Artistas y memoria: Tierra roja, entre otras obras prohibidas

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Ramón Paso


En un panorama teatral como el español, que lleva tanto tiempo copiando, huyendo de la renovación como si de la peste se tratase y confundiendo lo moderno con lo que está de moda, voces como las de Jardiel, Arrabal o Sastre, se hacen dolorosamente imprescindibles. No es que no haya más, que las hay, es que estas tres se demuestran trascendentes por la vigencia de los temas que tratan. Es el ejemplo de Alfonso Sastre, nacido en Madrid en 1926 y enfrentado a la censura y al franquismo desde el principio de su carrera. Sastre es autor de obras tan importantes como Escuadra hacia la muerte, La mordaza o La taberna fantástica, y, además, es uno de los pocos dramaturgos que ha trasladado al teatro español los modelos brechtianos. Lo cual ya es un mérito en sí mismo, porque un país que prescinde de Brecht es un país imbécil. En un momento en el que la cultura, más que nunca, tiene que aceptar un compromiso social –a riesgo de dejar de existir de no hacerlo, aniquilada por IVA’s y por un ministro que de cultura sólo sabe que no le interesa– es bueno recordar las obras de Sastre. Y entre ellas, Tierra roja, prohibida por el franquismo y, después, condenada al olvido por la democracia.

Tierra roja es una tragedia social que cuenta el horror de un pueblo dedicado a la minería y que vive en un constante estado de chantaje propiciado por los patronos de la mina. Con la llegada de un joven idealista al yacimiento, los mineros encuentran la fuerza que creían haber perdido y consiguen rebelarse contra sus amos. Se trata de una rebelión ingenua, porque todos los actos de heroísmo tienen un deje de inocencia, y es una rebelión que termina con la Guardia Civil manchándose las manos de sangre por unos intereses que nunca son los suyos, pero que siempre defienden con uñas y dientes. Así que, al final, mientras los patronos, los señoritos y los jefes se quedan en casa, la revuelta se convierte en una batalla campal entre los mineros y un atajo de funcionarios armados, reforzados por algunas manadas de pistoleros a sueldo. Y esto lo escribió Sastre en 1954. Su edición más importante corre a cargo de la editorial Hiru, y, recientemente, la ha vuelto a poner en circulación el diario Público en su colección de lecturas prohibidas por el Franquismo.

1954 o 2012. Da igual. No se sabe por qué, pero al poder establecido, los mineros siempre le dan mucho miedo. Sea franquista o marianista. En la obra de Sastre, los mineros tienen que luchar por lo más básico: el derecho a ser tratados como personas y no como partes de una maquinaria económica que, cuando ya no sirven, son desechadas sin ningún tipo de escrúpulo. En la actualidad, los mineros han tenido que marchar hasta Madrid para, a principios de julio, volver a enfrentarse a esas bandas armadas –antidisturbios– contratadas por el Gobierno y subvencionadas por los ciudadanos. Como siempre, no pedían otra cosa que el derecho a ganarse la vida con dignidad. Sastre denunciaba en Tierra roja que los mineros, al jubilarse, perdían su casa, que pasaba a ser propiedad del patrón. Ahora, si los mineros pierden su trabajo, otra vez será el patrón el que se quede con sus casas, sólo que hoy ese patrón se llama “banco” y es más despiadado que nunca.

Juventud, esperanza

Sastre cifra sus esperanzas de un futuro mejor en la juventud, que debería ser la fuerza que impulsara las reformas necesarias para recuperar un verdadero contrato social. Ahora mismo, con el movimiento 15M en la calle y con todas esas organizaciones, muchas veces de corte juvenil, parece que la esperanza de Sastre está próxima a cumplirse. Sobre todo, si esos movimientos hacen honor a su nombre y empiezan a moverse en una dirección concreta, aceptando, además, la necesidad de reconocer líderes. La energía está en la calle, como lo estaba en la mina en Tierra roja, y como lo estaba en Madrid cuando los mineros se enfrentaron a los antidisturbios. Ahora lo imprescindible es hacer algo con esa energía. La única opción viable que conserve los principios democráticos que todos deberíamos defender es concretarse en un partido político que se rebele contra las fórmulas de gobierno que hasta ahora conocemos. Un partido que recuerde que el poder es un préstamo, y el Estado, la unión de todas las personas que viven en él, y no una empresa privada. Los países no deberían preocuparse de tener beneficios, sino de que vivir en ellos sea posible.

2012 es el año de la rebelión. Como también lo va a tener que ser el 2013, si no cambian las cosas. No rebelión contra los políticos, como se dice por ahí, que para algo nosotros les hemos puesto donde están, sino rebelión para que la Constitución se reforme y sirva de escudo al trabajador y no de látigo al patrón; rebelión para que los programas electorales se cumplan y de no permitirlo las circunstancias, llevar las propuestas a referéndum; rebelión para que la diputada Fabra se joda ella misma y deje de joder a los demás; rebelión para que el PP no crea que la Seguridad Social es su empresa privada; rebelión contra los bancos, para quitarles ese poder que nadie les ha dado y que ellos se han encargado de robar; rebelión contra el neofascismo económico de la señora Merkel, que es la que tira de la correa del presidente Rajoy… Rebelión y Tierra roja…

Primero, resistencia; y ahora que ya hemos resistido bastante: rebelión.

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