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Ada del Moral

Mezcla de caballero y pícaro, con un toque oriental en el cabello, los rasgos amplios y el pausado ademán, Santiago Ramos vive con alegría y serenidad, construyendo su obra interpretativa desde la experiencia y el amor que, en plena madurez, promete nuevos caminos como su brillante creación de presidente norteamericano en Noviembre, de su querido David Mamet, que ahora recorre los escenarios de toda España.

Actores.- Lo tuyo con la interpretación es un larga historia de amor ‘fou’…

Santiago Ramos.- Para empezar, aunque estudié derecho, desde niño he hecho teatro, lo que ha ido formando mi manera de trabajar. Mi gran ilusión siempre fue ser actor. Soy un vocacional. Y mi decisión fue la de un niño pequeño. Así, cuando lo pasaba muy mal recordaba que era la decisión tomada por un crío y no me extrañaba, porque entonces no tenía cabeza.

Todo comenzó en Boadilla, el pueblo salmantino donde nací, donde los niños jugábamos mucho a las películas. Yo siempre lo organizaba todo. Entre otras jugábamos a Balarrasa, la película de Fernando Fernán Gómez, que no sé por qué me impresionaba mucho. Y otro que me ha influido es Toshiro Mifune… También me encantaba Jorge Mistral, el valenciano, que tanto cine hizo en México. Había una capacidad de admiración dentro del cine que veías. Y en mi pueblo se veía mucho cine mexicano, cine del oeste…

A.- Quizás esa admiración influyó en tus motivaciones a la hora de elegir esta profesión.

SR.- Las motivaciones de mi generación son muy diferentes a las de ahora, donde también seduce mucho la idea de la fama inmediata. Quería vivir aventuras, ser otras personas con distintas historias. La profesión y sus circunstancias han variado hasta el punto de que a la televisión la siento lejanísima. Creo que los actores hechos a la tele buscan y son otra cosa. Nosotros estábamos acostumbrados a la radio, al cine mexicano, al oeste; ahora los actores tienen otra manera de hablar, menos esforzada. La explicación es que la televisión se hace de otra manera. El actor de televisión no se está planteando actuar para un público que está presente y también han cambiado las maneras de rodar y de grabar. Es natural lo que ocurre, tampoco es para poner el grito en el cielo. Entre las muchas dificultades que le encuentro a la televisión es que no puedes mentir. La cámara de vídeo, lo capta todo. Y necesita un estilo muy diferente para trabajar. Estudio 1 no tiene nada que ver con las series de ahora donde todo es cotidiano, acelerado. Se busca la naturalidad extrema. Por eso, yo canto en la tele. Porque tengo tendencia a silabear, pronuncio demasiado…

A.- Siempre tuviste claro cuál era tu vocación…

SR.- Me quise venir a la Escuela de Cine tras aprobar la reválida de sexto a los 16 años. En ese edificio han estudiado todos los de mi generación. Pero mi padre no quería, así que el día que cumplí 21 años, dejé derecho y me vine a Madrid. Entré en el teatro independiente que tuvo mucha importancia para mí. Era una lucha en pos de la democracia y una huída del teatro comercial de entonces. Había también algo de enfrentamiento; queríamos hacer un teatro diferente y luego estaban los mitos de la época, la clase obrera y demás. En aquel momento supuso un lucha contra el franquismo por la democratización del país y buscábamos medios para llegar a un nuevo público y mandar mensajes de libertad entre risas. Practiqué este estilo de teatro en Goliardos y Tábano. Una experiencia así te forma y te deforma porque ves el teatro de una manera muy peculiar. Despreciábamos incluso poner los nombres en los carteles para luchar contra el sistema de estrellas, todo por luchar contra el sistema comercial. Era una tontería pero, años después, descubres que tenía una razón de ser aunque te perjudicara porque eran unos años en los que tu nombre no aparecía en los programas por más que todos supieran quién eras. Ahora aquella generación está en los teatros: Malla, Gas y otros que tienen más poder que entonces y los que hemos ido por libre, nos las apañamos como podemos con nuestros espectáculos. Hemos crecido con las redes de teatro. Pero me ha tocado hacer giras y giras y compaginarlas con cine y televisión. Así he hecho La Vaquilla con Berlanga y el boxeador de Esta noche, gran velada de Fermín Cabal dirigida por Manolo Collado, que estuvo un año en el teatro Martín. Fue un éxito de crítica, público y profesión. Lo hacía con Jesús Puente y era una curiosa mezcla porque era mi primera vez en el teatro comercial mientras que Puente, un actor formidable, actuaba por vez primera con uno del teatro independiente. A partir de entonces empecé a mezclarme. Pero en aquella época, el off atraía a multitudes y llenábamos como nunca. Teníamos una audiencia enorme, una vez con Tábano actuamos en Vigo ante doce mil personas. No era nada minoritario, por lo menos mis grupos. Barrían. Todo ese mogollón profesional es lo que me ha tocado vivir, el paso de un teatro independiente menos minoritario que el comercial.

