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Eva Higueras

De entre las grandes artistas trágicas de la historia del teatro, brilla Raquel como una estrella de primera magnitud. Fue uno de esos genios de la escena de los que no suelen verse en varias décadas, que por regla general nacen de entre las capas sociales menos artísticas y siguen una educación autodidacta; fue así con Talma, que era dentista e hijo de un honrado sacamuelas… y se cumple con Raquel: hija de unos judíos trashumantes. La joven tocó las más altas cimas de la gloria para luego apagarse bruscamente, en la flor de su juventud.


Memorial en honor de Rachel Félix, situado en
Pfauninsel, Berlín.

La actriz nació en 1821 en una posada suiza. Cuando aún era una niña se trasladó con su familia a París, en medio de una gran penuria. Allí se dedicó, junto a una de sus hermanas, a cantar por calles y plazas melodías populares, recogiendo alguna limosna.

A los quince años, una Raquel delgada y de aspecto enfermizo, ingresó en un curso de declamación en el Teatro de Moliére. Sus comienzos no fueron muy dichosos. Debutó en el Teatro llamado del Gimnasio, pero al no distinguirse ni en esa obra ni en la siguiente, el director le rescindió el contrato mediante una indemnización. Entonces ella, comprendiendo lo mucho que aún le faltaba por aprender, se dirigió a un comediante de gran fama: Samsón, que en adelante sería su maestro. Él se quedó pasmado al ver lo bien que recitaba una muchacha que apenas sabía leer.

Entró en el Teatro de la Comedia Francesa e hizo allí su debut el 12 de junio de 1838 interpretando a Camila en la tragedia Horacio. Le siguieron varios estrenos hasta que público y crítica comenzaron a ver en ella a una actriz genial.

Sus cinco hermanos se dedicaron también a la farándula y algunos llegarían a ser comediantes distinguidos, aunque eclipsados siempre por la gloria de su hermana.

Rafael, uno de los hermanos de la actriz, dejó la escena en cuanto pudo para convertirse en su empresario. De él decía la joven: “Gobierna mis intereses de la mejor manera posible. Es mi padre, mi hijo, mi administrador”.

Para la actriz fue siempre muy importante su familia: trató de asegurarle una posición, mientras ganaba para ella una fortuna a costa de su vida. Primero su padre (al que llamaban el tío Félix), y su hermano luego, le hicieron trabajar hasta que la fatiga la enfermó. Unicamente ambicionaban enriquecerse a su costa, triste realidad que envolvió siempre la vida de Raquel. Desconocemos la causa de que ella accediese a tales manejos y juzgar que tal vez poseyera igual grado de ambición que los que la rodeaban puede ser aventurado e injusto. Sus porqués se los ha llevado a la tumba.

Aunque fuera considerada sólo una mercancía explotable para los suyos, parece ser que su padre era el único que no admiraba en absoluto su talento…

Los estrenos se sucedían vertiginosamente en la Comedia: Tartufo, Cinna, Andrómaca, María Estuardo… En el 41 viajó por primera vez a Londres, logrando un inmenso éxito en el teatro de su Majestad.

Fue Fedra, Jimena en El Cid… y estrenó también algunas obras que madame Girardin (una dama influyente mimada por una corte de literatos) escribió especialmente para ella: Judith, Cleopatra y Lady Tartuffe.

Tras vivir numerosos idilios fallidos, tuvo un hijo en 1844 con el conde Waleski, hijo de Napoleón I.

En 1848 declamó La Marsellesa en la Comedia Francesa y el tío Félix explotó el gran éxito que tuvo llevando el recital por toda Francia, que estrenaba reciente república (era ésta una institución nueva para el pueblo francés). A su regreso la joven actuó en Britannicus en el papel de Agripina.

En el 49, en uno de los ensayos de la obra Adriana Lecouvreur, tuvo Raquel una premonición acerca de su prematura muerte: “He sentido un fenómeno extraño: no he llorado por Adriana, sino por mí. Un no sé qué me ha dicho que moriría joven como ella (…) y he pensado con desesperación en que el tiempo se llevará toda huella de lo que ha constituido mi talento, y no quedará nada de aquella que fue Raquel”. ¡Qué gran momento de lucidez! Esta obra supuso para ella un gran triunfo e hizo 69 representaciones.

