Entrevista : Gerardo Malla

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“El enemigo es muy zorro, no le demos lo que está esperando”

Juan Vinuesa


El perro del hortelano 1962.

El perro del hortelano 1962.

Yo me bajo en la próxima…

Las bicicletas son para el verano.

Gerardo Maya.

Su mirada es tan reflexiva como sus palabras. El pináculo del arte dramático español lleva su nombre en buena parte gracias a éxitos memorables como La taberna fantástica o las decenas de personajes interpretados en Estudio 1, Novela o Ficciones. Pero a pesar de su larga experiencia vital y profesional no se conforma: “aún me queda alguna espina”, dice con los ojos colmados de anhelo. La ilusión por vivir y descubrir nuevas vías la muestra con detalles como su reciente admiración por el fútbol, tras obviarlo durante décadas o el montaje de su último trabajo: La familia de Pascual Duarte, un proyecto que puede calificarse de muchas maneras, menos de acomodaticio. Tal y como ha sido su vida. Tal y como ilustran sus palabras.

Actores.- Hay hechos que marcan el comienzo de la carrera de un artista… ¿Es cierto que en su caso tuvo más que ver con un compromiso político que artístico?

Gerardo Malla.- Podría decirse así, pero porque ambos estaban relacionados. Yo nací en 1936, el año en que estalló la guerra y ya lo hice indignado, bien indignado. No es necesario hablar de esos tiempos pues están muy sabidos y, en mi caso, vividos. Era de clase humilde y no sabía qué quería ser, pero sí qué no quería ser, porque esa España te abocaba a saber qué no querías. Entonces, soy de esa generación a la que el cine salvó; era mi vía de escape para huir de la realidad, el único sitio donde era feliz. Con los años fui perfilando la idea de dedicarme al cine y los intentos de profundizar en este arte me llevaron al teatro. Y sí, así comencé mi carrera.

A.- ¿Cuáles eran las vías a las que un aspirante a artista podía recurrir?

GM.- En mi caso, me matriculé en lo que entonces se llamaba Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas y ahí fui descubriendo que la mejor escuela para un actor era el teatro. Me encaminé hacia él y debuté, sin darme cuenta, en el Teatro Español con 19 años. A partir de entonces empieza mi carrera y unos caminos derivan hacia otros y eso me lleva a adquirir un compromiso más activo con el arte. En mi profesión no valía ser todo: había un teatro que no se podía hacer, pero otro que sí se debía hacer.

A.- Debido a esa dura época… ¿reinaba el lastre creativo?

GM.- Sí, pero es cierto que había un excelente fermento que era el entusiasmo por hacer cosas. El teatro tenía un nivel decepcionante en cuanto a ciertos textos y era muy de consumo, pero había un potencial enorme en cuanto a actores. Por aquel entonces, yo no les consideraba grandes actores pero, con el tiempo, he aprendido a darme cuenta de la magnitud de su talento. Todo estaba emborronado por una época muy dura que se suavizó, se volvió a endurecer bajo otro código y, ahora, parece que por fin despierta.

A.- “Por fin despierta”, dice…

GM.- Me refiero al movimiento del 15 de Mayo que, en algunos sitios, se ha generalizado y mal. Es un movimiento claro de izquierdas en el sentido de no estar conforme con la sociedad que tenemos. La importancia que ha tenido es haber conectado con algo que una parte importante de este país piensa y ha pensado durante mucho tiempo, y el 15M lo ha escenificado a través de una protesta mucho más amplia de lo que los medios de comunicación han contado. No hay que escandalizarse: si se atiende a una de sus máximas, “lo llaman democracia y no lo es”, está claro. Sólo hay que coger la Constitución o la Ley electoral para ver que esto no es una democracia. Son verdades aplastantes y hace falta mucha picaresca, mentira y traición a principios básicos para tratar de pasar como algo extraño lo que no es extraño. ¿Se cumple la Constitución? No. Lo que dice la Ley electoral, ¿se hace? Simplemente, se está haciendo pasar por verdad lo que no lo es. Todo lo que sirva para clarificar cosas ayuda y este movimiento quita mucha polilla. Antes decía que nací indignado, pues ahora soy un anciano indignado y aparece el 15M y a ver a dónde nos lleva, sí, pero yo me siento integrado ahí.

A.- ¿Cree que el camino tomado por el movimiento es el adecuado?

