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Adolfo Simón

En la recta final del año, tan sólo hay una reposición de zarzuela, La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal, tal vez la crisis ha afectado al género chico. En cambio, operísticamente hablando, hemos podido disfrutar de un tríptico delicioso alrededor de la mujer en la ópera, tres bocados exquisitos, uno de nueva cocina y dos cocinados de manera tradicional, estos últimos con un toque de locura. Las tres producciones se han repartido entre el escenario del Teatro Real y el de la sala A del Teatro del Canal, gracias a un principio de colaboración entre estos dos coliseos escénicos.

‘Lulú’ de Alban Berg


Representación de Lulú en el Teatro Real.


L’italiana in Algeri, ‘dramma giocoso’ de Rossini.


El musical Spamalot, de Monty Phyton, dirigido por
Tricicle.

Ópera en un prólogo y tres actos con orquestación del tercer acto realizada por Friedrich Cerha y libreto del compositor basado en El espíritu de la tierra y La caja de Pandora, de Frank Wedekind. En una nueva producción del Teatro Real en coproducción con la Royal Opera House, Covent Garden de Londres. Una arriesgada propuesta nada convencional que provocó muchas protestas entre los aficionados y que sin embargo, a los que nos permitimos aceptar una mirada diferente sobre la pasional y atrevida Lulú, nos descubrió que hay otra forma diferente y novedosa de poder disfrutar de un plato tan exuberante como es esta ópera.

En esta temporada, en la que el tema principal es la mujer en el mundo de la ópera, no podía comenzar mejor que con una de las obras fundamentales del siglo XX… Lulú. La protagonista es una femme fatale que, al igual que una mantis religiosa, provoca la destrucción de todas las personas atraídas por su fatal encanto e incluso desata su propia aniquilación. Basada en las tragedias Espíritu de la Tierra y La caja de Pandora de Frank Wedekind, uno de los mayores agitadores de la escena alemana del siglo XIX, que supo plasmar como pocos el desencanto de la burguesía de su tiempo, Lulú quedó incompleta a la muerte de su autor, Alban Berg. La primera versión se estrenó en la Ópera de Zúrich el 2 de junio de 1937, su versión definitiva fue terminada por Friedrich Cerha, compositor y experto en la Escuela de Viena tras la muerte de la viuda del compositor, Helene Berg, que se había opuesto a que se terminara el Acto III por contener alusiones más que evidentes a la relación adúltera de su esposo con Hanna Fuchs, la hermana de Franz Werfel. Se estrenó en la Ópera de París el 24 de febrero de 1969, bajo la dirección de Pierre Boulez, revelándose en toda su magnificencia.

El director de escena alemán Christof Loy, uno de los nombres más destacados del panorama operístico actual, regresó a Madrid tras su exitoso trabajo en Ariadne auf Naxos de Richard Strauss en la apertura de la temporada 2006-07 con este montaje, coproducido con la Royal Opera House del Covent Garden de Londres, donde se estrenó en junio de 2009. El resultado, una puesta en escena de estética minimalista, llena de referencias a la cultura centroeuropea. El foso del Teatro Real acogió por primera vez a una de las batutas más interesantes de las últimas décadas, el maestro israelí Eliahu Inbal. La joven y ascendente soprano sueca Agneta Eichenholz, que se alternó en dos funciones con la danesa Susanne Elmark, encarnó el papel titular de “la serpiente del paraíso, un animal salvaje y bello que ha sido creado para hacer el mal, para atraer, tentar, envenenar, para matar sin que uno lo perciba”, como indica el domador en el prólogo de la obra, que no es un personaje real, sino la encarnación de la sexualidad primitiva que hace salir inconscientemente todos los demonios, de ahí también su tratamiento vocal con sus coloraturas y agilidades estratosféricas. La mezzo norteamericana Jennifer Larmore, que volvió tras una larga ausencia al Teatro Real, donde defendió el papel titular de Giulio Cesare de Händel, encarnó a la Condesa Geschwitz, enamorada también de Lulú. Otro cantante que regresó fue Gerhard Siegel, a quien pudimos ver recientemente en Faust-bal de Leonardo Balada.

‘La constancia veraz’ de Franz Joseph Haydn 

Dramma giocoso en tres actos con libreto de Francesco Puttini y Pietro Travaglia. Fue una nueva producción del Teatro Real en coproducción con el Teatro Comunale de Treviso, la Opéra Téâtre Saint-Étienne, la Opéra Royal de Wallonie de Lieja, la Ópera de Ruán de la Alta Normandia, y la Ópera Nacional de Sofía.

Interpretada por los cantantes ganadores del trigésimo noveno Concurso Internacional Toti Dal Monte de Treviso, una fórmula interesante para dar salida a una gran cantera de cantantes que empiezan a defender una ópera con mayor teatralidad y dinamismo. El foso del Teatro del Canal acogía esta propuesta como el inicio de una nueva colaboración entre ambos teatros, con la Orquesta-Escuela de la Sinfónica de Madrid.

