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“¡Menos psiquiatría y más foniatría!”

Amparo Climent

¿Crees que los reconocimientos profesionales, nominaciones y premios son importantes o necesarios para un actor?

Mario Pardo.- Creo que lo importante y necesario para un actor es el trabajo profesional continuado. Levantarte por la mañana con la certidumbre de que la oferta y la demanda están, por lo menos, equilibradas, ese sí sería un gran premio y la mejor escuela de salud profesional. Esa situación se correspondería con el famoso “enseñar a pescar”, mientras que el reparto de premios se correspondería con el reparto de peces. Cuando llegué a la profesión, en los setenta, por todos los ámbitos del mundo corrían aires libertarios… Entre otras cosas, los cineastas decidieron eliminar, por consideraciones éticas, el boato de los festivales; lo mismo se hizo con los premios competitivos, que marginaban a unos y ensalzaban a otros, creando divisiones y mercantilizando lo invaluable. Esos espacios se llenaron con encuentros, coloquios… buenas sardinas, buen alimento para el espíritu. Cuando las aguas volvieron al cauce mercantil, rápido por cierto, no fue fácil olvidar lo aprendido. Hoy día tengo la sensación de que los “premios”, que deberían nacer de la abundancia, no son tanto premios, sino “consuelos” para aliviar las carencias que vivimos.

A.- ¿Puedes comentar los trabajos que estás realizando últimamente?

MP.- Puedo decirte que los vivo como el inicio de una despedida que puede ser más o menos larga o corta. Te puedo decir también que los vivo con una cierta desorientación, pues mi corazón está algo más allá de mi trabajo. En definitiva, disfruto de las relaciones humanas con el equipo, una mirada cómplice aquí, una sonrisa de apoyo, una frase sentida, escuchar a los compañeros… Asombrarme todavía de la fortaleza humana y constatar la insensatez criminal de quienes nos gobiernan.

A.- ¿A qué edad decidiste ser actor y cómo te iniciaste en el mundo de la interpretación?

MP.- Empecé con retraso: a los 23 ó 24 años. Por cuestiones familiares siempre fui dos años por detrás de los de mi generación, el 44. Fue fácil y casual. Éramos estudiantes y mi interés era ayudar en la dirección y aprender algo de teatro, que desconocía. Al no encontrar a uno de los actores protagonistas y tener las fechas encima, me lié la manta a la cabeza y me subí al escenario. Pocas semanas antes había “caído” en una ‘manifa’ contra Franco, donde comprobé la brutalidad bestial del Poder. En la función (Los hombres del triciclo, de F. Arrabal) también me detenían, así que la memoria afectiva estaba muy reciente y clara, y las emociones salían a borbotones. ¿Quién, que haya libado ese néctar, deja pasarlo así como así? Por otro lado mi situación en Salamanca era muy incómoda, y me largué a Madrid a probar fortuna… Hasta hoy.

A.- ¿Qué tipo de preparación actoral consideras necesaria para dedicarse al mundo de la interpretación?

MP.- Como la arquitectura, la interpretación tiene dos aspectos, uno técnico y otro artístico. En general la técnica se aprende, pertenece al campo de la mente, del intelecto, mientras que el arte es un don, un pétalo del loto del corazón que forma parte de tu patrimonio genético y puede estar más o menos colorido, desarrollado. Sólo con técnica el arquitecto puede construir una casa sólida y confortable. Así el actor mediante una buena técnica puede construir un personaje inteligible… Estoy pensando sobre todo en la dicción. Menos psiquiatría y más foniatría. Se le cae a uno el alma a los pies cuando oye largar el texto a jóvenes actores que han pasado por montones de torturas pseudo psicológicas, llenas de cursos y clases magistrales, y no se les entiende un palote a la hora de decir las frases.

A.- ¿En qué medio te sientes más creativo: en el teatro, en el cine o en la televisión?

