Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Ada del Moral

Puede que haya muerto pero se ha quedado con nosotros

“A mí mientras esté vivo me mantenéis vivo, que el dolor me jode pero morirme me jode más”, decía. Y de rúbrica, la hermosa campaña “Pastillas contra el dolor ajeno”, con él de protagonista y esos ojos de niño, asombrados ante la vida y la muerte. A Berlanga unos y otros se lo tuvieron que tragar sí o sí, a él que no confiaba en “ningún movimiento colectivo”, cuyo pensamiento no correspondía a “una generalidad” y para quien “lo más importante y admirable del ser humano era la independencia”.

Este hombre, que era genial y sabía sacar lo mejor a su trouppe, de lo único que se vanagloriaba era de que sus películas aguantasen el tiempo mejor que las de otros compañeros y qué razón tenía, por más que afirmase que lo suyo con el cine era la historia de un fracaso. Ni de derechas ni de izquierdas, sólo creía en el caos y reconocía que su vida fue la de “un señorito de provincias”, que nunca sufrió penurias económicas, lo que le permitió “culturizarse”. Burló la censura aprovechándose de la imaginación reprimida de los berracos de los censores y filmó Placido, Bienvenido Mister Marshall, Los jueves, milagro, y luego La vaquilla, Moros y cristianos, La saga de Nacional o Paris-Tombuctú con el humor como filosofía absoluta y una maestría para sacar limpieza del caos verdaderamente irrepetible. Porque con Berlanga se va un mundo aunque nos queden sus películas. Azcona, su pareja de hecho artística, le tomó la delantera y López Vázquez y Aleixandre, y antes Luis Escobar, Ciges, o Bardem… Por suerte, nos queda Saza, que es una maravilla risueña en clave cascarrabias.

Berlanga hizo algo insólito en este país, hizo a todo el mundo una cuchufleta con la profundidad de un tratado clásico de la que Aristófanes y Sófocles se hubieran prendado, y todo sin alterarse, ni alzar otra bandera que la del amor al cine.

Cómo no amarle si es nuestra historia, si hemos crecido enraizados en sus barbas, en su mirada desprejuiciada y, por tanto, afiladísima, en esa dulzura principesca, en esa melancólica desgana de contradicción ambulante. Era feroz a través de la comedia bufa, pero siempre tierno y revelador con sus personajes, ya fueran unos salidos desesperados, unos timadores de altos vuelos e incluso protectores de los ladrones, como San Dimas. Echo de menos su originalidad, su capacidad para contar historias de gente de la calle, de arriba y de abajo, su lucidez para diseccionar el momento social y político, esa forma de decir torrencial y sutil. Ese final terrible, hecho pintada en París-Timboctú: “Tengo miedo, L.”

No he conocido a nadie más sincero con sus debilidades, a una persona con menos ínfulas, él solito representa las contradicciones, gustos, evoluciones y alegrías de un siglo: niño de provincias revolucionario sin pretenderlo, enamorado temeroso de las mujeres, veterano de la División Azul para limpiar el nombre de su padre por haber sido miembro del gobierno republicano de Valencia, racionalista surrealista, fracasado triunfador, genio sólo en apariencia despistado. ¿Quién da más, público? ¿Quién os ha dado más, actores berlanguianos, lengua española que has incorporado el adjetivo berlanguiano a esas situaciones, en efecto berlanguianas?

Berlanga es como Ygramul el Múltiple: son muchos pero es uno solo.

Viva el cine, maestro, porque aunque no te gustasen nada las ínfulas, eso has sido. Como dijo un internauta anónimo en unos de los miles de homenajes populares: “Te veo esta noche, todas las noches, en tu cine, amigo, demiurgo”.

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn