaba la actriz separada de su marido, sin haber sabido en todo ese tiempo nada de él; cuando a finales de 1783 se presentó repentinamente en Madrid y comenzó a abrumar a su mujer con tales exigencias, que la actriz hubo de pedir ayuda a la Junta de teatros. Castellanos entabló demanda de divorcio y se dedicó a hacerle la vida imposible.

En la siguiente formación (1784-85) continuó María del Rosario como primera dama en el teatro de la Cruz, con Manuel Martínez: representó obras excelentes del teatro antiguo, de Bances Candamo, Solís, Cañizares, Tirso, Rojas, Goldoni… Haciendo La Locandiera, de este último, tuvo que luchar la actriz contra su carácter, educación artística y hábitos teatrales, ajenos a todo lo jocoso; pero su talento y fuerte voluntad crearon en ella una segunda naturaleza. Terminó el período teatral con algunas excelentes comedias del siglo XVII, como El médico de su honra y La dama duende, ambas de Calderón, o Entre bobos anda el juego, de Rojas.

Años de éxito

Aquellos años fueron de los más laboriosos para la Junta de Teatros, a causa de las peticiones y exigencias de los cómicos: María del Rosario que, al igual que el resto de actores, no desaprovechaba oportunidades para lograr nuevos aumentos de sueldo, presentó en 1785 un plañidero memorial quejándose de su extrema pobreza.

En la siguiente temporada, pasó al teatro del Príncipe, al frente de la misma compañía. La inauguración fue con una obra de Calderón. Pero tanto gritaban los furibundos neoclásicos contra los viejos autores, que el mismo Calderón fue perdiendo su hegemonía para dar paso a dramas extravagantes y malas traducciones.

“La Tirana” ocupó el puesto de primera dama durante catorce años, hasta 1793, y siempre bajo la batuta de Martínez. Su reputación iba aumentando hasta ser considerada por unanimidad como la mejor actriz que tenía entonces España. Hoy puede sorprendernos y movernos a risa el modo en el que se describe su talento en una carta publicada en un popular periódico de la época: “(…) El movimiento de sus ojos, acorde con sus acciones, explica maravillosamente los sentimientos de que se supone penetrada. La viveza y eficacia en el decir dan vigor a las acciones, y de esta suerte infunde en el corazón de los espectadores los mismos sentimientos que naturalmente se experimentarían si fuesen ciertos los pasajes de la escena. Sobresale aún más esta impresión cuando ejecuta alguna tragedia. ¡Cómo domina el teatro! (…) ¡Qué coloridos tan finos y patéticos da al dolor y las calamidades!”.

En el curso del verano, la actriz sufrió una grave dolencia y viajó a Sevilla para reponerse. Allí permaneció hasta finales de septiembre. Martínez, contento con su primera dama, decidió darle la mitad de las “utilidades de la autoría” que él ostentaba. Su natural inclinación siempre la impulsaba a representar caracteres enérgicos en que rugiesen y batallasen las pasiones. Sus laureles los consiguió como actriz trágica, aunque interpretó muchas comedias.

La actriz María Bermejo entró a formar parte de la compañía en 1788 –solo para actuar de primera dama en verano, mientras “la Tirana” descansaba– comenzando así una fuerte rivalidad entre ambas. Anualmente, tras el reajuste del elenco, se procedía a la repartición de lo que a cada uno debía corresponder en función de los que más se hubiesen distinguido en todo el año. Y son curiosas las observaciones que sobre cada actor escribía la Junta: “A ‘la Tirana’, 1200: Este año ha trabajado mucho, y ha esforzado para su desempeño a las demás partes de su compañía. Por esta razón la ha atendido Madrid en la actual formación”

Por esta época se sentía la actriz cansada y enferma y hubiera deseado que le concediesen su retiro, pues en los últimos años había tenido un trabajo abrumador. En la temporada 92-93 exigió que, puesto que en la compañía del teatro de la Cruz existían dos primeras damas, se pusiese también otra en la suya para auxiliarla en la representación (entró Francisca Laborda). El descanso que Laborda daba a la actriz sevillana no fue bastante para que su quebrantada salud se restableciese; así que antes de terminar el año cómico se vio obligada a pedir su jubilación.

Coda

La que fue la mayor gloria del teatro dieciochesco español terminó sus días como cobradora de lunetas (las primeras filas de lo que hoy se conoce como patio de butacas). Para entrar en la posesión de su puesto de cobradora en el teatro Príncipe tuvo que esperar a 1797, en que falleció María Hidalgo, que la poseía. Años después fue despojada de su plaza y pidió que se le repusiera. Pero no hubo necesidad de hacerlo; porque su estado de salud fue agravándose y falleció en su casa, calle del Amor de Dios, el 28 de diciembre de 1803, a los cuarenta y ocho años de edad.

Fue sepultada, no en la capilla de la Novena o de los cómicos, como sus demás compañeros, sino, por expresa disposición suya, bajo la bóveda del convento de carmelitas descalzas, hoy iglesia de San José, en la calle de Alcalá.

Había sido retratada por el insigne Francisco de Goya y el lienzo pertenece a la Academia de San Fernando. Tantos papeles desfilaron por su corta vida, que puede decirse sin temor a error: fue más sus personajes que ella misma.

Sí, no dudéis. España la produjo, y el Universo todo es quien la admira; con su presencia majestad inspira y en ella el cielo acreditó su influjo.

Fragmento de soneto. Anónimo.

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