Interpretó obras de Corneille y Racine (sus autores preferidos), Alejandro Dumas, Víctor Hugo… De Dumas estrenó en 1850 La Señorita de Belle Isle. A inicios de verano comenzó una gira de cuatro meses por Europa al frente de una compañía compuesta casi en su totalidad por su familia. Poco a poco, su naturaleza iba desgastándose por el excesivo trabajo.

Años de decadencia

Por aquel entonces apareció en París Adelina Ristori, la gran trágica italiana. La prensa comenzó pronto a establecer paralelismos entre ellas. Los adversarios de Raquel, cada vez más numerosos, le oponían a la Ristori y la francesa no salió bien parada.

En el 51 emprendió un nuevo viaje europeo, aún más largo que el anterior, siempre escoltada por todos los Félix, verdaderas aves de rapiña. Se suceden los años y las funciones…

Mantuvo numerosas querellas con los administradores de la Comedia Francesa, pues había tratado de dimitir en muchísimas ocasiones para acabar quedándose tras lograr grandes aumentos de sueldo. Finalmente presentó la que sería su dimisión definitiva —esta vez sí fue aceptada— pues había perdido su hegemonía. Era el triste fin de una gloria que había durado casi dos décadas.

En abril del mismo año el Gobierno la nombró profesora del Conservatorio, pero nunca llegó a tomar posesión del cargo.

A comienzos de julio dio siete representaciones de despedida en la Comedia, invitando a su rival. La última función fue Andrómaca, donde volvió a brillar como en sus mejores tiempos. A finales de ese mes se embarcaba para Inglaterra y América del Norte. Las cuarenta y dos funciones dadas en América terminaron por destrozar su salud: la actriz comenzó a escupir sangre y a adelgazar rápidamente.

A finales de año, hizo sus últimas funciones en un estado de agotamiento lamentable y embarcó para Cuba, con la esperanza de que el clima le mejorase. Pero su vida artística había terminado: los médicos le diagnosticaron una tisis galopante y le prohibieron todo trabajo escénico.

Ninguno de sus familiares le siguió. Viendo que no mejoraba, decidió regresar a Francia, y de allí, por consejo médico, a Egipto. Desde allí escribió una carta al director de la Comedia Francesa: “(…) He querido vivir con excesiva intensidad. He devorado en algunos años mis días y mis noches (…). Pero volveré. El Dios de Israel me permitirá, en mis entreactos de allá arriba, descender para buscar a mis hijos y para ver a mis amigos de ese teatro Francés que tanto he amado. (…) Desde el pie de las pirámides, contemplo veinte siglos desvanecidos en la arena (…). Qué bien veo desde aquí la nada de las trágicas. Me creía piramidal y reconozco que no soy en realidad sino una sombra que pasa… que ha pasado. He venido aquí en busca de la vida que se me escapa, y no veo sino muerte en torno mío”.

Pronto regresó a París, y sintiendo que empeoraba marchó de nuevo a buscar un clima templado. Una mañana antes de partir pasó por delante del Teatro del Gimnasio y de la Comedia Francesa, para dar el último adiós a los dos escenarios en los que brilló su talento.

Se instaló en una villa en Cannet. Su fin se aproximaba, pero ella no estaba asustada… Raquel no veía en la vida sino un drama cuyo fin era la muerte. Era artista en todo momento; en la ciudad, en el campo, sobre el lecho del dolor lo mismo que en el teatro. Era fatalista, éste era el lado flaco de aquella poderosa inteligencia.

Contaba el médico que la asistió que “lo poco de vida que le quedaba parecía haberse concentrado en sus ojos, más expresivos que nunca”.

Murió el 4 de enero de 1858, a los 37 años de edad. Cuando llegó a París la noticia de su muerte, la impresión fue muy viva. La Comedia Francesa interrumpió sus funciones en señal de duelo y toda la prensa lamentó su fallecimiento.

Al poco tiempo aparecieron numerosas biografías de la actriz que se agotaron apenas publicadas.

El entierro fue el 11 de enero, con enorme concurrencia. Su familia, avarienta hasta el final, dispuso que se convirtieran en dinero líquido los bienes de Raquel.

Trágica por el rostro, la voz, los ademanes y la inteligencia, era comedianta por el alma y hasta el fondo del alma.

Tal vez –quién puede asegurar lo contrario– se cumplió aquel sueño… y se encarna ahora Raquel en cada actriz que conmueve sobre la escena. Tal vez, detrás de cada lágrima, de cada inflexión de gravedad o dolor de una muchacha frágil en un escenario cualquiera de este vasto mundo, esté ella. Ojalá. Seguramente. Al menos, deseémoslo…

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