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“El teatro es el elemento natural de un actor”

Bernar Caldevilla

Exquisito pintor de matices y actor de raza, nació en León en el 68. Se ha trabajado su madera de actor con la constancia propia de los fondistas y lleva a sus espaldas un corolario de interpretaciones tan puras como vivas. Se ha hecho un hueco en los hogares españoles y nos ha invitado al suyo, en los escenarios de la geografía española. Desde Colegio Mayor pasando por El alquimista impaciente, hasta Gordos y su aclamada intervención en La Señora, Roberto Enríquez aúna talento, inteligencia y esfuerzo. Los afiliados premiaron su infatigable entusiasmo, su buen hacer y su formidable entrega en la gala de los Premios de la Unión de Actores 2010.

A.- ¿Por qué eres actor?

RE.- Porque es mi pasión. Y supone una oportunidad maravillosa para ser “otros” y abrir puertas que en la vida real no puedes vivir; para gozar, para que te miren y contar cosas, sobre todo. Mi primera reflexión al respecto se produjo cuando empezaba a hacer teatro y la gente me decía: “¡Qué bien has hecho ese papel de viejo! Mientras que en baloncesto, mi otra afición de entonces, siempre me tocaba chupar banquillo y hacer barro. Así que fui probando a hacer teatro con el grupo de mi barrio. Y me atrapó sentirme especial, toda esa parafernalia que cuando llegas al teatro por primera vez te arrolla y también el conocer autores nuevos y desear estar en sus obras. Además tuve la suerte de que Siro López, que llevaba el teatro de mi barrio, me empezó a hablar de Stanislavski, de Grotowski, de Meyerhold y otros maestros y sus técnicas. Me compraba todos los libros que había. Mi colega y amigo del alma y yo nos hacíamos unos líos… Él era fraile, luego cura y ahora no es ninguna de las dos cosas sino un artista, un mimo que pinta y ha hecho varias exposiciones… Pero aquellos acercamientos fueron el despertar de la primavera. Porque con 14 o 16 años entreabrimos una puerta que se abrió definitivamente cuando me metí en la escuela de arte dramático. Entonces ya vivía para aquello, ensayando todo el tiempo y mis amigos me decían: “¿Pero qué te pasa, que ya no te vemos ni los fines de semana?”. También he tenido altibajos, porque en 21 años no todo lo que he hecho me ha apasionado y entonces me he dicho: “¿Qué estoy haciendo? ¡A ver si esto lo voy a ver sólo como un trabajo…!”. Siempre he tenido presente mi espíritu del principio y busco apasionarme, lo demás es digestión.

A.- Llevas seis proyectos en lo que va de año…

RE.- El año pasado hice La señora que simultaneé con Gordos, película con la que estuvimos diez meses. Daniel Sánchez Arévalo concibe las historias, las escribe y tiene clarísimos todos los planos en su cabeza. Con Gordos se arriesgó muchísimo. Hubo secuencias que improvisamos rodando. Además le gustan los ensayos de una manera obsesiva, pero sabe llevar al actor de una manera muy bonita y trabaja más las circunstancias que las escenas.

A.- ¿Qué opinas de la formación?

RE.- Es fundamental. Y exigible. Con el talento natural no basta, creo. Antes entrabas en una compañía de repertorio, te daban un papel chiquitito e ibas progresando, si valías. Ahora las cosas han cambiado y ya sale todo el mundo de una escuela o de un taller. Y no pasa nada ni se toma en menor consideración decir que eres de Layton, Corazza u otros maestros o maestras.

A.- Ante los parones… ¿reciclarse o descansar?

RE.- Hay momentos en los que sólo apetece descansar y no hacer nada. Pero yo soy muy de reciclarme. Me he apuntado a cursos de Augusto Fernández, Joshi Oida o Declan Donnellan. Me gusta estar con gente de la que puedo aprender para volver a ese espacio donde puedes confundirte y arriesgarte. Creo en el reciclaje y también en que, después de haber trabajado a tope, viene bien tumbarte a la bartola y descansar.

A.- ¿El Hamlet de José Carlos Plaza fue el tren importante?

