En el olimpo : Sarah Bernhardt (Quand même)

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Eva Higueras

Muchos son los que han tratado de buscar a la “verdadera” Sarah sin conseguirlo. Han recogido testimonios, a menudo contradictorios, buceado en sus cartas e incluso en su autobiografía –Mi doble vida– adornada sin duda por su poderosa imaginación. Aparece siempre una mujer polémica y camaleónica, como el azul cambiante de sus ojos. Una mujer delgada y menuda, pero de tremenda fortaleza, cuya mayor cualidad fue la determinación. En su vida, como en su arte, adoptó infinidad de papeles distintos y vivió al límite de su persona.

La joven llega al camerino, y tras quitarse el sombrero y los guantes, salta al escenario, encantada de estar por fin entre sus sombras infinitas. “Nada me fortalece más que este ambiente cargado de gérmenes, nada es más alegre que esta lobreguez, más luminoso que esta oscuridad. Quiero vivir aquí, porque aquí es donde me siento más viva”.

Sarah nació en la ciudad de la luz el 23 de octubre de 1844. Las historias sobre su origen son inciertas. Lo único seguro es la identidad de su madre, Julie Bernard, una cortesana de París. La pequeña creció sin su cariño, pues las ausencias de Julie eran muy prolongadas. Quizá por ello mostró desde muy niña un carácter indómito y una insaciable sed de atención. A los siete años fue enviada a un colegio de señoritas y dos años más tarde ingresó en un colegio conventual agustino cercano a Versalles. Allí hizo su primera representación en público, encarnando el papel de ángel Rafael en una obra de tema bíblico.

Con quince años el éxito teatral estaba tan lejos de su mente como el propio teatro: quería ser monja. Regresó al piso de París, junto a su madre, y se celebró un consejo de familia en el que se iba a decidir su futuro. El duque de Morny, tertuliano habitual del salón de Julie, opinaba que “la niña podría ser actriz”; pero ella les confesó su inquietud religiosa. El duque pensó que cambiaría de opinión si respiraba el aire de la Comédie Française. Y acertó. Tras presenciar la representación del Anfitrión de Moliére no pudo parar de llorar y ya deseó con todas sus fuerzas pisar ese escenario.

Gracias a la influencia de Morny, Sarah entró en el Conservatorio, considerado por entonces (1860) la mejor escuela de teatro del mundo. Había que mejorar su dicción y fortalecer su voz. Fue Dumas, el pionero del movimiento romántico, quien se encargó de aleccionarla y pasar la antorcha a la niña que iba a ser la última de las actrices románticas. Pasó allí dos años, aprendiendo las técnicas básicas en las clases de interpretación. Se volvió una fanática: ella, que raras veces había abierto un libro, devoraba ahora volumen tras volumen de poemas y obras de teatro. No se distinguió especialmente y trataron de desanimarla para que dejara el teatro. Quizá fue entonces cuando adoptó su lema: “quand même” (traducible aproximadamente como “a pesar de todo”). Con él desafió al mundo durante toda su larga vida.

Sarah también interpretó
el personaje de Hamlet

De nuevo, gracias a la influencia del duque, ingresó en la Comédie Française y debutó –según la tradición– en tres papeles distintos. Una de las críticas comenzaba así: “Que la señorita Bernhardt sea incompetente no es importante…” Durante los siguientes cuatro meses la dirección no le asignó ningún papel. Poco después, fue expulsada debido a un desagradable incidente con una de las actrices veteranas de la compañía. En seguida la contrataron para hacer pequeños papeles en el Gymnase, el teatro más de moda de París. En la temporada 1863-64 representó siete papeles diferentes. En abril de 1864 actuó por última vez en el Gymnase y en diciembre de ese año nació su único hijo: Maurice.

Tras dos años en los que su carrera pareció detenerse, la contrataron en el Odeón, el segundo Teatro Nacional de Francia. Aquella fue una época de felicidad: “Sólo pensábamos en nuestras obras. Ensayábamos mañana, tarde y noche. ¡Cómo me gustaba!… No respirábamos más que sueños, ¡no caminábamos!, ¡batíamos las alas!”.

