José Manuel Cervino, Premio de la Unión de Actores al mejor actor de reparto

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Ada del Moral

Tiene en la voz un ronroneo fiero y una retranca propia de quien mide las palabras con buen gusto. Corredor de fondo, heredero de los pesos pesados del cine clásico y de los héroes de nuestro teatro que han nutrido su vida de trabajador y aventurero, es decir, de cómico desde la piel hasta el alma, ha enriquecido la escena y el mismo vocabulario con su propio nombre. Así, esta palabra insólita designa a un tipo enjuto, tierno, cetrino, de risa bronca que le aligera la densidad de la mirada, con un halo tragicómico, despierto y ensimismado, una pizquita chuleta, de gestos elegantes y precisos que estallan en algún pronto tremebundo y van a refugiarse a un interior sencillo, cálido y repleto de complejidades.

Actores.- ¿Dónde empezó tu gusanillo por la interpretación?

José Manuel Cervino.- Estaba en el Instituto haciendo el PREU e hicimos un grupo de teatro. Montábamos Escuadrón hacia la muerte y otras cosas que nos iban saliendo. Como estudiante y adolescente no era ni malo ni bueno, aunque quizás sí fuera diferente por mis gustos.

A.- ¿Quién te dio la alternativa?

JMC.- Hice una función con el TEU pero hubo una especie de disidencia y montamos el grupo El Tinglado. Nos fuimos al Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife y allí representé muchas comedias, las dirigí y las interpreté y un día alguien le habló de mi a Tamayo y él me propuso venir a Madrid a hacer un papel, que no hice. Me fui otra vez a las islas y regresé para trabajar en la compañía Lope de Vega en teatro clásico, es decir, de pie. Porque en los textos clásicos siempre se trabaja de pie, salvo si eres el Rey. ¡Quería hacer una obra sentado! Y no lo conseguí. Llegó un momento en el que me llamaron para el cine y todo era continuado. Siempre he sido un gran aficionado al cine. Me tragaba todas las sesiones, hacía verdaderas “tournés” cinematográficas.

filmografía destacada

– Pierna creciente, falda menguante (1970)
– Siete días de enero (1979)
– El crimen de Cuenca (1980)
– Navajeros (1980)
– Gary Cooper, que estás en los cielos (1980)
– Maravillas (1981)
– El Crack (1981)
– El Crack II (1983)
– El pico (1983)
– Últimas tardes con Teresa (1984)
– No se lo digas a nadie (1985)
– La guerra de los locos (1987)
– Lute: camina o revienta (1987)
– Lola, la película (2007)
– Las 13 rosas (2007)
– El prado de las estrellas (2007)
– Dos billetes (2008)

A.- En cine casi nunca has intervenido en una comedia.

JMC.- Eso en España nunca, ni en España, ni creo que ninguna parte. Mi papel en La guerra de los locos era dramático y me lo planteé como si fuera cómico porque la trama iba de unos locos que se unían a unos makis… En cine es verdad que no me han cogido para muchas. Pero sí hice, ya sentado, comedias y luego una revista de café teatro donde hacía de “toy boy”. Era un híbrido divertido.

La primera vez que trabajé en cine fue con Javier Aguirre en un papelito de Falda menguante, pierna creciente. Más tarde me llamó García Sánchez para hacer, extrañamente, de policía…

A.- Han tenido querencia endosarte papeles de polis y guardias civiles…

JMC.- Porque lo tengo hecho. Hay una anécdota que se refiere a esto. Falla el “Don Juan” en el teatro y cuando preguntan a quien llaman, pues a Pepito, “que lo tiene hecho”. Es menos trabajo. Pero mis mejores papeles no han sido de policía. Aunque no me gusta hablar de mis personajes. Nunca estoy satisfecho de mi trabajo y cuando veo películas de hace 20 años pienso: “Ese papel ahora quizás lo haría bien”.

A.- ¿Ser actor tiene más de arte o de oficio?

JMC.- Es un oficio pero existen algunos actores que llegan a hacer arte del mismo modo que esos cantantes que, en vez de repetir el bolero de turno, lo hacen suyo de tal manera que parece que acaban de inventarlo o que está escrito para ellos. La interpretación es un arte efímero porque se produce, se ve, pero no queda como puede pasar con un libro o un cuadro. Es la única profesión donde hay que tener aceptación en vida. Nunca sucede como con los pintores o escritores que mueren y, de pronto, los descubren. Eso no pasa con los actores. Y casi todos los que se han recuperado han tenido éxito en la vida. Es casi imposible que un actor sea descubierto a los veinte años de su muerte.

A.- Te consagraste en cine en los estertores del franquismo…

JMC.- Todo surge a raíz de un papel de responsabilidad que me dio Juan Antonio Bardem en Siete días de enero. A raíz de aquel papel se produjo la llamada de Eloy y la de otros directores.