RE.- Sin duda. Era la época en que venía de la escuela de arte dramático de Valladolid a Madrid para estudiar en el Laboratorio. Fue muy duro y me volví a Valladolid. No estuve de regreso más que un día porque me llamó mi profesora de arte dramático, Charo Amador, y me dijo que Roberto Plaza estaba haciendo un casting para un Hamlet y había decidido meter a Fortimbrás, príncipe de Noruega. No es que tenga yo mucha cara de noruego, pero tuve la suerte de ser elegido. Así entré en el Centro Dramático Nacional y estuve casi dos años trabajando, mientras por las mañanas iba al Laboratorio. Aquellos dos años entre Berta Riaza y Closas fueron increíbles. Y después no he parado. He tenido golpes de suerte como todo el mundo pero esto me hizo entrar fuerte en la profesión. Fue mi tren definitivo porque detrás de Hamlet vinieron La Orestíada y El mercader de Venecia.

A.- En la serie Quart interpretabas a un cura atípico, ¿conociste diferentes enfoques dentro de la iglesia?

RE.- Traté con gente de todo tipo: curas progresistas, reaccionarios, llanos y rurales o también más sofisticados que estudiaban teología y estaban en las universidades. Pero ninguno como el que escribió Pérez Reverte. Era una especie de agente secreto del Vaticano con lo cual pasaba la delgada línea roja y se metía en terrenos poco ortodoxos. Nunca encontré a nadie parecido y, si existiera en el Vaticano, que seguro que sí por todo lo que mueve, estoy seguro que no hubiera tenido la oportunidad de conocerlo. Fue muy bonito y muy duro porque siempre rodábamos en exteriores y en cine pero con el tiempo de la televisión. Así que hacer de un cura que era medio James Bond, que estaba enamorado de una mujer y con el conflicto de la fe de por medio fue, como diría mi amigo Enrique “casi una experiencia religiosa”.

A.- En La Señora fueron muchos capítulos como protagonista, ¿Qué sacrificios implica ese trabajo?

RE.- Por suerte o desgracia, soy un poco obsesivo con el trabajo; en consecuencia siempre me falta tiempo para estudiar las secuencias. La verdad es que durante ese tiempo viví como un monje cartujo. Tienes que levantarte muy temprano porque las jornadas de televisión como protagonista te llevan todo el día, llegas por la tarde a tu casa y tienes que ponerte a estudiar para el día siguiente. Para mí no basta con aprenderse el texto, necesito analizarlo, ver qué sucede a cada línea, saber la acción que llevan las secuencias y todo lo que esconde entre líneas. Eso es lo que me gusta hacer con mi trabajo. Con este plan mío de trabajo, no tenía vida aparte de La Señora. Puede que suene como una condena, sin embargo me sentía feliz, aunque estaba muy agotado. Deseaba que llegaran las vacaciones pero pocas veces he sido tan feliz haciendo este trabajo porque las mejores escenas que he tenido la oportunidad de interpretar las hice en La señora. Estaban magistralmente escritas y mi personaje tenía muchas aristas, no era nada tópico. Para rematar, los directores que teníamos eran un lujo. Recibía una secuencia y si había algo que no cuadraba hablaba con el director y con los guionistas y las modificaban tras un análisis conjunto. En una serie, el guardián del personaje eres tú. Es verdad que el guionista está al frente de todas las tramas y los directores igual pero, al final, los que estamos ahí siempre somos nosotros. En ese caso la producción era sensible y consideraba a los actores seres inteligentes que podían aportar. El lema del equipo era: “Todo suma”. Y esa forma de trabajo, abierta e inteligente, no es nada habitual.

A.- Te mueves como pez en el agua por todos los formatos: cine, teatro y televisión.

RE.- Empecé haciendo teatro y la verdad es que en esta etapa es cuando menos teatro he hecho. Desde el Don Juan que hice en el Español han pasado dos años y ya he empezado a ensayar otra cosa porque estaba que me subía por las paredes. Necesito al público. En mis consideraciones el teatro es lo más importante. En la tele o en el cine tienes que gestionar tu energía, en el teatro te preparas antes de salir y entonces se abre el telón. Eres tú frente al público. Nada se interrumpe, el teatro es el elemento natural del actor. Aunque hay días que estás cansado o tienes miedo. He hecho funciones en que todos los días tenía miedo y pensaba: “Hoy no voy a poder”. Recuerdo que con La gaviota me decía: “Hoy me come el miedo y no voy a poder con la función”. Entonces o me metía caña física o intentaba relajarme. Pese a todo, creo que no hay nada más diferente que una función de teatro cada día. Tuve la suerte de estar dos años con La gaviota y hay que tener cuidado de no desvirtuar una obra con la que se lleva mucho tiempo. Debes sentirte cómodo sin malograrla, mantenerla en su cauce, que esté viva todos los días. Al trabajar con más compañeros el 50% del trabajo eres tú y el resto lo es tu compañero. Hay que echar levadura al conjunto para que crezca, como el pan todos los días. No hay que mecanizar la interpretación ni volverse perezoso como actor. Y si hoy te tenía que pasar el boli, no te lo doy para que ahí pase algo diferente. Eso es lo más bonito.