Allí actuó en el Kean de Dumas, una de las obras dramáticas más importantes del siglo XIX. También en las versiones teatrales de dos novelas de George Sand, entonces directora del Odeón. Encarnó a Cordelia en El rey Lear e interpretó su primer papel masculino, el trovador Zanetto de El caminante de François Coppée, que fue un gran éxito. A los veinticuatro años Sarah había llegado donde quería. Era la primera vez que saboreaba la fama.

El cortejo fúnebre de Sarah reunió

alrededor de siscientas mil personas
frente al teatro que llevaba su nombre

Pero el telón cayó para su naciente carrera cuando en julio de 1870 Napoleón III declaró la guerra a Prusia. Los actores fueron llamados a filas y los teatros cerraron sus puertas. Gracias a los esfuerzos de la joven actriz, el Odeón se convirtió en un hospital de convalecencia para los heridos y ella trabajó incansablemente para ayudar a las víctimas.

El 19 de febrero de 1872 y acabada la guerra, el Odeón, ya restaurado, reabrió sus puertas con la esperadísima reposición del Ruy Blas de Víctor Hugo (el dramaturgo había regresado triunfalmente a su país tras veinte años de exilio). Sarah encarnaba a la reina de España, doña María de Neubourg. Su interpretación constituyó un éxito triunfal y la invitaron a regresar a la “Casa de Moliére”. Bernhardt no se lo pensó dos veces: su reaparición fue el 6 de noviembre de 1872 en una obra de Dumas padre. Le siguió una tragedia clásica: Britannicus, donde coincidió con el impresionante actor Jean Mounet-Sully, que iba a ser su atribulado amante durante los dos años siguientes. Juntos creaban magia teatral, aun después de haber fracasado su relación amorosa. El final de 1873 le trajo su consagración como actriz trágica clásica: en verano había obtenido un inmenso éxito en Andrómana de Racine.

El nacimiento de una leyenda

Bernhardt se sentía atraída por la escultura y la pintura y por esa época se hizo con un estudio en Montmartre. Contrató un profesor y comenzó a trabajar “con un entusiasmo frenético”. Los resultados fueron impresionantes y durante 23 años (entre 1874 y 1896) expuso sus obras en el Salón Oficial. El artista Gustav Doré, uno de sus amantes, resultó ser un gran maestro para ella.

Después de actuar en la reposición del Zaire de Voltaire, le llegó uno de los papeles más importantes de su carrera: la Fedra de Racine. Tras el miedo escénico que la paralizaba en las primeras representaciones de papeles importantes, logró remontar y estuvo soberbia. Ese miedo se manifestaba siempre del mismo modo: su voz –de oro– se volvía demasiado aguda, hablaba muy deprisa y enfatizaba las “des” y las “tes”… Como ella misma explicó en su ensayo El arte del teatro: “Hay el miedo que paraliza y el que enloquece. Y en la alternativa, más vale este último. Una hace demasiado, pero al menos hace algo”.

Su escandalosa vida y el éxito que estaba cosechando fascinaban a todos. Tenía poco más de treinta años y ya iba camino de convertirse en una leyenda y un fetiche. A esa edad, se atrevió la actriz a encarnar a una abuela octogenaria, para demostrar que aunque actuase “contra su tipo”, podía apropiarse de la función. A raíz de esta interpretación, escribió el crítico Sarcey: “Una fuerza de la naturaleza, un alma fogosa, una inteligencia maravillosa (…) En pocas palabras: una actriz genial”. Se sucedieron papeles como el de doña Sol, en el Hernani de Víctor Hugo. Después Anfitrión, de Moliére, Mitrídate de Racine…

La “Casa de Moliére” necesitaba urgentes reparaciones y la compañía viajó a Londres en el verano de 1879. La primera noche actuó en Fedra y hubo una ovación como se habían visto pocas en Inglaterra, pero nadie fue tan entusiasta como el joven Oscar Wilde, que quedaría ya prendado de lo que él llamaba el “embrujo de su personalidad”. Doce años después, la actriz volvería a Londres para ensayar su obra Salomé, aunque no pudo estrenarla por problemas de censura.

