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Si no tienes afición te cansas. Y ahora más, con la cantidad de actores que hay”

Rosa Torres


¿Cómo entras en relación con el mundo del teatro?

Asunción Balaguer.- Gracias al apoyo de mi madre. Ella vio que en el instituto el profesor de literatura siempre me llamaba a mí para recitar los poemas, porque en aquella época se estudiaba mucha poesía. Y a mí me gustaba mucho también porque en mi casa leía poesías y mis juegos eran recitar poemas y cantar cuplés (risas). Además, cuando la guerra, tuvimos en casa un señor escondido. Estaban los rojos y él era monárquico. Se quedó una temporada para luego poder huir de Barcelona, sí… Y entonces vio que a mí me gustaba hacer cosas y nos escribió una obra de teatro, y la hicimos entre mis dos hermanos y una vecina de arriba. La montamos y la representamos. Entonces teníamos un salón muy grande y la habitación de mis padres se abría con unas puertas al salón y aquello era el escenario. A mí me dieron el primer papel, ¡claro! A ver… Dña. Cocola. Me acuerdo siempre (risas).

A.- ¿Cómo se produce el salto de Dña. Cocola al Instituto del Teatro?

AB.- El padre de mi madre fue director de la fábrica de Beltrán i Serra y lo querían mucho, era un hombre muy honrado. Y entonces el que era el dueño, Don Eusebio Beltrán i Serra, ayudaba a los que querían ser, sobre todo, cantantes. Porque él quería ser cantante y no pudo. Tanto es así que él protegió a la Caballé, a Montserrat Caballé, sí, sí… al principio. Bueno, entonces mi madre fue para ver si me podían ayudar para meterme en el Instituto del Teatro de Barcelona. Consiguió que me dieran un dinero mensual, 700 pesetas, que en aquella época estaba muy bien, y yo ya me mantenía, tenía trece años. Aparte de esto daba clases de baile, de danza y de canto. Vamos, que les estoy muy agradecida porque cumplieron; gracias a ellos pude estudiar, la verdad.

A.- Y entras en el Instituto del Teatro…

AB.- Sí. En el Instituto del Teatro me encontré con Marta Grau, que era una profesora maravillosa; al año siguiente entró Lola Bautista también. De director estaba Díaz-Plaja, que nos daba clases de literatura, y luego un pintor de Sitges, Arturo Carbonell, que tiene calle en Sitges, un hombre maravilloso. Al final de curso montamos con Marta Grau una obra de teatro. Ese primer año hicimos La Discreta Enamorada, de Lope de Vega. Marta Grau (era la madre), Marta Santaolalla (era su hija) y yo hacía de “la Gerarda”, que era la casquivana. Con trece años… ¡imagínate! Me tenía que acercar a los chicos y eso me daba una vergüenza…

A.- Pero subes al escenario…

AB.- Uy… me impresionó. Porque claro, los hijos de los actores, como mis hijos por ejemplo, estaban acostumbrados a los ensayos, y no les impresionaba el escenario. Sin embargo, la primera vez que yo pisé un escenario me pareció sobrecogedor. Pensé: ¿ahora me voy a presentar aquí delante del público?, ¿cómo lo voy a hacer? Todavía a mis 86 años me impresiona el primer paso que doy al escenario. Antes de empezar empiezo a toser, a mover los pies así como a escarbar… Fíjate, como los perros o como los caballos… yo no sé. Y veo a mis compañeros en el escenario y digo: ¿voy a estar como ellos? Yo no lo podré hacer… Pero en cuanto pongo el pie ya disfruto. Ya me creo ese personaje y ya va todo. Lo importante es saberte el texto. Es importante para poderlo jugar. Y afortunadamente, de momento, tengo memoria. Tenía menos memoria cuando era joven, fíjate.

A.- ¿Y la primera experiencia profesional?