A.- Parece que hora la cosa es un poco diferente…

SR.- El teatro independiente era parte de los movimientos ciudadanos y puede que siga igual, pero ya no tiene el mismo sentido, ya que sus salas son pequeñas y entonces, arrasaban.

Goliardos, Tábano o Dagoll Dagom eran grupos de mucho éxito. Cuando normalicé mi situación profesional esto cambió, se hizo menos masivo. Otra cosa buena era que las actuaciones no siempre eran en teatros sino en plazas, estadios… lo que favorecía que acudiera mucho público. Aunque ahora hay buenos teatros en general. Estamos en un momento nuevo y lo negativo es que algunas autonomías se cierran por las lenguas. Ahora voy a Barcelona al Goya que dirige Pou con Noviembre y el año pasado estuve en el Tívoli con ¡Ay, Carmela!, pero es más difícil hacer giras. Esta situación es consecuencia de años de desentendimientos que, creo y espero, vayan suavizándose.

A.- Y Noviembre, tu último éxito…

SR.- Todo empezó cuando me llegó José Pascual con el texto. Y quedé encantado. Es mi cuarto Mamet. Cuando Fermín Cabal estaba con una beca en Nueva York se trajo el Búfalo americano, la primera obra famosa en off de Mamet, aunque por entonces ya llevaba dos o tres. Me la propuso, hicimos gira, funcionó fenomenal y descubrí que es un escritor maravilloso que vas descubriendo a medida que pones la obra en pie. Hace un teatro muy original, muy de actores, muy desnudo y esencial. Muy adecuado para pequeñas compañías. Luego hice en el CDN Oleana, con Blanca Portillo, que plantea un caso de acoso. En cuanto al “búfalo” es una moneda famosa como la peseta; en la obra tres chamarileros quieren robarle a un tipo su colección. Y de este argumento nimio hace una obra espléndida llena de contenidos y de sabiduría humana. De cómo tres pobrecitos necesitan dinero y uno está dispuesto a matar, el otro no y el otro quizás aunque esté enganchado. En cuanto a Oleana trata el acoso de una manera original. Un tutor se queda sólo con su alumna y se pasa todo el tiempo hablando por teléfono, demostrándole su posición social, cuánto tiene y lo que mueve. En un momento le pone la mano en el hombro. Ella le acusa de acoso y, al final, le pega un bofetón. La agresión está en que ella no tiene acceso a nada y él le pone los dientes largos con su pavoneo. Es en su estatus donde se encuentra la agresión. Y con la obra de Noviembre, Mamet vuelve a demostrar que es un escritor en el mundo, totalmente actual. Además es autor del guión de El cartero llama dos veces, de Los intocables de Elliot Ness, de Veredicto final… Si en la primera lectura no lo coges, en la segunda te quedas prendado. También he dirigido en la Abadía Spi de plau y he estudiado Glengarry Glen Ross. Todo esto hizo que cuando Pascual puso la obra en mis manos, me enamorase de esta sátira sangrante, vodevilesca,
cercana al Billy Wilder más disparatado. El tipo domina la comedia y no nos habíamos enterado. Es maravillosa. Por eso la hice.

A.- ¿Qué necesita un actor para engancharse?

SR.- Que el texto sea formidable y el personaje, fantástico y que te vaya. Yo no puedo hacer El caballero de Olmedo porque no es mi estilo. El gancho de los actores son los personajes, lo que te permite amar a la profesión. Su complejidad, sus contradicciones, les convierten en un bombón.

A.- ¿Cómo afrontas el texto y el personaje?

SR.- Siempre hablo de partitura musical. Me planteo el texto del personaje y me lo aprendo. No soy partidario del método sino del sentido común. ¡Me he criado en la escuela de actores de toda la vida! Soy perfeccionista pero sin exageraciones, más bien estudioso.

Me aplico como actor: me aprendo el papel y procuro no tropezarme con los muebles, como dicen Spencer Tracy y Alfredo Landa. Soy un gran admirador de actores españoles como Pepe Isbert, Agustín González, Fernán Gómez… esa camada de cómicos que han trabajado simplemente con naturalidad y sentido común sin aplicar ningún método. Yo soy autodidacta y todas esas cosas del Actor´s Studio y otros sistemas me resultan ajenas a mi cultura.

Hay algo de la manera de hacer de los músicos que me gusta mucho para este trabajo. Se aprenden la partitura y la afinan; hay muchas maneras, para un actor, de trabajar un texto. Vi una vez a Barenboim dando una clase magistral y me quedé helado de lo mucho que afinaba cualquier escala y el contenido que le daba, así que lo que más me preocupa como actor es mi propio punto de vista sobre el texto que estoy interpretando.

