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Eva Higueras

Mirando una amarillenta fotografía de esta inmensa actriz austriaca –empolvándose en su camerino, preparada para salir al escenario a sus casi noventa años y sonriendo– se puede entender de golpe porque amamos tanto esta profesión. Podemos entenderlo de manera profunda, y no necesitar explicarlo, ni explicárnoslo.

El fantasma –¡uno de tantos!– que ronda la vida de los cómicos, la vejez, no pudo persuadirle para abandonar la escena. Sólo la muerte sería lo bastante convincente.

Tilla Durieux se llamaba en realidad Ottilie Godeffroy, pero adoptó el apellido francés de su abuela debido a que sus padres no apoyaron su carrera como actriz.

Ottilie nació un 18 de agosto de 1880 en Viena. Allí realizó sus estudios de Arte Dramático y debutó con 22 años en Olmütz (República Checa). Luego se trasladó a Breslau y en 1904 fue a Berlín, donde trabajó en el Deutsches Theater hasta 1911. Aquí, en el llamado “Olimpo de los teatros alemanes”, “se creó” como actriz bajo la batuta del director Max Reinhardt.

Pasó después al Lessingtheater, donde permaneció tres años, y donde encarnó, entre otros muchos personajes, a la Circe en la comedia del mismo título de Calderón, y a Lulú, de Frank Wedekind.

En esa época estaba casada con el escritor y galerista alemán Paul Cassirer, su segundo marido (su primer matrimonio con el pintor Eugene Spiro había durado sólo un año). Junto a Reinhardt, Cassirer representó para ella una de las figuras claves en ese período de su vida. Le abrió las puertas al mundo de la pintura, pues tenía un papel destacado en la promoción de obras de impresionistas y postimpresionistas franceses, en particular de Van Gogh y Paul Cézanne. Tras dieciséis años de matrimonio, y en pleno proceso de divorcio, Cassirer murió a consecuencia de un intento de suicidio.

Del Lessingtheater pasó Tilla al Teatro Real y después (en 1919) al Saatstheater.

En 1927 estuvo involucrada en el Piscator-Bühne de Erwin Piscator. Gracias al súbito apoyo financiero de la actriz pudo el director construir su propio teatro y mostrar sus espectáculos político-dramáticos (Piscator era el máximo exponente del teatro de agitación política de los años veinte).

Hasta 1933 actuó en multitud de escenarios alemanes. Tras la llegada al poder del partido nacional-socialista, abandonó Alemania con su tercer marido, un director judío. Se establecieron primero en Suiza y luego en Yugoslavia (1937).

La desgracia de su vida personal siguió persiguiéndola, pues en 1941, cuando los alemanes entraron en Yugoslavia, su marido fue arrestado y enviado a un campo de concentración, donde moriría dos años después.

Su azarosa vida en el Zagreg duró casi dos décadas. Allí fundó y dirigió un hotel, fue asistente de dirección en un teatro de títeres y estuvo unida al movimiento de resistencia yugoslavo. Reunía en su casa a la élite del arte y la cultura y dejó allí una impresionante colección de arte. Actuó como actriz invitada en diversos escenarios de Europa y comenzó también en este largo exilio a escribir sus memorias. Memorias que fueron publicadas a su regreso a Berlín, bajo el título de Una puerta está abierta.

Extrañamente, tras tantos años de ausencia el público alemán no la había olvidado, y al volver, en 1954, retomó con fuerza su carrera artística en los escenarios, en el cine, en la radio y en la televisión. En los “dorados años veinte” había sido una estrella del cine berlinés, y volvió a él, rodando más de treinta películas en la segunda mitad de los 50 y la década de los 60.

Recibió numerosísimos premios y fue nombrada Actriz del Estado (1963) e investida como miembro honorario de la Academia Alemana de las Artes Escénicas (1959).

Además de sus memorias, escribió una novela y un drama (Zagreb 1945), que se estrenó en Lucerna en 1946.

Interpretó a lo largo de su vida personajes de Ibsen, Shakespeare, Roussin, Schiller, Eliot, Wedekind, Haptmann, Anouill, Giradoux, Ionesco, Duras… y un largo etc.

Fue la primera Salomé de Oscar Wilde, y también la primera Eliza Doolittle en Pigmalión, de Bernard Shaw.

Tras una fractura de cadera, murió en Berlín el 21 de febrero de 1971.

Hoy sólo podemos pasear por el Tilla-Durieux Park, junto a la Postdamer Platz de Berlín, o visitar su tumba, o adivinar en esa vieja fotografía amarillenta el rostro que inmortalizaron artistas como Renoir, Orlik, von Stuck o Max Oppenheimer.

Como escribió López Sancho, “Somos aquí precipitados en el olvido. Injustos en la memoria. Frágiles en la admiración (…). Los maestros no son los que gritan, sino quienes mucho hicieron. El arte exige una larga devoción”.

En el cuarenta aniversario de su muerte queremos sacar a Tilla Durieux del Olimpo cómico, y rendirle este pequeño homenaje.

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