Festival de Otoño a Primavera: Las buenas noticias

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Acaba la temporada y con ella la programación del Festival de Otoño a Primavera 2013-2014 (FOP 13-14), y deja muchos y buenos recuerdos para los que aman el teatro. Mucha escuela pasando fundamentalmente por los Teatros del Canal, teatro que se ha convertido ya en la sede oficial del festival. Pero, sobre todo, deja referencias para los espectadores, los profesionales y la crítica. Unas referencias de categoría que servirán para medir lo que se programa y se programe en la ciudad de Madrid y, seguramente, en España. Una memoria necesaria para seguir haciendo teatro, el espectáculo de la memoria que diría Anne Bogart.

De las trece propuestas que han pasado por el festival, nueve se pueden considerar de antología, aunque ninguna de esas nueve es complaciente con el público, lo que no significa que se olviden del mismo. Más bien al contrario. Son trabajos rigurosos, el rigor que exige el respeto por el respetable público que no siempre respondió llenando las salas. El vacío más clamoroso, al menos el día del estreno, que sí concentró a una gran parte de la profesión, pero no de público (exceptuando un buen puñado de letones y rusos), fue sin duda el de Onegin. Commentaries de The New Riga Theatre de Alvis Hermanis, algo que, según cuentan los que asistieron a otras representaciones, se fue corrigiendo a medida que el boca a oreja fue extendiendo el rumor de la maravilla que se podía ver en la Sala Verde del Canal. Este espectáculo es una muestra incontestable de lo que puede hacer una compañía estable con tiempo y recursos para investigar. Los que se necesitan para comentar la popular novela de Pushkin, historia de un indolente dandy de campo afectado por el spleen del XIX. No demasiado lejos del spleen del XXI mostrado por Angélica Liddell en su Todo el cielo sobre la tierra (El síndrome de Wendy), que abría el festival donde gente joven moderna y alternativa ocupaban los puestos de los conocidos habituales del festival para disfrutar de la soledad que mira desde muy lejos, en tierra extraña, y desde un punto de vista femenino, es decir, desde un punto de vista humano a la vieja Europa, de la cual procede la artista. Viendo su propuesta, solo se puede decir que hay que ver a Ángelica y aprender a construir esa fuerte vulnerabilidad que es raro que no muestre en escena. Sí, es cierto que hace de sí misma, pero de sí misma como un personaje, cuya construcción se recuerda nueve meses después de inaugurar el festival en octubre de 2013.

Y en la estela de ese teatro nuevo que practica la Liddell, llegó el novísimo teatro de la compañía El Conde de Torrefiel a la Sala Pradillo. Otro de los must del festival que cualquier actor debería ver para aprender a construir y a estar presente en el presente. De nuevo, construcción y rigor para contar la historia de dos pobres jóvenes amigas, económicamente hablando, que se van a la playa un fin de semana, las únicas vacaciones posibles, para olvidar los fracasos sentimentales en un mundo donde la política está presente. Como libro de cabecera de ese fin de semana, 2666 de Bolaño, y como banda sonora la del chiringuito de playa, la de la disco y algo de heavy, que da lugar a una de las escenas más chocantes y divertidas de la propuesta. Pues el humor, como la vanguardia, ha sido otro driver en este festival. Desde el inocente humor de Fair Play del magnífico Patrice Thibaud, el que a cualquiera que lo vea hace gritar ¡yo de mayor quiero ser Patrice Thibau!, al también inocente, pero algo más amanerado y, por tanto, predecible, de Lebensraum (Espacio vital) del holandés Jakop Ahlbom.

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Reírse y hacer reír era también el objetivo de Le voci di dentro de Eduardo de Filippo, espectáculo que agotó entradas con un mes y medio de antelación, lo que le hizo que se prorrogase un día más. Sin duda, la expectación se debía a que la protagonizaba el gran actor Toni Servillo, famoso por sus últimas películas y, sobre todo, por la oscarizada La gran belleza. Así que, lleno en las representaciones. Lleno en las ruedas de prensa. Y muchas crónicas en los medios. Sin embargo, y tal vez por las expectativas creadas, uno de los mayores fracasos artísticos, pues las formas en las que estaba hecho este espectáculo recordaba a las maneras de hacer sainetes que ya han perdido toda su popularidad y vigencia en España por mucho empeño que pongan los políticos en rescatar dichas maneras como forma de popularizar el teatro, comportamiento político del que de Filippo ya se río en su tiempo en la magnífica El arte de la comedia.

Decepción similar a la que produjo Las palabras (Una historia de amor), el último Pablo Messiez, que escondía un reto terapéutico: enlentecer lo que decimos diciéndolo cantando o en verso, como manera de pensar lo que se dice antes de decirlo, antes de llevarlo a la práctica. Que, a pesar de su humor y de su amor, fracasa, tal vez, por un problema de casting, pero sobre todo por no dar una buena solución a la idea. Aunque Alicia Câlot, Marianela Pensado y Estefanía de los Santos consigan hacer reír en sus escenas conjuntas. Obra que ejemplifica que sin riesgo artístico no hay futuro para el teatro y que es ese riesgo el que deben cobijar los festivales de altura, como el FOP aunque el resultado no sea el esperado.