Voy amasando al personaje sobre el texto, no a base de imaginar dónde nació y cuáles fueron sus traumas o a estudiar donde nacieron. Trabajo sobre la partitura, las frases, los tonos…; en ese sentido soy un actor tradicional. Sobre los tonos trabajo las intenciones y sobre las intenciones, las emociones, que las escribe el poeta y no es necesario que las sientas tú. Sólo es necesario que las trasmitas. Yo no toco ningún instrumento, aunque haga tantas referencias musicales, pero cuando hice de “el Negro”, en Orquesta Club Virginia, llega un momento clave en el que toco mi canción favorita, una canción que dice mucho de mi. Pues era otro el que tocaba, mi misión era transmitir la emoción del que está tocando o cantando como Penélope en Volver. Lo importante es lo que la película muestra del personaje. El oficio de actor me parece sencillo, lógico, tiene mucho de artesanía en la que se van puliendo los tonos, las intenciones, las palabras, que son lo que cuentan y el resto las muestra el poeta. Si tienes que hacer un acento porque el tipo es de córdoba, pues lo haces, pero repito, mucho de la encarnadura ya te la da el autor. Todo está en el texto. Tu trabajo tiene mérito cuando interpretas bien un personaje que, al estar escrito de una forma extraordinaria, facilita que tu también estés extraordinario. Si está mal escrito, no hay actor que se lo salte, lo puedes salvar pero nada más. Por eso me parecen más sencillos los protagonistas que los secundarios: están mejor descritos, más cuidados, el autor les ha dado más complejidad. Los secundarios son más problemáticos aunque con matices importantes dentro de la orquesta. Nuestro oficio, de todas formas, consiste en acercarnos a las emociones, debemos crear una apariencia de verdad pero no la verdad misma. En cuanto a las aportaciones, el punto de vista es lo que das al personaje, su estilo. Y lo que te define es cómo vas eligiendo dentro de las posibilidades de tu carrera. Creo que lo mejor es empezar de protagonista y seguir así toda la vida, si es posible.

A.- La confianza en uno mismo es esencial para abrirse camino y elegir.

SR.- Como actor soy más seguro que como persona. Tengo una inseguridad galopante que se mezcla, a la vez, con una seguridad galopante. Quizás porque siempre me ha parecido fácil nuestro oficio. No sé de dónde viene esto, quizás porque vengo de una familia numerosa y en este tipo de familias la autoestima suele estar por los suelos, aunque tampoco es mi caso. También soy muy tenaz en lo que pienso. En cuanto a la forma de ser, pienso que hay algo de tu personalidad que siempre permanece, a pesar de los múltiples cambios, vivencias y evoluciones que experimentamos, a lo largo de nuestras vidas y que influye a la hora de tomar decisiones. Una parte de tu “yo” original, lo que eres, no dejas de serlo nunca. Hay cosas que son inamovibles.

A.- ¿Pero no llega un momento en el que los actores os interpretáis a vosotros mismos?

A vuelapluma


Tus maestros…

Me gustan muchos actores como Agustín González, Fernando Fernán Gómez, Gene Hackman, Jack Lemmon…

Cualidades que prefieres…

La sencillez y la honestidad.

Despiertan tu ira…

Las tonterías. Muchas veces los “de ques”, los dichos que se convierten en tópicos, las cosas que se ponen de moda en el lenguaje. Pero no soy airado. Vivo alegremente.

SR.- Siempre. Nos pasa a todos. Aunque hay seres como Anthony Hopkins cuyo poder de trasformación casi supera lo humano. Es alucinante el tío. Exquisito. No se le nota la transformación pero la consigue. Ofrece una gran calidad actoral. Siempre es él pero menos. Sabe transformarse con sencillez. Es mucho actor. Y hay otros muchos que, sin llegar a eso, son geniales también. Luego está la voz, el cuerpo, que son las herramientas con las que contamos y que hacen que podamos ser a un tiempo repulsivos u atractivos, normales o esperpénticos. Ese poder para transformarse en muchas personas es lo que me gusta de esta profesión. Pero hay muchas maneras de actuar y muchos tipos de actores. Pienso en Antonio Resines, un excelente actor, que siempre se interpreta a sí mismo y esa bonhomía suya, su forma de ser, también la transmite al personaje. Y hay actores que se disfrazan en exceso.

A.- Como Lawrence Olivier.

SR.- Tenía algo de antipático. Era bueno pero, a veces, acartonado. Ya sé que esto es políticamente incorrecto.

A.- Hay actores a los que la potencia mediática eleva a la categoría de mito. Ian Holm es tan bueno como Anthony Hopkins y, tal vez gracias a la fama de El silencio de los corderos, Mr. Hopkins se lo ha llevado todo. Hay veces que un actor acapara todos los personajes y te preguntas si es por moda o tirón comercial más que porque le vayan los personajes que le ofrecen.

SR.- Cuando creces mediáticamente lo tienes todo. Con otros la situación es mucho más injusta.

A.- ¿Cómo ves el cine español?

SR.- La gente ve cine español pero no va a las salas a verlo. Por otra parte hay buenos directores: Trueba, Camus, Amenábar, Alex de la Iglesia… es muy difícil competir con el cine americano y con las descargas. Pero la gente lo ve en casa. Por eso no es fácil hacerlo rentable, pero en cuanto a miradas, hay más que nunca.

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