GM.- De momento, sí. Espero que no se cometan errores porque, hasta ahora, se está actuando con inteligencia. No usar la violencia cuando lo que a uno le surge es enfadarse está muy bien, pero que los pasos que se den sean en ese camino, porque el enemigo es muy astuto y muy zorro. No le demos lo que está esperando y usemos la inteligencia. Una inteligencia que, en la época de la transición y la anterior, hacía que fuese muy difícil comulgar con ambos periodos. Pero repito: era otro tiempo en el que, artísticamente, también había cosas muy válidas.

A.- ¿Algo de lo que el panorama teatral carezca actualmente?

GM.- Había una idea que no ha desaparecido pero sí diluido y es fundamental: la del maestro, esa figura de quien se aprende. Yo tuve la suerte de que, muy al comienzo de mi carrera, empecé a darme cuenta de donde estaba lo que me parecía lo mejor del teatro. Primero ingresé en la compañía de Nuria Espert. Nuria era un gran ser de teatro, una mujer rara, extraña, llena de interés y muy rica. Una muy buena referencia a la que agarrarme. Y, después, Adolfo Marsillach, que representaba una exigencia mayor en los textos y la dirección. En aquella época estaba un señor al que la historia del teatro le debe mucho y con el que yo debuté: José Tamayo. Ahora, con el tiempo, te das cuenta de que los grandes títulos de muchísimos años los trajo Tamayo. Gracias a estos profesionales he podido tomar una línea recta para luego desviarme por donde desease. Y fue, entonces, cuando llegó la idea de la dirección.

A.- ¿Qué le hizo saltar de un campo a otro?

GM.- Todas las personas que me han ayudado o marcado en mis inicios han terminado dirigiendo. Es un camino lógico, como el que lleva a la escritura que, en mi caso, llegó con el texto “El derribo”. Vas aprendiendo asignaturas que son complementarias unas de otras, al igual que cuando fundamos Pentación. Ser actor es complementario de ser director, autor o productor. Lo mismo ocurre con los diferentes medios o códigos. Se aprende de todos. Yo, por ejemplo, en esa primera etapa hice mucha televisión. Y bueno…

A.- No se le ve muy convencido…

GM.- Ese medio me ha llevado a tener una cierta animadversión hacia él en su conjunto, descartando, por supuesto, las excepciones que existen. Tengamos cuidado con recordar el pasado, pues por ejemplo hay una falsa nostalgia sobre los Estudio 1. Parece que eran maravillosos y no todos eran así. Pero sí es cierto que había un rigor o un trabajo sobre textos de calidad que hoy en día escasean en la televisión. Hubo un señor que llegó a la televisión y allí se dieron cuenta del enorme talento que poseía y le ofrecieron unas condiciones que, por aquel entonces, no se otorgaban a nadie: los Estudios 1 se grababan en tres o cuatro días y a él le dieron doce. Hablo del tristemente desaparecido Claudio Guerin. Un genio que me hace guardar buen recuerdo de aquella televisión.

A.- La sociedad va a una velocidad vertiginosa, ¿es más difícil hoy en día encontrar la creación por encima del producto televisivo?

GM.- Creo que también hay cosas estupendas, lo que pasa es que hay que distinguir de qué tipo de televisión hablamos. Cuidado con el machaque actoral de “toma el guión de tres episodios y en dos días los grabas”. Cuidado con la gente que manda eso, porque el proceso creativo se está destruyendo. Los actores acaban por construir arquetipos y ya no son actores, son un arquetipo muy marcado. La televisión de antes era bastante mediocre con excepciones, y hoy es muy mediocre con excepciones. Pero puedo citar alguna de ellas, por ejemplo: “Padre Coraje”. Actores en estado de gracia. Todos. Recuerdo cuando vi por primera vez la interpretación de Vicente Romero. Muchos profesionales sabíamos que en el fondo no podía ser, pero pensamos que habían cogido a un yonki de la calle. Lo de ese chico fue una barbaridad, un trabajo impresionante. Y, como digo, redondo por parte de todos.

A.- Escuchándole hablar de la sociedad y la política, surge la pregunta sobre cómo afrontó el Don Luis de “Las bicicletas son para el verano”.

GM.- Aquí hablamos de palabras mayores, pues nunca había sentido lo que viví con ese personaje. Ese personaje era yo y no tenía que hacer ningún esfuerzo. En su día lo hizo Agustín González maravillosamente, pero hablo de mi experiencia: no tenía que recurrir a ningún recuerdo o vivencia. Uno de los regalos que me ha dado el teatro ha sido hacer este Don Luis. Yo lo leía y se me caían dos lágrimas. “No ha llegado la paz, Luisito, ha llegado la victoria”. ¿Hay algo más que decir? La comunicación entre mis vivencias y el personaje eran directas, no tenía que hacer ningún esfuerzo, ya lo había hecho Fernán Gómez por mí. Imagina lo que era para mí que el público viniese y me dijera: “yo quiero tener un padre como usted”.