A.- ¿A qué personaje le tienes ganas?

RE.- Con que esté bien escrito, me puedo enganchar a cualquiera. Pero si me dan a elegir creo que, aunque se me esté pasando el arroz, elegiría a “Hamlet”, que es un meta personaje. Tampoco me perdería al “Prospero” de La tempestad ni a ninguno de los de Chéjov. Los personajes tienen que tener una base a la que tú puedas añadirles ingredientes; en ese sentido estoy disfrutando con la obra que estoy preparando y que ha escrito Patxi Amescua al estilo Mamet y que es genial.

A.- ¿Se puede hablar de ella?

RE.- Se llama 19:30. Trata de un partido que está en el gobierno a punto de firmar un acuerdo importantísimo con la oposición (parece un diario de actualidad, pero no) y una hora y media antes salta la noticia de que uno de los diputados, tesorero por el partido en Andalucía, ha salido de un “puticlub” en calzoncillos con un maletín con cinco millones de euros, en billetes de 500. Ese es el punto de partida. Trata de la degeneración personal y moral de aquellas personas que en su juventud pertenecían a un partido porque tenían unos ideales que soñaban hacer realidad a través de la política y, a medida que ha pasado el tiempo, han contrabandeado con esos ideales hasta el punto de no reconocerse. Se han perdido por el camino. No queda nada de los jóvenes idealistas que una vez fueron. Habla de cualquier partido, ya que la corrupción no pertenece a ningún partido y pertenece a todos. Es una función valiente y necesaria. Quienes trabajamos en ella es porque creemos que se tiene que hablar de estos temas, porque la denuncia y el análisis son también algunas de las funciones sociales del teatro.

A.- ¿A qué actor o actriz no te pierdes?

RE.- No me pierdo a ningún español y veo casi todo el cine que se hace en este país. Puedo mencionar, por supuesto, entre mis favoritos de aquí a Javier Bardem, Eduard Fernández, Lluís Omar, Carmen Elías. De fuera me quedo con Daniel Day-Lewis, Harvey Keitel, Kevin Spacey, el gran Pacino, Max von Sydow o Pernilla August.

A.- ¿Qué tienes de Don Juan?

RE.- Del Don Juan de Zorrilla me aburre su moral conservadora. Prefiero al personaje en la versión de Palau i Fabre donde era un republicano confeso, con más historia que el macho que goza de las mujeres y por el cual todas suspiran. Se le dio una nueva interpretación que fue muy interesante construir junto a los compañeros fantásticos que tuve.

A.- ¿Un actor tiene que estar comprometido con la política?

RE.- Creo que sí, pero no sólo los actores. Pienso que todas las personas tienen que estar implicadas de alguna manera en lo que sucede a su alrededor. Me gusta significarme con determinadas historias, dar la cara por ellas. Pero también me dan bastante alergia los compañeros que hacen su carrera de actores en la política. Que seas de izquierdas o de derechas me da igual, pero demuestra con hechos lo que eres y no abras tanto la bocota. Hay actores que se significan ante cualquier circunstancia y eso no me gusta. Un actor tiene que hablar a través de las selecciones que hace de su trabajo. La mayoría de las funciones tienen mucho material para contar y para incidir en la sociedad. Luego están algunos temas como el de Garzón, la guerra de Irak o la situación del pueblo saharaui en donde hay que pronunciarse. De todas formas creo que corremos el peligro de convertirnos en politólogos y hay que tener cuidado.

A.- ¿No hay verdadero amor sin celos?

