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Carlos Bernal


La Candelaria.


Nadie lo quiere creer.


Violeta Luna de México.


Yuyachkani de Lima.

El FIT de Cádiz se vistió de fiesta y celebró los primeros veinticinco años de su andadura, de su afortunado trajín. Al Festival Iberoamericano de Teatro acuden cada año gente de las dos orillas, de allende y aquende los mares, para destapar sus cajas de esencias teatrales, y de allí, ágiles y sonrientes, salen montones de músicos, actores, bailarines, pintores y acróbatas. Compañías procedentes del mundo hispano parlante e incluso obras venidas de Portugal, Brasil y Estados Unidos, en sus respectivas lenguas. Este festival permite a las gentes de teatro de los dos continentes que participan, reconocerse; una gran posibilidad para diferir o soñar juntos. Es puerto de mar abierto en las dos direcciones, allí, desde su creación en 1985 por Juan Margallo -ya un cuarto de siglo sin interrupción- han zarpado y atracado las compañías con las respectivas escenificaciones propias de sus variadísimas formas de entender la vida y el quehacer teatral. Esta labor constante y apasionada del equipo de personas que lo hace posible, capitaneados actualmente por Pepe Bable, obtiene resultados que aportan enriquecimiento cultural y humano a todas las partes en cuestión. El festival y sus gentes permiten y estimulan el conocimiento y el intercambio de artificios teatrales y lúdicos de muy variados sabores. Casi para todos los gustos…

Nobleza y futuro

La mayoría de los montajes vistos apuestan por dramaturgias contemporáneas, creaciones colectivas, recreaciones de algún clásico y, en muchos casos, la mezcla de diferentes prácticas artísticas: danza, teatro, títeres, nuevas tecnologías, música, etc. Durante su realización, además de las salas de teatro, se llena la ciudad de creación y fantasías escénicas, tanto para niños como para los peatones despreocupados que se encuentran en calles y plazas con espectáculos hilarantes llenos de color y desparpajo. Es decir, la protagonista es la diversidad cultural en el arte escénico, el respeto y la curiosidad por lo diferente, por los otros. Este empeño del festival lo llena de nobleza y de futuro.

En la pasada edición, por ejemplo, grupos de Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, Estados Unidos, Portugal, México y de varias comunidades de España enseñaron sus espectáculos. Era la manera de intercambiarse entre ellos y con el público, las ideas y los deseos; en suma, los sentimientos.

Asistieron treinta y dos compañías que actuaron en cuatro teatros y trece emplazamientos teatrales no habituales. Por razón de espacio no puedo detenerme a enumerarlas, pero no sería completa la crónica si no mencionara la parte pictórica del asunto: dos exposiciones en el Castillo de Santa Catalina, la primera, “El FIT en cartel”, una muestra retrospectiva de los carteles de las veinticinco pasadas ediciones del festival hasta hoy, entrañable y necesaria; y la segunda, de agradecer, por lo oportuno de su propuesta y por las resonancias históricas y actuales de su imaginario “Bolívar enamorado”, del pintor colombiano Diego Pombo. Nos puso la mente a volar: cuadros grandes y generosos directos a lo más trascendental de las pupilas, humor irónico y colores tropicales para mostrar al Libertador en insospechadas situaciones cotidianas y mágicas. Irreverencia ante el mito para acercar y hacer crecer al ser humano: aquel filósofo y militar venezolano que liberó cinco repúblicas e inspiró a García Márquez, “El General en su Laberinto”. Eran cuadros como escenas, transmitían una visión teatral aguda en la mirada del pintor.

Como en toda celebración, este encuentro tiene algo de quebranto y algo de fiesta: del primero al despedirse, al volver todas las compañías a su dura realidad, al país, a la aventura de su desolada cuenta bancaria, etc.; la segunda es cada noche después del teatro, se charla, se discute y se ríe; se constata la riqueza de ideas, los rasgos comunes y los diferenciales y se tejen planes para el futuro, planes que ni Dios sabe si será posible realizar. Es una fiesta saber que allí cada año se produce el Encuentro de Mujeres de Iberoamérica en Las Artes Escénicas, o constatar que la universidad gaditana entiende la importancia artística y literaria del puente Latinoamérica-España; sin olvidar que allí puedes ver a “La Zaranda”, habituales del festival y recientes ganadores del Premio Nacional de Teatro o disfrutar de la ironía y el buen hacer de Santiago García y el Teatro La Candelaria. Pero asisten muchos, muchos más que, entre otras cosas, suavemente nos enseñan mientras nos advierten que no hay que creerse el cuento de que esta vida es puro cuento. El Iberoamericano de Cádiz se nos cuela en el disco duro de las emociones, en pleno miocardio; los organizadores, los participantes y algunas imágenes de la escena se instalan en la memoria del cuerpo y nos ayudan a inventar y a convertir los inventos en buenas obras de teatro. Lo más importante en Cádiz son las funciones de los grupos; lo impagable, los hombres y mujeres que las hacen posibles. Un privilegio.

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