MP.- Incontestable, todo es relativo. Son momentos, en cualquiera de los medios. La televisión es un regalo y una maldición. Regalo porque es una buena fuente de puestos de trabajo, pero se realiza a tanta velocidad que no da tiempo ni para reflexionar. A veces haces una escena catastrófica, pero oyes esa voz anónima: “vale, la siguiente”. El cine tiene la grandeza de la pantalla, tan exigente por su dimensión y su nitidez, y es muy estimulante, pues somos hijos del cine. El teatro, con esa cosa sagrada de estar carne con carne, y la oportunidad que tienes, por su duración, de probar cosas y ahondar en sus posibilidades… En fin ya te digo, en cada una de ellas puedes encontrar ese momento especial y emocionante.

A.- ¿Qué es lo que más admiras en un actor?

MP.- Me haces unas preguntas que necesitarían páginas y páginas para poder ser contestadas. El buen hacer, el compromiso y la disciplina. Como uno siempre busca compensaciones, el bajito se casa con la alta, la gordita con el flaco… Yo como soy bastante inseguro, me asombro mucho con el aplomo de mis compañeros.

A.- ¿Un actor debe sentir lo que intenta transmitir?

MP.- Se disfruta más cuando se “siente”, qué duda cabe, pero no por ello se garantiza un resultado más brillante. En general estoy en contra del sufrimiento, del sacerdocio y del sacrificio, en este y en cualquier trabajo. Para mí la cuestión es acercarme a los sentimientos que podría tener el personaje, de tal forma que las peripecias de la trama sean suficientes como para darle cuerpo, sin trasvasarlos, sin tocar para nada mi vida personal. Es un trabajo de la imaginación que está a caballo entre la mente (técnica) y el corazón (arte). Si tu corazón es sensible creo que es suficiente herramienta la historia del personaje.

A.- ¿Crees que es bueno ser exigente cuando se está preparando o estudiando un personaje, o hay que dejarse llevar durante los ensayos para que el personaje fluya y vaya cogiendo forma?

MP.- Me río, porque con estas preguntas tan radicales y dramáticas me haces sentir como si fuera un Pope de la interpretación, y soy el menos indicado para ello. Ni aún mis canas son el aval de nada, pero bueno, me has ofrecido la entrevista con tanto cariño que he de seguir. Pienso que si te pones exigente al abordar un personaje puedes ponerte rígido y por tanto rendir menos, impermeabilizarte. Uno debe ser exigente con su compromiso profesional, y eso puede ayudar a ser humilde en ese abordamiento, lo cual te hace más permeable. Mi experiencia es que cuando me asignan un personaje me digo “¡Dios mío yo no sé hacer esto!”. Y acto seguido me digo “¿qué puedo hacer para hacer esto que no sé hacer?”. Y aquí entra ese fluir del que hablas, que es la relación que se establece entre tu capacidad y preparación y las peculiaridades del personaje y la trama.

A.- ¿Qué tipo de actores o interpretaciones te pueden llegar a emocionar?

MP.- Las interpretaciones en las que técnica y arte están equilibradas.

A.- ¿Se les otorga demasiado poder a los intermediarios: productores, jefes de casting…?

MP.- No se les otorga ningún poder, lo tienen. No te olvides de que vivimos en una “civilización” puramente mercantil y cuando se reúne un equipo o grupo para grabar, rodar o levantar una función sólo tenemos dos cosas disponibles: las relaciones humanas con los compañeros, en las que tú eres el jefe para dar más o menos de tu corazón, y el aspecto laboral, en el que eres una de las partes para la confección de un “objeto”, cuya única razón de ser es que se venda. Para que se venda, si es preciso, se le llena de contenido, calidades… Pero ni el contenido, ni las calidades importan en sí mismos, ni justifican el producto. Sólo la venta y esos intermediarios son los garantes de la misma. No nos engañemos, actuamos (vivimos) en una descerebrada sociedad donde lo humano no tiene valor, sino el rendimiento económico… Está claro que tenemos una revolución pendiente.

A.- ¿Puede la actitud de un director bloquear a un buen actor y limitarlo en el desarrollo de su personaje?