RE.- Se lo preguntas a un Otelo. Me encantaría que lo hubiera. Lamentablemente estoy tratando de curarme de esa cosa tan espantosa de los celos. Son mi caballo de batalla y yo soy un poco moro, la verdad. Espero que sí sea posible, estoy en plena transición hacia el otro lado. El mundo de los celos es un infierno.

A.- ¿Qué es lo que más valoras en tus amigos?

RE.- Pues que sean mis amigos, poder contar con ellos. Como dijo alguien: “Un amigo es una persona que te quiere a pesar de ti”. Y eso es lo que valoro, que me quieran a pesar de mis mezquindades. Muy importantes los amigos, casi tan importantes como tu familia. Son una tabla de salvación. Mi mejor terapia es quedar con un amigo o una amiga, charlar, vaciarme y que exista un intercambio de consejos, confidencias y apoyo.

A VUELA PLUMA

¿Una característica personal?

Tres: Pasión, honestidad y cabezonería.


¿Un talento o habilidad te hubiera gustado tener?

La virtud del sosiego, soy un “arrebatao” de cuidado.


¿Lector voraz?

Leo de todo: ensayos, biografías, novela negra. Ahora estoy con la novela El poder del perro de Don Winslow.


¿Qué te gusta como espectador?

Que lo que veo me llegue y que pasen todo tipo de cosas, siempre bien contadas e interpretadas.


Un apunte

Al principio destacó en Colegio Mayor, el salto al cine fue junto a Fernán Gómez en Pepe Guindo. Después pasó por 7 vidas, Pepa y Pepe, Lobos y en cine también trabajó en Marta y alrededores, El alquimista impaciente o El principio de Arquímedes. Protagonizó Don Juan en el Teatro Español y en televisión Quart, el hombre de Roma. Su último éxito televisivo es La Señora, que compaginó con el éxito, esta vez cinematográfico, de Gordos. Ahora está con 19:30 de Patxi Amescua y se guarda en la manga varios proyectos de cine y televisión.

A.- ¿Cuándo y dónde fuiste más feliz?

RE.- Durante la infancia y la juventud. Me viene ahora una imagen de mi abuela persiguiéndome por un patio cuando yo tenía cuatro o cinco años. Fui muy querido y recibí mucho amor de mi familia. Mi padre es leonés, minero y un tío muy cariñoso, pero de su época y de la montaña. Mi madre es un amor, un corazón con patas.

A.- ¿Quiénes son tus héroes en la vida real?

RE.- Mis héroes son de carne y hueso; por ejemplo, Román de la Calle, el director del Museo de Arte Contemporáneo de Valencia que presentó su dimisión por que le censuraron una exposición. Garzón en el caso de las tumbas del franquismo que están sin exhumar o el actor que llega a Madrid a buscarse la vida y curra de camarero para pagarse el alquiler del piso y sobrevivir en esta ciudad tan cara y agresiva sin perder su vocación. Las gentes que hacen arte para llegar a fin de mes y encima sonríen son héroes.

A.- ¿Qué no soportas?

RE.- Detesto la hipocresía política y más cuando hay muertos y situaciones trágicas. No soporto que algunos pretendan darle la vuelta a Franco y que pase por demócrata después del dolor y la muerte que la guerra y la dictadura trajeron a este país. Aborrezco la injusticia social y las desigualdades. Nuestro sistema político debe garantizar la igualdad de oportunidades ante la vida y a todos los niveles, ya sea el sanitario o el cultural. Debemos ser solidarios y tratar de juntarnos todos para salir de esta puñetera crisis. Nos toca a todos arrimar el hombro.

A.- ¿Dónde te gustaría vivir?

RE.- Estoy enamorado de Madrid desde antes de vivir aquí. Me encanta. No la cambiaría por ninguna de las ciudades del mundo que conozco. Muchas son preciosas, maravillosas y me gustaría visitarlas de nuevo, pero la diferencia es que Madrid me parece el paraíso o, al menos, mi paraíso.

A.- ¿Tu mayor logro?

RE.- A día de hoy, seguir cumpliendo mi sueño. Esta profesión es muy difícil… conozco a demasiados compañeros con talento que no tienen la oportunidad de mostrarlo ante los demás ni ante sí mismos. Y para los actores es muy importante poder hacer nuestro trabajo, realizarnos a través de él y de su impacto. Así que, con 42 años, seguir siendo actor es mi mayor logro.

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