AB.- Me llamaron antes de terminar el Instituto del Teatro; cuando había terminado el segundo año me vinieron a buscar porque en aquella época no había tanta gente a la que le gustara hacer teatro, ni que se lanzaran a ello porque… imagínate… para mi familia fue un hito. Mi padre ya se había muerto, a mis hermanos no les gustaba, pero mi madre sí me apoyó. Me acuerdo que lo primero que gané fueron 80 pesetas diarias, y yo decía: pero si lo estoy pasando tan bien y encima me pagan. Trabajamos en Barcelona, en el Teatro Barcelona. Me dieron una joven dramática y luego ya la protagonista de una obra que se llamaba Militares y Paisanos, de Emilio Mario. Y entonces salimos de provincias y, precisamente en Lorca (la tierra de Paco), les mordió un perro rabioso y se pusieron muy enfermos porque en aquella época la rabia era normal. Se disolvió la compañía y volvimos a Barcelona. Y entonces mis hermanos ya empezaron a decir: pero por qué eres actriz. Y dejé el teatro. Me metí en la universidad. Me metí en Filosofía y Letras, que era lo mío. Y me gustaba. Tuve muy buenos compañeros, me aprobaron todo, pero mi madre empezó a decir: Ay, que tienes que tener novio, que ya estás para casarte. Esas cosas de aquella época. Y al final me acabé quedando un año en casa, sin estudiar, sin nada… Y me aburrí soberanamente.

A.- ¿Dejaste el teatro? ¿Y cuando te reenganchas?

AB.- Una amiga de mi madre se iba a Madrid y me dijo si quería ir con ella, que estaba Aurora Bautista en el Español y que podíamos ir a verla. Fuimos a verla y en su camerino estaba el bailarín José de Udaeta: Oye, ¿quieres hacer teatro? Tamayo está buscando una chica joven para hacer el Corpus de Granada… si quieres te lo presento. Y le dije que sí, la verdad, sí, sí, sí… yo no soy para estar en mi casa. Me lo presentó en el Hotel Asturias, y desde entonces, cada vez que paso por allí me acuerdo de él. Le recité un poema de Alfonsina Storni, todo dramático. Bueno, pues te voy a escribir para mandarte el contrato para que vengas el Corpus a Granada, repuso. Y sí, sí… me llamó.

A.- ¿Y ahí es donde empieza tu andadura en el embrión de lo que luego sería la Lope de Vega?

AB.- Hicimos un Auto Sacramental en la Catedral y Sueño de una noche de verano en la Alhambra, en el palacio Carlos V. Fíjate con todo estudiantes, lo pasé bomba. Éramos todos de la misma edad… me llevaban de copas, a los toros, lo pasé muy bien. Estaba Maruchi Fresno, estaban los Viudes… Y entonces Tamayo me dijo que iba a ser profesional la próxima temporada, que si quería enrolarme, y le dije que sí. Y ahí fue ya donde arranqué. Despegué. Tamayo me dio papeles muy bonitos… Al principio no tuvimos mucho éxito, y eso que estaba Enrique Guitar, que era muy buen actor, la verdad. Pero Tamayo se reestructuró, cogió un representante estupendo, puso a Carlos Lemos y a Mari Carmen Díaz de Mendoza. Ensayamos Otelo y debutamos en Zaragoza. Mari Carmen tenía mi misma edad, preciosa, rubia… Era una Desdémona impresionante. Y Carlos con todo su temperamento… un éxito. Hicimos una temporada fantástica y ya arrancó la Lope de Vega por toda España.