MP.- Recuerdo una vez, rodando con Aranda. Para ajustar luces, cámara y demás habíamos hecho unos ensayos previos y había ido muy bien. Luego mientras los técnicos hacían lo suyo, pasamos a perfilar y matizar definitivamente los personajes con un “director de actores” que la providencia de producción había dispuesto para nosotros por primera vez (y única en mi caso, afortunadamente). ¡Teníamos un coach! Así que estuvimos con él dándole fuerte a la escena. Llegado el momento pasamos a rodar. Al terminar la escena Vicente nos cogió a los actores y nos dijo: “¿Pero qué pasa? Si antes lo estabais haciendo tan bien, ¿por qué lo habéis hecho tan mal ahora?”. Aunque no es lo frecuente, sí puede haber gente que lo enmarrane todo. Atrevidos…

A.- ¿Con qué tipo de personajes has disfrutado más?

MP.- La inteligencia se disfruta como un delicioso bombón. Cuando la fortuna de la vida pone en tus manos un texto inteligente, con personajes orgánicos, diálogos brillantes y situaciones coherentes, no importa el género, ni el medio, disfrutas participando en el asunto, tu estima profesional está bien servida y eso es un estímulo para esforzarte aun más si es posible. Por el contrario, los diálogos sin sentido, los tránsitos chirriantes… no sólo sacan lo peor de ti, sino que también te sacan de quicio. En alguna ocasión recuerdo que en vez de un actor había un tipo enfadado soltando alguna frase.

A.- ¿Darías algún consejo imprescindible a alguien que quiera dedicarse a la interpretación de manera profesional?

MP.- Como verás estoy dando respuestas de Perogrullo. Cuando se habla mucho o se escribe mucho sobre algo es porque “eso” no tiene solución… Un problema, llegado su momento, encuentra su solución y se acabó, ya no se habla más. Interpretar no es un problema, por eso se puede hablar hasta el infinito y más allá. Lo que es un problema es vivir de esto. Que se lo piensen bien y vean si no estarían mejor en otra ocupación, que valoren si están dispuestos a renunciar a muchas seguridades que ofrece el mundo laboral. Cuando eres joven y miras la vida hacia el futuro es, o parece, realmente larga. Así que deberías tener tu vocación muy clara para emprender esta maratón lleno de frustraciones y dificultades. Y si estás loco y no cejas en tu empeño: adelante amigo, no olvides que esto es una técnica y un don. La técnica se aprende, sobre todo en el trabajo, y el don se enriquece con tu compromiso. Como anécdota os cuento que tenía muchos amigos especialistas (de cine) y recuerdo esta conversación: “¿Fulanito sigue en esto?”. Y el otro contestaba con cierto brillo en los ojos: “¡Qué va, ése ya se colocó!”.

A.- ¿Te gusta leer? Recomiéndanos un libro.

MP.- Sí, he sido muy aficionado a la lectura. Muchas novelas en la primera juventud, pero como no lograba adaptarme al mundo y a la vez veía tantas mentiras en la explicación del entorno y tantos sucesos extraños en la estructura de lo que llamamos realidad, me decanté por libros de conocimiento que me ayudaran a adaptarme y entender la vida. Se me ocurre Tierra de Esmeralda de A. y D. Meurois-Givaudan, de la editorial Luciérnaga.

A.- Recomiéndanos una película.

MP.- El Bosque de Abedules, de A. Vadja.

A.- ¿Te gusta la pintura? Recomiéndanos un creador o tipo de pintura.

MP.- A partir de Goya podemos encontrar tanto basura como cosas valiosas. Si caminamos hacia atrás cada vez hay menos basura. Y cuanto más atrás, más riqueza. Las pinturas aborígenes, como por ejemplo la australiana, me fascinan. Picasso me parece una mentira.

A.- ¿Cuál es tu música favorita?

MP.- En el mundo de la clásica hay verdaderas joyas de arte, muy contadas, junto a un montón de basura virtuosa y mental. El jazz durante mi primera juventud parecía la música de fondo natural de las vivencias, sombrío y muy intelectualizado fuera del ámbito afroamericano USA. Hoy, excepto contadas piezas, me aburre; todo lo contrario a la música zíngara del este europeo: luminosa y vital. Me pasa como con la pintura, la música tradicional de las grandes culturas es la que más aprecio y me conmueve… Pero no soy un melómano, oigo la música casualmente.

