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Y si no, ¿qué cosa fuera?

Carlos Bernal

Câo que morre nâo ladra.

La Magdalena.

Rompiendo códigos.

Las Meninas.

Siempre que se enfrenta al folio blanco que acogerá el nuevo artículo el cronista tiene un par de ideas, más o menos claras, para a partir de allí escribirlo.

Éste no es el caso: recién pasada la XXVI edición del Festival Iberoamericano de Cádiz, frescas todavía las emociones y los espectáculos, me resulta difícil capturar esas ideas que darán sentido y continuidad a estas líneas. Muchas, muchas veces, he estado en el FIT, y en éste más de un cuarto de siglo he escrito muchos artículos al respecto, o sea, ¿qué más puedo decir que no haya dicho?, ¿qué tipo de adjetivos y metáforas debo usar para informar sobre este festival que se me antoja familiar y necesario? Será un artículo un poco desordenado sobre lo que me quedé pensando, cuando, ya solo, regresaba a mi ciudad, a lo cotidiano, a mis realidades; porque los festivales de teatro son como la fantasía, como los premios, una tierra de nadie donde imperan las técnicas y el ensueño teatral.

Vinieron 33 espectáculos de once países. Éstas fueron las compañías: Comediants, La Zaranda, La cuadra de Sevilla, Teatrapo, Deabru belzak, Flor de un día, La timbre 4, La Carne Teatro-Compañía Nacional de Teatro y Proartes Costa Rica, Circolando, Teatro de Babel-Dramafest, Compañía de Teatro La Patriótico Interesante, La resentida, La Industrial Teatrera, Teresa Nieto en Compañía, Pikor Teatro, Companhia do chapitô, La Biznaga Teatro, Murmullo y metralleta-Compañía de Teatro Gestual, Axioma Teatro, Producciones Imperdibles, Teatro Itinerante del Sol-Teatro Cenit, Teatro Niño Proletario, Teatro Playa, Fundación Julio Boca-Eleonora Cassano, Danza combinatoria, Compañía Rosario Cárdenas, Violeta luna, Dos lunas teatro, Nomad Teatro, Montevideo Teatro, Uroc Teatro, Las Poderosas Teatro, Viaje Inmóvil y el Teatro Línea de Sombra.

Espectáculos vivos

En general, atentos todos a las nuevas tendencias y tecnologías y tratando de conservar esas cosas del acervo teatral que están probadas y funcionan. Espectáculos, en su mayoría, que beben de la época que nos tocó vivir a los creadores y sus públicos en los diferentes países. Creo que entre los empeños del festival está, a la hora de diseñar la programación, contar con obras que sean el resultado artístico de observar los hechos que nos rodean, pendientes de los vientos que corren, con propuestas arriesgadas de diferentes “carpinterías” teatrales.

Esto no es nuevo, ni original, ya lo hacían Shakespeare y los mejores. Esto se ve en Cádiz, cada uno con su estilo, claro. Las obras les nacen de la influencia del entorno y su actitud ante el experimento en las tablas. Después de tantos años participando en el FIT creo entender que en la diversidad de las obras está su riqueza y su futuro; en ser prisma de colores nuevos y viejos. Entiendo también que es importante que nuestros espectáculos tengan un hálito de rebeldía, de magia y de travesura; que conviene apuntarnos a la aventura, a la verdad y al placer. Que si nos dedicamos a inventar universos paralelos a la realidad, con personajes y espacios ficticios es porque aún perviven en nuestro cuerpo y memoria la emoción y el recuerdo de lo que sentíamos cuando de niños nos escondíamos en esos sitios tan íntimos, casi secretos, donde nos pasábamos horas y horas, solos, sin tiempo, jugando a soñar, imaginando lo que queríamos y confundiéndolo con la realidad; atrincherados debajo de la mesa, escondidos en el armario, cubiertos con las mantas, debajo de un árbol, al lado de un riachuelo, en la punta de una loma, o tendidos sobre la hierba mirando al cielo y descubriendo las figuras que las nubes dibujaban en el aire.

En Cádiz se reconocen esos rasgos en las gentes de teatro que allí se encuentran. En casi todos, en los jóvenes “guerreros” y en los ya bastante mayores. Casi todos llevan en el cuerpo el compromiso y la creatividad. Se puede, inclusive, intuir el niño que todavía les queda dentro. No se lo digo, pero esto los convierte en mis cómplices; o a mí en cómplice suyo.

Con el Teatro de los Sentidos he aprendido que lo importante son las preguntas. Van unas cuantas que merodeaban en mi cabeza mientras el tren avanzaba veloz camino de Madrid: ¿qué pasaría si les diéramos el poder a los payasos, a los músicos, a los panaderos, a los médicos, a otros?, ¿cómo hacer para que nuestras obras recorran el camino apropiado y consigan la medida justa para suscitar diversión, emociones e inquietudes?, ¿por qué tantas veces nos parece que a las obras les sobran diez minutos? (a algunas, incluso, después de habérselos quitado).

Sólo me queda desear éxitos y larga vida al Festival de Cádiz y a las mujeres y los hombres que lo hacen posible; a todos, cada uno en su papel, desde Pepe Bablé, el director, hasta los que hacen los papeles pequeñitos. Desde la alcaldesa de Cádiz hasta las señoras y señores que nos hacen la comida, por poner ejemplos. Agradecerles sus obras y sus desvelos porque, entre otras muchas cosas, de tanto ellos hacer el festival y yo artículos como éste, voy aprendiendo a escribir.

Usted, estimado lector, puede imaginar que ya ha llovido todo lo que tiene que llover, y que ha llegado de nuevo la primavera. Y que, es más, el verano también y con él la edición número veintisiete del FIT. Yo imaginaré que preparo mi maleta porque mañana me voy y sé que al mismo tiempo muchos amigos y amigas, y otros y otras que no conozco, hacen lo propio; y que llegaremos, de nuevo, ingenuos, preocupados, más zorros y más felices a inventar en los escenarios y en las plazas mundos paralelos para ver si en algo mejoran éste. Y si no, ¿qué cosa fuera?

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