A.- Y en la Lope de Vega es donde conoces a Paco…

AB.- Sí. Paco entró en la segunda temporada. Al principio no me fijé en él más que como compañero. Éramos todos de la misma edad y como tenía tantos hermanos los trataba a todos como familia. Al final de la temporada hicimos Plaza de Oriente, de Joaquín Calvo Sotelo, y Paco decía dos frases. Hacía de Pollopera, con Rafaela Aparicio, que era la carabina, y dos muchachitas que eran comparsas. Y destacaba. Siempre cuando terminábamos la obra, decían: Uy, el que me ha gustado ha sido el Pollopera. Tenía dos frases pero se fijaban por la voz, por la gracia… se fijaban en él, siempre. Así que Tamayo se dio cuenta y empezó a darle más papeles. Nos hicimos novios en un viaje a las bodas del Califa, a hacer Otelo. Yo llevaba carabina y en Córdoba me faltó al respeto delante de todos. Me levanté de la mesa avergonzada y me fui. Y entonces Paco se levantó, fue el único de todos, y me dijo: ¿Quieres bailar? Y bailamos toda la noche. Después seguimos camino en autobús. Claro, en aquella época íbamos por orden: Carlos Lemos delante, don Alfonso Muñoz, yo detrás… O sea, íbamos por orden de categoría, pero como Paco era así, cogió un asientito supletorio que había y me dijo: ¿Me puedo sentar aquí en el transportín, contigo? Respondí que sí y pasamos toda la noche hablando. Y Carlos Lemos se volvió y nos regañó: A ver si os calláis de una vez porque cuando habla Asunción… menos mal que tiene la voz dulce, pero cuando habla Paco… con ese vozarrón no puedo dormir. Si es para casaros, muy bien. Y nos quedamos los dos mirándonos, pero ¿por qué vamos a casarnos? Pero que estamos hablando como amigos… pues sí. Volvimos a coincidir en el barco de regreso. A la vuelta ya me gustaba. Y un tiempo después fue el amor loco. A Paco le gustaba mucho el cine, el teatro también, en teatro era maravilloso, pero tenía más interés por el cine. Y quedamos en que se quedaría en España y yo me iría a América con Tamayo. Si le iba bien a él yo me vendría y si le iba mal, pues se vendría con nosotros en la compañía. Así quedamos. Y carta diaria, y llanto por aquí y llanto por allí… total que le fue bien, además vino la Guerra de Corea, yo me asusté muchísimo, me empecé a preguntar que hacía yo allí sola… Y ya quedamos en que si él hacía una película, Luna de sangre, me llamaría y me volvería. Y sí, la hizo, le contrataron y entonces dejé la compañía. Sí. Y Tamayo se portó muy bien. Eso era octubre y en enero nos casamos. Y seguí trabajando. Hice teatro hasta que nació Teresa. Estando embarazada de 6 meses hacía Antígona en catalán y me tiraba por las escaleras y mis cuñadas que vinieron a verme decían: Ay, ¿qué has hecho?¿Qué has hecho? ¡Qué barbaridad! Y yo pensaba que no pasaba nada, si estaba acostumbrada. Me sabía tirar. Y luego, cuando nació la niña, Teresa, preciosa, ya lo dejé. Aunque nunca me descolgué del todo.

A.- Lo cuentas y suena fácil pero…

AB.- Trabajábamos muchísimo. Entre temporada y temporada parábamos ocho días sólo y trabajábamos tres y cuatro funciones diarias. Muchísimo. Y viajábamos continuamente y en qué trenes… esos que cuenta Fernán Gómez que no sé si se queda corto porque llegábamos negros de hollín y luego a hacer de reina y a lo mejor sin dormir… Pero lo pasábamos muy bien también y aprendimos mucho porque Carlos Lemos y Alfonso Muñoz nos enseñaban a toda la juventud. Eran muy generosos.

A.- ¿Qué es actuar?

AB.- En francés lo dicen muy bien, “jouer”. Estamos jugando, jugando a ser otras personas y no está nada mal porque te enseña mucho sobre el ser humano. Cada personaje lo puedes hacer de distintas formas. Tienes que buscar tu sitio, tu canal por dónde hacerlo mejor. Hay tantas satisfacciones y lo pasas tan bien trabajando, te comunicas tan bien con tus compañeros… Yo por eso si volviera a nacer, volvería a ser actriz. Sin pensarlo. Sí, sin pensarlo.