A.- ¿Es imprescindible que un actor esté informado de los acontecimientos políticos y sociales que ocurren en el mundo?

MP.- Me parece fundamental, no para el actor, sino para el ser humano. Para realizar tu trabajo no es imprescindible ser un experto en política. Puedes actuar muy bien sin saber quién está moviendo realmente los hilos en Egipto, Túnez, Libia etc. Pero como ciudadano, puesto que te salpica, debes comprender muy bien quién controla los sucesos y por qué. Y no sólo conocerlos, sino denunciarlos. Esas voces que se levantan de vez en cuando pretendiendo impedir que los actores manifestemos nuestras opiniones e intereses políticos, colectiva o individualmente, a lo único que apuntan es al miedo que tiene el Poder a un colectivo consciente.

A.- ¿De qué “Poder” hablas?

MP.- Del Poder ilegal que gobierna el mundo desde tiempos inmemoriales. Nuestra civilización actual es su diseño. No es el resultado de una evolución natural, sino controlada y dirigida hacia un fin determinado. Son los llamados popularmente “Illuminati”, “Gobierno en la Sombra”, “Cábala Oscura”, “Grandes chicos y chicas malos”… No tienen ideología, religión o patria y mucho menos humanidad, o moral; yo los llamo “Nuestros Señores de la Guerra y la Codicia” porque, desde siempre, son los que crean una guerra aquí, un desplome económico allá… Resultado no de algo necesario por naturaleza, sino provocado para implantar su brutal diseño de control de la humanidad.

Hace poco vimos a uno de estos caciques Illuminati, D. Rockefeller, uno de los grandes, que en una reunión (tipo Bilderberg, Trilateral, Foreign Office) dijo descaradamente que “lo único a lo que nosotros debemos temer es a que la gente tome conciencia política”. Y no se refería a que la gente se afilie a alguna ideología política o estudie marxismo o el Mi Lucha. Que nos hagamos de derechas o de izquierdas les importa un rábano puesto que ambas líneas son suyas. No en vano son las mismas arcas las que financiaron tanto el Nacional-Socialismo como la Revolución Bolchevique. No, a lo que temen es a que la gente descubra la mentira e ilegalidad en la que vivimos, el “establishment”. Así que, tanto los partidos políticos y sus actuaciones (incluido el terrorismo) como los cambalaches económicos, incluidas las burbujas, no son sino un diseño premeditado con años de antelación, con el fin de levantar cada vez más alto un muro entre el ciudadano y la vida, impidiendo la soberanía individual y la abundancia colectiva necesarias para desarrollarnos como seres humanos. Nuestros Gobiernos, “sus Gobiernos”, se limitan a legalizar los dictados impuestos clandestinamente por los banqueros multinacionales, que mediante el caos, el miedo y la mentira han trabajado duro para extender, a lo largo de los siglos, su red de control sobre la gente, robando, siglo tras siglo, nación tras nación, el patrimonio de la humanidad, nuestra soberanía política y la abundancia natural de la Tierra. La guerra, la pobreza, el hambre, y la enfermedad son sus creaciones.

Lo bueno de esta dramática situación es que su poder, como el de los vampiros, es el engaño, actuar sigilosamente en la sombra, que no sepamos que ellos existen y mueven los hilos… Su temor, lo que apuntaba D. Rockefeller: que la gente tome conciencia de lo que ocurre en la “polis”. ¡Son ellos! ¡Ellos son los terroristas! Un poco de luz y se desmoronarán como basura que son. Lo estamos viviendo ya.

A.- ¿Consideras tu profesión solidaria a nivel individual y colectivo?

MP.- A nivel individual no te sé decir, a nivel colectivo más que otras. Pertenecemos al área social de la cultura, tenemos tiempo para aprender, reflexionar y compartir. Malo sería que no comprendiéramos que la fuerza individual radica en la unión colectiva. Ya te digo que los “malos” son muy pocos y no pueden resistir a una marea humana concienciada y decidida. Pregúntaselo a Gadafi.

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