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Ada del Moral

Una reflexión de José Monleón ante la turbulencia de nuestra época


Naranja Completa.

Actores.- Tu nuevo libro, publicado por Clave Intelectual, es una valiosa reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro en España y la civilización occidental. Al final uno lo cierra pensando que esa evolución depende de nosotros. ¿Cuándo comenzó y desde cuándo está pendiente?

José Monleón.- La historia siempre se mueve, pero cabe considerar que existen largas etapas sujetas a unos determinados problemas y principios, a las que suceden otras, regidas por diferentes líneas de pensamiento y de demandas sociales. Algunos grandes historiadores, como por ejemplo Tucídides, sostuvieron en la antigüedad que la naturaleza humana era siempre la misma y la historia repetía sus crímenes y sus injusticias. Yo creo que esto no es así exactamente, porque los seres humanos tienen también una naturaleza social, alimentada por los modos de vivir y la cultura dominante de cada época, y entiendo que esa naturaleza social sí es cambiante y educable y está influida por la experiencia colectiva y los idearios que la rigen. El hecho de que muchos alemanes aceptaran durante el III Reich el exterminio de los judíos como una “solución política” no significa que fueran especialmente criminales, sino que vivían en una cultura que integraba esa idea entre sus principios. Luego, cuando cayó el nazismo, muchos alemanes se avergonzaron. Calificar “la naturaleza humana” sin atender a la calidad o la desvergüenza de sus hábitos culturales me parece una dudosa generalización que, además, paraliza las posibilidades humanas de avanzar y construir sociedades más justas.

A.- ¿Dónde situarías tú los comienzos de nuestra época?

JM.- Tomando la cultura en su sentido totalizador, yo creo que en España fue la II República, más allá de la historia del poder, la que hizo pensar a muchos españoles que aquella debía ser un bien común antes que un ornamento artístico de la clase dominante. En el caso del teatro, por ejemplo, la mayor parte de la preceptiva crítica defendió un teatro cuyos conflictos, generalmente familiares, tenían poco que ver con la realidad de la mayor parte de los españoles. La Generación del 27 y varias gentes de teatro anticiparon un concepto de cultura que ha ganado luego terreno, en el sentido de ser entendida como la visión transversal de una serie de demandas, de –como dijeron las Naciones Unidas años más tarde– un modo de entender el “vivir juntos”. La suspensión de la pena de muerte, la libertad responsable, la enseñanza pública obligatoria, la justicia social, la participación de la sociedad en la ordenación política, la igualdad de la mujer, etc., son conquistas culturales importantísimas, entre las que también debemos incluir el acceso popular a la creación y el goce artístico. Yo, desde niño, he vivido esa demanda, tantas veces arrinconada, de muchos españoles. Esa rebelión ha retomado e incrementado su fuerza cuando la revolución tecnológica ha acercado a las sociedades de todo el planeta.

A.- Y algo parece que ha estallado en nuestros días que choca directamente contra esa momificación de la sociedad…

JM.- Por eso te decía que hay un momento, que quizá deberíamos situar en la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, que se conecta con la creación de la Sociedad de Naciones y en España con la proclamación de la República, que supone una demanda que quizá ahora, después de los horrores sucedidos desde entonces y el sentimiento actual contra el sistema económico internacional, ha determinado un nuevo tipo de respuesta. Hoy, cuando se manifiestan los muchachos del 15M no lo hacen con espíritu partidista; sus razones son más generales y su rechazo más visceral. Sienten que los mecanismos de representación de las democracias no son claros y fluidos. Su discurso político, aprisionado por el caos, parece elemental; sin embargo, si estructuras sus peticiones, percibes de inmediato que existe una clara demanda cultural, la exigencia de otro modo de “vivir juntos” , de ordenar las sociedades.

A.- Sin embargo, cierta opinión los incluye entre los grupos radicales tradicionales.

JM.- Lo que distingue a los grupos del 15M es que no tienen un modelo ideológico. Les une el sentimiento de que los mecanismos de comunicación política entre los gobernantes y sus representados no son los correctos. Y, por tanto, la democracia necesita una transformación, no simplemente formal, sino ética y leal con el conjunto de la sociedad.

A.- ¿Los vincularías a los movimientos pacifistas de los sesenta?

JM.- El rechazo a la política y la cultura establecidas son afines, pero el debate no se plantea desde ningún partido concreto. Está alimentado por las experiencias y emociones personales mucho antes que por la lectura de textos ideológicos. Está pegado a la vida, y si no hubiera habido tanta crisis, tanto paro y tanta evidencia de la dictadura del capitalismo hubiera tenido otra formulación. Su estímulo es más ético que lo que tradicionalmente entendemos por político.

A.- ¿Les falta entonces una base política?

JM.- Yo creo que la democracia supone un modo de entender la política distinto a su reducción a lucha por el poder desde distintos sectores o grupos sociales. La conquista del poder o el bien de la comunidad definen dos culturas políticas distintas. En la primera, la sociedad es básicamente la materia utilizada y manipulada para conseguir su apoyo; en la segunda, la sociedad adquiere la condición de sujeto de derechos y la defensa de una serie de valores éticos y democráticos, se convierte en la materia primordial de la acción política. Muchos creen que la divergencia es el principio de la política, sin entender que su mejor camino sería la convergencia entre las distintas opciones o formas sobre el modo de alcanzar el bien común, debatida en términos democráticos. A algunos les parecerá quimérico, aunque fuera ya el espíritu de la democracia ateniense. Y, a la vez, quizá encontrarán lógico que varios partidos que se excluyen recíprocamente se ofrezcan a la sociedad para que elija a uno de ellos. ¿No sería razonable que la cultura democrática de un país contara con distintas opciones vinculadas entre sí por su mismo interés por el bien común? España tiene muchos políticos que si no hablaran mal de sus enemigos no tendrían nada que decir, como muchos creyentes necesitan el infierno para definirse…

Así ocurre en muchas teóricas democracias del mundo, donde han surgido movimientos como nuestro 15M, en pueblos –Grecia, Portugal, Irlanda, Italia, Reino Unido– que están pagando por una deuda que tiene su origen en el sistema económico internacional y la gestión de sus gobiernos. Su mayor problema quizá esté en no ser absorbidos por la cultura política que rechazan, dándole al término ese contenido totalizador del que hablaba al principio.