En abril de 1880 Sarah dimitió de la Comédie, debido a un fracaso en una obra que el director le obligó a estrenar precipitadamente. Entonces comenzó su aventura como actriz-empresaria: Londres, Bruselas, Copenhague, una gira por Francia… y de allí, ¡a Nueva York! En su repertorio, los autores Víctor Hugo, Racine, Dumas hijo… De este último interpretaría por primera vez la obra con la que más se la ha identificado: La Dama de las Camelias.

Hasta entonces había sido un producto inconfundible del Conservatorio y de la Comédie Française. Ahora tenía la oportunidad de ampliar sus horizontes y formar un teatro a su propia imagen. Ella misma se ocupaba del vestuario. Era una maestra en el diseño de vestidos y una estudiosa de la ropa de época. Su debut americano (8 de noviembre de 1880) fue brillante. Los críticos alabaron su apasionada naturalidad y dijeron que su forma de actuar era de una “perfección que desafiaba todo análisis”. Las ciudades se sucedían vertiginosamente y la actriz alquiló un magnífico tren privado para trasladarlos a ella y a su compañía por el país: El “Sarah Bernhardt Special”. Sarah volvería a realizar giras por América en varias ocasiones, la última sería en 1916-1918, durante la Primera Guerra Mundial.

Continuaron los éxitos; Fedora, de Sardou, marcó un hito en su carrera. Se había convertido en la reina del teatro comercial. Alquiló el Teatro Porte Saint-Martin y allí, como actriz-empresaria, produjo e interpretó papeles como el de lady Macbeth y Ofelia, de Shakespeare; Teodora y La Tosca, de Sardou; Juana de Arco… A menudo emprendía largas giras –europeas y americanas– que alternaba con sus estancias en París.

En 1893 vendió el Porte Saint-Martin y compró el pequeño Teatro de la Renaissance, decorado al estilo rococó. Fue productora, directora y actriz en todas las obras que puso en escena durante los cinco años siguientes. Con Lorenzaccio, de Alfred de Musset, logró realizar un sueño. Fue el estreno absoluto de una obra considerada hasta entonces como irrepresentable. Bernhardt estuvo sublime en su papel de Lorenzino de Médicis. Un crítico escribió que había “traspasado la cima de su arte”. Ella sintió que ese arte necesitaba un teatro más grande y cómodo. Así, decidió arrendar el Teatro des Nations, que rebautizó como Teatro Sarah Bernhardt e inauguró en enero de 1899 con una reposición de La Tosca. Sería ya el único de París en que actuaría durante los últimos veintitrés años de su vida.

Por delante de su tiempo

El 20 de mayo del mismo año salió al escenario con una capa y una espada para encarnar nada menos que a Hamlet. Fue la interpretación más controvertida de su larga carrera. “Con frecuencia me han preguntado por qué me gusta tanto representar papeles masculinos, y especialmente, por qué preferí el de Hamlet al de Ofelia”. En realidad no prefiero los papeles masculinos, sino los cerebros masculinos, y entre todos los personajes, el de Hamlet me ha tentado porque es el más original, el más sutil, el más torturado y, sin embargo, el más simple por la unidad de su sueño”.

Después dio vida a un muchacho en L’Aiglon (El Aguilucho) de Edmond Rostand, joven dramaturgo que sería su nueva fuente de inspiración. Tras el triunfal estreno, la actriz se convirtió en una heroína popular. Le siguió La Hechizera, de Sardou (a pesar de que Sarah tenía ya 59 años, podía hacer creer al público que era joven, bella y seductora). Fue Santa Teresa, en una obra de Catulle Mendés y el joven Peleas, de Peleas y Melisandra, de Maeterlinck. Strindberg, Ibsen o Chéjov no aparecían en su repertorio porque estos dramaturgos estaban creando un teatro moderno más allá de los límites que podía concebir la última de las grandes actrices románticas. Ella entregó su corazón y su alma al teatro francés, a la escuela romántica y a sus ideales de belleza. Incansablemente activa, conquistadora, napoleónica… prefirió las heroínas con las que poder exaltarse.