El catálogo operístico de Joseph Haydn es un verdadero tesoro que está todavía por descubrir. Una de las más deliciosas joyas que se encuentran dentro de la larga docena de títulos teatrales es La vera costanza, un dramma giocoso cuyo libreto es una versión reducida del elaborado por Francesco Puttini para una obra de igual título con música de Pasquale Anfossi, representada en 1777. La obra fue escrita para la corte de Esterházy y se representó por primera vez el 25 de abril de 1779. Para su reposición, en este mismo escenario en abril de 1778, al parecer su autor tuvo que rehacer gran parte de la música de memoria, puesto que el original se había perdido. La obra se estrenó en varias ciudades entre 1786 y 1792, con el texto en alemán, y denominada Der flatterhafte Liebhaber (El amante inconstante), en París se representó en 1791 como Laurette. Con motivo del bicentenario de la muerte del gran compositor austrohúngaro, el Teatro Real puso en marcha un proyecto en coproducción con varias ciudades europeas que supondrá el estreno en España de esta encantadora ópera. El director de escena italiano Elio De Capitani quiso presentar la ópera como una extravagante locura, llena de personajes cómicos, de una manera nada realista, sino muy sugerente y teatral, jugando con la ambigüedad de la historia. El director musical del Teatro Real, Jesús López Cobos, y José Antonio Montaño se pusieron al frente de la Orquesta-Escuela de la Sinfónica de Madrid y de un equipo de jóvenes cantantes formado por los ganadores de la 39ª edición del Concurso Internacional Toti dal Monte de Treviso, uno de los certámenes más prestigiosos del panorama lírico de todo el mundo.

‘La italiana en Argeli’ de Gioachino Rossini

Dramma giocoso en dos actos con libreto de Angelo Anelli, basado en la obra homónima de Luigi Mosca. En una nueva producción del Teatro Real en coproducción con el Maggio Musicale Florentino, el Grand Théâtre de Burdeos y la Houston Grand Opera. Con el Coro de la Comunidad de Madrid y la Orquesta Titular del Teatro Real.

De “locura organizada y completa” y “una música que hace olvidar toda la tristeza del mundo” calificó el escritor francés Stendhal a esta maravillosa fantasía, estrenada en el Teatro San Benedetto de Venecia el 22 de mayo de 1813, con un éxito apoteósico, por lo que el propio Rossini llegó a afirmar: “los venecianos están más locos que yo”. El libreto había sido encargado por La Scala de Milán a Angelo Anelli para una ópera compuesta por el napolitano Luigi Mosca, cinco años antes de que, por supuesto, quedase totalmente eclipsada por la arrolladora nueva versión, escrita en tan sólo veinte días. El papel de Isabella fue pensado para una de las cantantes predilectas del genio de Pésaro, la contrato Maria Marcolini, y constituye uno de los personajes femeninos más atractivos y completos ideados por el autor, una mujer moderna y emancipada, capaz de embarcarse hasta las costas norteafricanas para liberar a su amado, y de paso revolucionar las costumbres amorosas de aquellas tierras, debatiéndose entre el deber a la patria y el amor, en una de las joyas indiscutibles de la ópera cómica.

Tras su sonado triunfo en un personaje masculino como Sesto en La clemenza di Tito, la mezzosoprano búlgara Vesselina Kasarova tuvo de nuevo oportunidad de lucir todas sus armas de seducción y su encanto femenino, además de su virtuosismo. Se alternó con la valenciana Silvia Tro Santafé, nuestra mezzosoprano belcantista más internacional, que volvió al Teatro Real tras su lejana actuación en La zorrita astuta de Janácek y su más reciente Stabat Mater de Rossini, con uno de los papeles que le han aportado mayores ovaciones. A destacar también la presentación de las ascendentes sopranos españolas Davinia Rodríguez y Eugenia Enguita, y la presencia de los jóvenes tenores rossinianos… Maxim Mironov y David Alegret o de los dos excelentes bajos-barítonos bufos, nuestro bien conocido Carlos Chausson y el joven Paolo Bordogna que destacó en otra pieza rossiniana, La pietra del paragone, contando con dos bajos italianos de lujo como Mustafá… Michele Pertusi y Giorgio Surjan. Jesús López Cobos desentrañó toda la calidad musical de esta deslumbrante partitura propia del mejor Rossini. Joan Font, director de Comediants, después de su éxito internacional con La Cenerentola, volvió a embarcarse en el universo del compositor italiano con esta nueva producción del Teatro Real en coproducción con varios teatros, llena de fantasía y de referencias a la Comedia del Arte y a la comedia francesa al estilo de Molière; un cuento colorista situado en un ambiente oriental, con una fuerte presencia del mar como elemento que une más que separa a los pueblos, y en la que el choque de culturas y el diálogo entre lo femenino y lo masculino se entienden como intercambio, no como exclusión del otro.

A destacar, en la cartelera de Madrid, las nuevas propuestas de musicales, un género que cada vez tiene más adeptos y que cuenta con actores y actrices mejor preparados para este tipo de representación. Al inicio de la temporada pudimos disfrutar de dos novedades, 40 Principales, sobre los éxitos musicales de los últimos treinta años, y Spamalot, en la que los Tricicle se han embarcado por primera vez en el mundo de los musicales, encargándose de una puesta en escena que, si bien se aleja de sus habituales producciones, consigue, gracias a su disparatado humor, conectar perfectamente con el espíritu de la obra y contagiar a todo el elenco de un estado de gracia para el absurdo, que provoca gran placer en el público que acude a cada representación.

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