A.- Y en cuanto a “la llegada del otro”… Si no nos ponemos de acuerdo con nosotros mismos, ¿cómo vamos a asumir dicha llegada?

JM.- La xenofobia es antigua, pero la globalización, derivada de la revolución tecnológica, nos obliga a una revisión del concepto. La globalización no es, en sí misma, ni buena ni mala. Significa otra realidad socio-cultural que puede favorecer la comunicación y nuestro recíproco conocimiento, o todo lo contrario. Es la gran oportunidad para integrar, al fin, sin ninguna discriminación, la diversidad cultural, para afirmar nuestra pertenencia a la Humanidad y darle al término solidaridad un nuevo sentido.

La otredad ha sido secularmente mal explicada. El otro ha sido un elemento sospechoso, el emigrante, un ocupante, alguien que llega de fuera y te quiere quitar la casa. En el fondo hay mucha gente que se afirma a través de sus odios o recelos. Y el “extraño” ha venido muy bien para el caso. Ahora estamos mucho más cerca los unos de los otros y ello nos ayuda a corregir la visión tradicional de la otredad. La identidad estuvo sujeta durante siglos a circunstancias históricas que nos marcaban. Hoy, cada vez más, la identidad es una construcción personal que incluye la posibilidad de incorporar elementos de distinta procedencia. Ya no hay que seguir el oficio del padre. La vida incluye con mucha más facilidad la evolución y la posibilidad de compartir con los “otros” la creación de una sociedad mejor. Los hay que creen que si pierden la identidad de sus mayores se quedan sin nada. Yo creo que hemos de armonizar nuestra “identidad humana”, nuestros grandes intereses comunes, con la manifestación pacífica de nuestra singularidad.

A.- ¿Cómo encaja aquí el teatro?

JM.- En relación con esa percepción solidaria de la otredad, el gran teatro es siempre una exploración de la personalidad de los otros, es decir, de personajes que no se limitan a ilustrar las experiencias y la ideología del autor o de una clase social. Las situaciones y los personajes del gran teatro desbordan siempre al espectador y muestran, en primer término, el valor de esa “otredad” que ensancha nuestra visión del mundo, a menudo desmontando la preceptiva oficialmente establecida. Por eso los griegos lo consideraron un instrumento de la formación democrática, y por eso también el teatro ha chocado muchas veces con los gobiernos absolutos. En el teatro no sólo descubrimos a los “otros”, sino al “otro” más o menos amordazado que muchos llevamos dentro. Con la ventaja de que aquí no valen los discursos ni lo sermones porque es el encuentro del personaje con las situaciones, la percepción de la justicia o injusticia de cuanto le sucede, lo que nos permite adentrarnos en la las realidades veladas de las sociedades.

A.- ¿La política es como una religión?

JM.- Hay dos campos distintos: uno la religión como doctrina, y otro, las relaciones políticas de las religiones con el poder. Son dos cuestiones que, en muchos casos, se mezclan interesadamente, pero yo creo que debemos separarlas. ¿Qué pensar, por ejemplo, de una figura como el sufí Ibn Arabí que acabó vinculando la religión al amor o de nuestros grandes místicos –y santos– enfrentados con la Inquisición? Para un católico o un musulmán de mentalidad abierta es más fácil entenderse entre sí que con un correligionario integrista. En cuanto a la relación entre política y religión, ésta se ha utilizado muchas veces para afianzar la cohesión política y hacer más llevadera la idea de la muerte en la batalla. Yo creo que es lógico que la descolonización de los países árabes a mediados del siglo XX trajera como consecuencia un cierto espíritu de revancha contra sus antiguos ocupantes. De manera que una parte del islamismo volvió a cargarse de objetivos políticos que remozaron el viejo argumento de la guerra santa. Hay que evitar generalizaciones y atender a los que defienden una lectura del islam y del cristianismo acorde con la paz y la convivencia.

A.- ¿Vivimos una banalización de la política?

JM.- Nuestra época carece de un discurso político coherente. Las distintas fuerzas económicas y políticas siguen enfrentándose según los modelos de una sociedad anterior. La nueva interdependencia entre los pueblos está solicitando una nueva comprensión de la política. Esta carencia de conciencia histórica ajustada a nuestra época es la que conduce a tantas soluciones o propuestas cargadas de violencia, de contradicciones mal resueltas. Por poner un ejemplo: ¿tiene sentido que los gobernantes de todo el mundo se estén reuniendo continuamente y tengamos a 1.200.000 personas muriéndose de hambre, a la vez que disponemos ya de un arsenal atómico con el que cabría destruir a toda la especie humana?

A.- ¿Y cómo salvarnos como seres humanos?

JM.- Deberemos dedicar más tiempo a la cuestión, e intentar superar la incoherencia de una cultura política más atenta a la conquista del poder que a la paz y la justicia de las sociedades, al interés económico que a la salvaguardia del futuro.

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