Realizó cuatro “giras de despedida” –como ella las llamaba– por América, siempre arrastrando una pierna, cuya rodilla le dolía terriblemente (se lesionó de niña y mucho después sufrió un accidente actuando en Río de Janeiro). Al final se la amputaron, a petición suya, en 1915. Tras probar, sin éxito, distintas piernas de madera, encargó una silla de manos en la que podían transportarla.

Sarah Bernhard (París, 1844-1923)

Curiosidades


– Dormía a menudo en un ataúd. Decía que lo había comprado para acostumbrarse a la idea de la muerte. Poseía también un cráneo y un esqueleto, al que humorísticamente llamaba “Lázaro”.


– Le encantaba coleccionar animales: tuvo camaleones, monos, pájaros, un león, un cachorro de tigre, un canguro, un lince y un koala.


– En 1914 la nombraron caballero de la Legión de Honor.


Algunos personajes que encarnó


Ofelia, Hamlet, lady Macbeth, Lorenzaccio, Margarita Gautier, Fedra, Andrómaca, Fedora, doña Sol, Cleopatra, la Tosca, Juana de Arco, Peleas, Pierrot… y muchos más.


Filmografía (cine mudo)


El duelo de Hamlet (1900)La Tosca (1908)

Camille (1911)

Isabel, reina de Inglaterra (1912)
Jeanne Doré (1915)

Actuó hasta el final de sus fuerzas -“No te detengas nunca”, decía, “o te morirás”- e incluso fue al frente con un grupo de actores de la Comédie, en 1916. Hizo lecturas, pronunció conferencias y recitó difíciles monólogos. También dio regularmente clases de interpretación en el escenario de su teatro.

Una estudiante inglesa, May Agate, que acudía a sus clases, escribió: “Nadie ha dicho nunca cuán por delante de su tiempo se hallaba. Se ha insistido tanto en su extravagancia que ha acabado pareciéndoles falsa a los que no la han conocido nunca. (…) Su magnetismo personal no era un efecto de relumbrón y calculado. No podemos reprocharle al sol que brille. Aborrecía la pretenciosidad y era regia simplemente porque no podía evitarlo. De hecho, las palabras que estaban en sus labios con mayor frecuencia eran ‘pensamiento’, ‘sinceridad’ y ‘entonación correcta’. La verdad era todo el secreto de su grandeza. (…) Fue la primera en atreverse a predicar la naturalidad en el Teatro Francés y en rechazar la tradición (…)”.

Pero… ¿cómo actuaba realmente Sarah Bernhardt? Es un secreto que no conoceremos nunca, pues aunque nos haya quedado algún documento visual (rodó varias películas mudas), no es posible calibrar el estilo interpretativo de una gran actriz sin haber vivido en su época; siempre lo juzgaremos con los ojos de ahora. Cuando aparecen nuevos actores se les considera más convincentes y “naturales” que a sus predecesores, quizá porque reflejan las actitudes de sus contemporáneos y el público se identifica con ellos. Para que el arte de un actor nos atrape tenemos que creer que su comportamiento pudiera ser el nuestro y que nuestro comportamiento pudiera ser el suyo… El naturalismo ofrece una imagen nueva en cada generación. Todo se hace como con espejos. Sarah creó un estilo que reflejaba los sentimientos, los humores, los temores, los gestos y las inflexiones sociales de su época. Lloraba y se desmayaba porque las mujeres de su época eran dadas a llorar y desmayarse… Y al final de sus días, su interpretación se volvió aún mejor, más sutil, pues como todo gran artista, se había nutrido del bagaje de su propia vida. Jamás quiso inspirar compasión y nunca perdía esa “risa inalterable” que la caracterizó siempre.

Cayó definitivamente enferma mientras ensayaba una obra de Sacha Guitry que no llegó a estrenar, y el 26 de marzo de 1923 murió en brazos de su hijo Maurice. Ninguna mujer en la historia de Francia inspiró nunca semejante explosión de sentimiento. El cortejo fúnebre recorrió la ciudad y se detuvo frente a su teatro. No hubo discursos ante la tumba de la última gran actriz del siglo XIX, pero sí un sentido grito. Procedía de una joven actriz: “¡Los inmortales no mueren!”

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