A.- Siempre has sido un hombre comprometido con su tiempo y su sociedad pero jamás has supeditado el arte a la ideología… en esa corriente, a menudo traicionera, denominada “arte social”…

JMC.- Eso no es “arte social” sino militante y la militancia se ejerce contando la verdad o tú verdad. En mi caso ha sido un azar o una casualidad en el trabajo. Porque el actor rara vez puede elegir, te llaman para hacer una cosa prediseñada que encaja más o menos contigo pero no eres el responsable último del mensaje. Aunque puedes darle tu propio punto de vista, incluso al margen de la película, como me sucedió en El pico, de Eloy de la Iglesia, donde no estaba de acuerdo con el papel del padre, cosa que enfada bastante a Eloy. Yo insistía en que era un buen tipo que intentaba salvar a su hijo del desastre. Busco que cada personaje sea radicalmente distinto del siguiente. Al final, lo que sí he logrado es que no se me conozca de una película a otra. Cuando fui al estreno de Mararía de Bethancort, los actores salimos a tomar una copa y les felicitaban a todos excepto a mí y comenté que debía estar fatal, entonces me dijeron que la gente… ¡no me reconocía!

A.- ¿Como testigo privilegiado de tu profesión qué puedes decir…?

JMC.- La profesión ha crecido mucho y un buen número de directores no conocen a los actores porque no van al teatro ni ven películas. El director suele elegir. Acabo de terminar El prado de las estrellas con que eligió los papeles principales. Nunca he hecho un casting, mi muestra son mis películas como Las 13 rosas, por ejemplo. Tampoco me gusta hablar de premios, el premio de verdad es que mi trabajo guste al público.

Empecé en la transición donde el cine apuntaba a una serie de cosas interesantes. No soy un estudioso pero me parece que el cine español, a diferencia del francés o el alemán, tiene una cosa que lo hace muy atractivo: la variedad de temas. Ves una película alemana o francesa y tienen un estilo determinado pero en el cine español, hay tantas maneras de ver la vida como creadores. Por eso cada película es distinta.

A.- Pero a veces, sobre todo en la televisión, no se ve la realidad.

JMC.- La televisión ha creado su realidad paralela sin nada que ver con el mundo real. Yo he intervenido en Brigada central, El obispo leproso o Entre naranjos que eran películas largas, de trece capítulos y con un planteamiento distinto en todos sus niveles a las series de comedias.

A.- ¿Y qué me dices de la importancia de los festivales?

JMC.- Los festivales son estupendos para mostrar el cine y sus distintas cinematografías. Los más completos e interesantes a mi juicio son San Sebastián, la Seminci, Málaga y el de las Palmas, que busca cinematografías exóticas que, debido a la distribución no llegan al público en general. Los canarios descendemos de los barcos. Allí ha llegado todo el mundo y eso se refleja en el festival, muy internacionalista…

A.- Las cinematografías que acoge tienen mucho éxito…

JMC.- Son distintas, te enseñan cosas, visiones de la realidad que desconocías, ritmos, estéticas… Caramel, de Nadine Labaki, es un buen ejemplo pero muchas veces, en esos países, no hay cinematografía; sólo gente que hace cine. Cuatro meses, tres semanas y dos días es otra obra muy interesante sobre la terrible situación de las mujeres en la Rumania de Ceaucescu.

A.- Volviendo al tema canario, no te queda de ese dulce acento ni una hebra.

JMC.- Nací cuando gobernaba “aquel hombre” y no se podía hacer teatro si no tenías la lengua del Imperio. Así, cuando hacía teatro no profesional ya hablábamos con un acento de castellano normativo, un acento neutro; recuerdo que cuando se inauguró la emisora de radio nacional de España en Canarias, Fraga, el ministro de información y turismo, que sigue más o menos vivo, dijo: “Esta emisora se inaugura para que se escuche el dulce fonema de las islas” y, a continuación, apareció un señor hablando con un perfecto acento peninsular normal. En cuanto a la fama de parcos y de ácido humor es natural: somos del norte de África y las diferencias de carácter se notan entre norte y sur.

A.- Unas palabras para quienes se están haciendo el camino…

JMC.- No doy consejos. Lo que sí puedo asegurar es que la proliferación de escuelas se debe a la escasez de trabajo; en ellas, los actores creen que se forman pero la mejor formación es la relación con el público y el trabajo donde estás con todo tipo de actores que te enseñan como hicieron conmigo Bruguera, Rodero y otros, hace no tanto, sólo 40 años. Los jóvenes de entonces nos quedábamos viendo sus escenas, ellos te corregían y así ibas aprendiendo el oficio.

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