A.- Entre zarzuelas y teatro ha escrito su nombre en algunos de los éxitos que los jóvenes actores tienen como referencia pero, ¿tiene alguna espina clavada?

GM.- No sé si con algún título, pero sí con un género: la comedia. Creo que tengo un cierto sentido claro de la misma y, sin embargo, no he tenido muchas ocasiones de desarrollarlo. En mi carrera ha podido más lo dramático que lo cómico y yo soy muy comediante. Hace poco hice El castigo sin venganza, interpretando al Duque de Ferrara y ese personaje al final se rompe. Esa ruptura me llevó a un punto cercano a la locura que en la comedia he sentido pocas veces. Lo hice con el texto de Marsillach Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, pero quisiera desarrollarlo más. Eso sí, el género tiene un problema: en nuestro país se ha confundido siempre el buen comediante con el gracioso y no es lo mismo. Lo pienso y no sé si tengo yo la deuda de la comedia con el teatro, o el teatro conmigo pero existe, aunque creo que en una profesión de fondo siempre deben estar esas deudas por cubrir y, en mi caso, es la comedia. Y no está mal a esta edad tener un incentivo.

A.- ¿Se considera metódico a la hora de dirigir?

GM.- A mi manera y tengo mis particularidades. Por ejemplo, yo soy muy aficionado a los toros y lo relaciono mucho con esta profesión. Dirigiendo recurro mucho a esta temática, pues creo que la tauromaquia tiene mucho de la actuación. Una muestra clarísima: Morante de la Puebla. Se aprende mucho de interpretación viendo su figura. Es tranquilo, no hace alardes de nada y es la condensación del arte, pues no necesita vender el producto. Y eso se puede encontrar en más disciplinas, sólo hay que estar despierto para verlo sea cual sea tu edad. Por ejemplo, al fútbol siempre lo he mirado de costado y he de reconocer que el juego del Fútbol Club Barcelona me ha hecho acercarme a este deporte. Ahí veo una comunión muy cercana al arte; juegan como los ángeles.

A.- ¿Cómo ve el nivel de las producciones teatrales actuales?

GM.- Últimamente el teatro público, el teatro con dinero del Estado, suele tener un nivel bastante alto. Con matices, pero alto. En nuestra época nos preguntábamos por qué no se hacía aquí un Strindberg, un Chéjov, un Ibsen… Aquí todo era Víctor Ruiz Iriarte, Alfonso Paso etc. Hace años fui a Italia y pensé que el teatro de Eduardo de Filippo debería hacerse en España, es como un Arniches pero italiano. Ahora se ha montado a Filippo aquí. Lo que ocurre es que me parece que el acaparamiento con el dinero público por parte del Estado dejando desnudo al teatro privado es peligrosísimo. Yo en el oficio paso del agua fría, al agua hirviendo; de la chabola, al apartamento… Lo último que he dirigido es La taberna fantástica con todos los medios. Incluso tenía que gastar más de lo requerido. Y, de pronto, estoy ahora ensayando La familia de Pascual Duarte con lo mínimo y el productor, en este caso Tomás Gayo, es un héroe. Hemos tenido que cortar cuatro personajes fundamentales. ¿Por qué? Porque puede haber un reparto de siete, pero no de once. Eso es muy duro. Muy injusto.

A.- Arranca este nuevo montaje y ¿hay algo de “peligroso” ahí?

GM.- Me pueden caer palos por todas partes. Pero tengo una edad a la que me apetece jugar con el peligro, no tengo nada que perder. Lo que estoy viviendo ahora desde este lado del teatro privado en estas condiciones es muy duro. La falta de los medios necesarios es una asignatura pendiente para el teatro y si no afronto este riesgo…

A.- Con ésta, sumará otra creación teatral, ¿no ha permanecido muy aislado del cine?

GM.- Sí, pero porque no ha querido saber nada de mí. Me hubiera gustado que el cine hubiese contado conmigo. Yo mismo me he buscado justificaciones de por qué ha sido así. Tengo el extraño rencor de haber hecho dos o tres de las películas más malas de la historia del cine. No las voy a decir pero, ¿eso es un orgullo?

A.- Defender un mal proyecto dicen que es una buena escuela…

GM.- Pues estoy por colgarme una medalla (ríe).

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