Y el humor no abandonó el escenario ni siquiera en los espectáculos de danza que tenía programados. Ni en el magnífico ToroBaka que cerró el festival con el público en pie, un pas de deux entre el flamenco de Israel Galván y el khatak de Akram Kham en el que dos tradiciones, dos folclores, se unen para hacer un espectáculo de nuestro tiempo, de hoy en día. Tampoco faltaba el humor en Panorama, el espectáculo pop de Philippe Decouflé, una antológica de sus coreografías rejuvenecidas con un nuevo y más diverso cuerpo de baile de la Compagnie DCA, hecho con sinceridad e inocencia para el disfrute del público, incluido el público infantil.

Pero, sin duda, el tema estrella de este año, que también se ve en las obras ya comentadas, es el amor. El amor de verdad, con mayúsculas, el que te besa y te hace llorar como el que recuerda la mano protagonista de Kiss & Cry, otro llenazo del festival a pesar de anunciarse como un espectáculo del que no se sabía muy bien qué esperar al mezclar danza, cine y teatro efímero. En el mismo, Charleroi Danses mostraba un trabajo de baile de manos bajo la atenta dirección del cineasta Jaco Van Dormael, que había partiturizado los movimientos de cámara para que registrase lo pequeño que pasaba en escena y hacerlo grande. Y que, si bien el público se quedaba con la película del espectáculo, los profesionales descubrían como las manos, solo las manos, sirven para contar una historia, aunque se perdiesen en un espacio tan grande para ellas como es el escenario de la Sala Verde de los Teatros del Canal. Propuesta que algún crítico ha definido como facilón, por contenido y por forma de hacerlo, como si fuera fácil dar vida independiente a una mano pegada a un cuerpo, hacerla que exprese, que cuente desde un gran escenario.

Festival Otoño a Primavera 2De amor habla, por supuesto, Amar, la obra de Alejandro Catalán que llegaba de Argentina con las mejores críticas y, también, los comentarios elogiosos de los profesionales que la habían visto allá. Sin embargo, entre los profesionales y el público de acá no ha llegado a tener el mismo impacto. Tal vez porque adolece de dramaturgia y de exceso de comentario, lo que convierte la historia en un conjunto de tópicos que no dejan disfrutar de sus hallazgos: el manejo de la luz, el espacio y los sonidos por los propios actores del montaje. Todos ellos, inspiradores en sí mismos, pues muestran que la compañía puede ser pequeña, mínima, pero eso no significa que sea pobre, ni en ideas ni en recursos. Factores que deberían convertirla en inspiración de futuros espectáculos en la Comunidad de Madrid, como debería serlo la ópera Katia Kabanova de André Engel, Irène Kudela y Théâtre des Bouffes du Nord, la compañía de Peter Brook, que recupera la capacidad de contar qué tiene la ópera reduciendo esta obra a un piano y a un grupo de buenos cantantes a los que hace cantar para que entre ellos se escuchen. Un objetivo conseguido y superado a tenor de los actores y actrices que en el patio de butacas se levantaron para aplaudir y jalear al elenco cuando acabo la obra. La primera, Esperanza Roy, que junto con su marido, Javier Aguirre, siguen el festival año tras año y pase lo que pase, habiéndose ganado el puesto de clásicos en este festival.

Y después de tantos y tan buenos espectáculos, y ya casi terminando el festival, llegó tgStan, compañía belga de actores, dando otra vuelta de tuerca a la excelencia teatral. Su montaje de Trahisons de Harold Pinter en la Cuarta Pared ha sido de los más aplaudidos, tal vez porque su forma de hacer, su sencillez, su verdad, la forma de estar en escena de los tres actores que la protagonizan, permiten entender intuitivamente entre querer, desear y amar; y dotan de sentido a las pequeñas traiciones que en su nombre se hacen los seres humanos.

Festival OtoñoPrimaveraLlegados a este punto y final del recorrido de este año y comparando con los malos presagios de años anteriores, en los que el festival mostraba espectáculos que premiaban la calidad técnica sobre la calidad del contenido, alegra que hayan traído buenas noticias. Noticias de un teatro que sabe que solo es posible la calidad técnica si existe un contenido de calidad, pues si no, no hay nada que contar o lo que se cuenta no se entiende. La técnica, por muy buena que sea, solo es artificio. Por eso, es de esperar que ahora que los programadores del festival han recuperado la visión, la audición y el olfato, los mantengan; y que el final del FOP 13-14 sea un punto y seguido de lo que ya estarán preparando para el año que viene bajo la atenta dirección de Ariel Goldemberg que, con su presencia en las salas viendo los espectáculos, comprobando el género “in situ” como uno más, apoya cada una de las obras que programa. Hasta la temporada que viene, que ya se la está esperando.

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