Festival de Otoño a Primavera y adiós de Goldenberg

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No era la noticia que los medios estaban esperando del Festival de Otoño a Primavera 2015-16 (FdOaP 15-16), pero así fue. A Ariel Goldenberg, el director del festival de los últimos 15 años no se le renovaba el contrato que había finalizado este verano. Así que se puede considerar la programación de este primer trimestre del festival como su despedida. Y, por ahora, sin continuidad ya que se desconoce tanto el nuevo director o directora como la programación con la que se continuará el resto de la temporada.

El caso es que es un adiós que se puede considerar un buen resumen de lo que ha sido este evento teatral bajo la dirección de Goldenberg. Al menos en los últimos años. La apuesta por nuevos espectáculos de compañías que ya habían triunfado en el festival y en muchos otros, como son el caso de las británicas DV8 y 1927. Y la coproducción de espectáculos españoles de riesgo como “La clausura del amor”, con Bárbara Lennie e Israel Elejalde, y “40 años de paz” de Pablo Remón. Todos ellos espectáculos de calidad. Del tipo de calidad a la que están acostumbrados los asistentes fieles a este festival, llegando a considerar que es lo normal. Y, no, esto no es la norma.

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John / Foto: Laurent Philippe

No, no es la norma que un espectáculo como “John” de DV8 se suba a la escena. Sin ser el mejor de los que se les han conocido aquí, se reconoce su buen hacer, su calidad para elegir la banda sonora y, por supuesto, para bailar. Pero se echa en falta un trabajo de dramaturgia que genere, más allá de la técnica, un interés teatral por esta historia. Historia que comienza en la infancia de su protagonista y acaba cuando alcanza la edad de 60 años. Una vida de pobreza, miseria, drogadicción y delincuencia que tras varias novias y algún hijo acaba encontrando solaz en una sauna gay. Donde se reconoce como homosexual y se (re)liga a una sociedad y a la esperanza de encontrar el amor.

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Golem / Foto: Bernhard Mueller

Pasa lo mismo con “Golem” de 1927. Deslumbrante ejercicio de estilo e ingenuidad para contar un cuento. El del hombre actual y de cómo su pasión por la tecnología le consume la vida y los valores, transformándolo en otra cosa. Espectáculo que se hubiese beneficiado de haberse visto en una sala más pequeña. Pues, ni siquiera con el éxito que tuvieron la vez anterior que vinieron, consiguen llenar la gran Sala Roja de los Teatros del Canal lo que produce cierta frialdad. De todas maneras sus nuevos y viejos espectadores comprueban que su técnica teatral es impecable, incluida la dramaturgia; que siguen haciendo espectáculos kitsch con sabor de película muda; que continúan componiendo música y canciones efectivas que, perfectamente, podrían ser standards; y que mantienen una capacidad visual que está muy por encima de la media. Pero esta vez, a los que ya los habían visto, comprueban que han abandonado la sutil mala leche del espectáculo anterior para imbuirse de cierto buenismo agradable para espectadores concienciados, con conciencia. Dejándolos confortablemente sentados en sus asientos y contentos, disfrutando de todo aquello que la obra parece denunciar.

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La clausura del amor / Foto: Josep Aznar

Entre medias de estos dos espectáculos relativamente fallidos llegaron las dos sorpresas del festival. De esas que siempre han dado la campanada. Da la casualidad de que las dos de este año han sido españolas. Una estratosférica, “La clausura del amor” de Rambert que ha enfrentado, nunca mejor dicho, a Barbara Lennie y a Israel Elejalde en esta historia que cuenta la separación de una pareja de actores. La pareja que ellos interpretan siempre arriba y más arriba, y más allá. Una situación que agota y que desgasta. Lo que se ve en la cara de Israel cuando sale a saludar pero no en la de Bárbara que aparece como si tal cosa. Como si aún pudiera dar mucho más. Trabajo que congrega a gran parte de la profesión, ávida por escuchar y ver lo que estos dos monstruos de la escena son capaces de hacerles entender. De ver que en estos convulsos tiempos, el amor y el desamor siguen haciendo de las suyas. Un “no hay entradas” que no necesita explicación ni justificación más allá de lo que ocurre en escena. Uno más de los que Goldenberg ha sido capaz de ofrecer en todos sus años de dirección. Con los que han conseguido, como ya se ha dicho, la fidelización del público.

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40 años de paz

El otro éxito ha sido “40 años de paz” de Pablo Remón. También puso el no hay billetes en la Sala Negra de los Teatros del Canal. Esta vez, a base de jóvenes treintañeros con aspecto de alternativos y enterados y unas notas hipsters. Una sala en la que la escenografía de la obra parecía quedar suspendida en un oscuro limbo, como esa larga Transición en la que se quiere dejar viviendo a España. Un oscuro que favorece la transmutación de los actores en los diferentes personajes. En la que Fernanda Orazi, una estrella del teatro alternativo, y el resto del elenco (Ana Alonso, Francisco Reyes y Emilio Tomé) dan a la extraña familia española protagonista, apariencia de normalidad. Obra que está llamada a girar en las pequeñas salas donde cualquier aficionado al teatro, al de calidad, me refiero, debería intentar pillarla para disfrutarla.

Esta última obra también ejemplifica la dirección de su depuesto director. Esa que ha sido capaz de dar visibilidad a autores, profesionales y públicos emergentes, como se les llama ahora. De esos que se dicen que no existen y que, en la Comunidad de Madrid, bullen en la sombra y al margen de los grandes teatros de la capital. Un runrún al que festival le ha prestado altavoz y visibilidad, favoreciendo su supervivencia, aportando su granito de arena a que el teatro se mueva, cambie, evolucione, y cuente con lenguaje contemporáneo a sus coetáneos.

Semillas que Ariel Goldenberg ha regado hasta convertirlas en brotes frescos y robustas ramas. Y que se deberían poder mantener. Por muchos motivos. Pero el principal es que los profesionales y espectadores puedan conocer de primera mano, no de oídas, y tener contacto con lo mejor sea de aquí, de nuestro entorno europeo o de más allá. Lo mejor e interesante, que no lo más celebrado, que no lo más popular. Pues lo que ha creado es el espacio y el tiempo para que esas otras propuestas lleguen, se vean y se disfruten. Para que Madrid suene como parada obligatoria para artistas que están a la última porque tienen algo con sustancia que mostrar y contar.

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