A.- ¿Cómo te enfrentas a un personaje?

AB.- Pues mira, a mí me ayuda mucho la pintura, la literatura… Si vas a una exposición ves retratos de reyes, de mujeres de la vida… Por ahí puedes empezar a construir un personaje. ­

Te enseña muchísimo la pintura, la composición de los grupos, los trajes… Cada época tiene una colocación de manos distinta… Y, fíjate, haciendo la nodriza de Casa de Muñecas, que es un papel que parece intrascendente pero es el que le da la pista a Nora, me dio la idea de cómo hacer un pasaje de un libro de Carmen Laforet. Luego también me ayuda mucho buscar a alguien que me sirva de modelo. Si por ejemplo del texto se traduce que el personaje es de una forma, busco alguien de referencia para poderme afianzar en eso. Para que sea verdad para mí, que yo me lo crea. Porque si no me lo creo soy muy mala actriz. Soy horrorosa (risas).

A.- ¿El secreto del éxito?

AB.- Paco siempre decía que hay que estar preparado para cuando llegue la ocasión, porque esto es eventual, para poder pillarla. Porque la ocasión siempre llega. Hay a quien le llega mayor y hay a quien le llega muy pronto… Pero hay que seguir estando. Paco se metió en el cine de electricista. Sí, de eléctrico. Claro. Para poder entrar en los estudios de cine aunque ya había hecho teatro… Y se leía todos los guiones que veía. Si veía un personaje de un botones o uno que llevaba un ramo de flores o lo que fuera, se lo pedía al de producción. Un día sustituyó a Fernando Rey en luces y entonces Rafael Gil lo vio y dijo: Mira este chico que tiene cara de paleto, le vamos a dar un papel. Y guapo era, pero hay que estar en el mundo, estar alrededor. Si te gusta, estate alrededor. Aunque sean papeles pequeños. Por ejemplo, por un papel de un día, me vieron y me salió una película, El largo invierno, de Jaime Camino. Tenía a Jean Rochefort a un lado y a Vittorio Gassman al otro. ¿Tú sabes lo que es tener a Jean Rochefort y a Vittorio Gassman al lado?

Y luego yo añadiría que es necesario tener mucha afición, y que no te importe hacer papeles pequeños, que te conozcan. Yo lo he hecho. Si no tienes afición te cansas. Y ahora más, con la cantidad de actores que hay… Encuentro que se debería regularizar un poco la situación. Exigir unos mínimos de estudios, de práctica. Que en aquella época nosotros teníamos que hacer prácticas. Todos entrábamos como meritorios aprendices. Sí, antes había menos gente que se dedicaba al teatro.

A.- No paras: apadrinas festivales de cortometrajes, preparas con El Brujo un monólogo sobre tu vida, la serie Gran Hotel. ¿A qué teme Asunción Balaguer?

AB.- Pues mira, la gente dice que a la muerte. Yo no temo mucho a la muerte. Me da miedo no sentirme bien y no poder hacer lo que hago ahora. La muerte no mucho, porque lo tengo aquí (poniendo su mano a unos centímetros de su cara), aún no tengo noventa pero me quedan cuatro. Pero he sido muy valiente, yo creo. Y espero seguir siéndolo.

A.- Enhorabuena por el Premio Toda una Vida…

AB.- Ay… sí. Fue muy emocionante. Recordaba que a Paco también se lo dieron y que le emocionó muchísimo también. ¿Cómo no me va a emocionar si los actores para mí son como mi otra familia? Estoy muy agradecida. Deseo que la Unión de Actores siga para delante, trabajando. Que yo creo que podemos ser nosotros los que demos la pauta a lo que tiene que venir porque tiene que ser un mundo más de afectos, de solidaridad, y no este mundo del dinero. Que en el teatro, siempre ha sido así, la gente es más libre, más compresiva y tolerante, y yo creo que es porque trabajamos con la cultura, con el corazón, natural. Lo que es la vida, natural.

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