La escena expuesta: El mito trágico de Raquel Meller

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Adolfo Simón

Durante tres meses, del 19 de junio al 30 de septiembre de 2012, en la recoleta sala de las Musas del Museo de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, hemos podido disfrutar de la exposición homenaje que se ha realizado a una de las figuras claves de la interpretación musical del siglo pasado: Raquel Meller, el mito trágico. Dicha muestra tuvo una serie de actividades complementarias como el ciclo de conferencias impartidas por José Luis Rubio, comisario a su vez de la exposición y la proyección de Carmen, interpretada por la artista y dirigida por Jacques Feyder.

Nadie ha descrito con mayor precisión que el escritor Cansinos-Asséns la profunda trascendencia artística de Raquel Meller. Aquel abanderado de la vanguardia literaria fue capaz de vislumbrar en toda su dimensión, de mito y tragedia, el arte incomparable de Raquel.

Ella misma, su mejor obra

Aunque siempre estuvo circunscrita a un género menor, incluso efímero como el de la canción popular, Raquel Meller tenía una manera tan emocionante de cantar, de interpretar las canciones y de poner en escena sus personajes que conmovía y encogía el corazón de los espectadores. Primero en España, luego en Francia y después en América, el público comprendió que aquel arte pequeño era un arte superior, de alcance universal. Lo que Raquel Meller hacía con su voz frágil pero nítida, su dicción perfecta y su naturalidad expresiva era mostrar la esencia, la sustancia de las canciones, extraer el tuétano, la pulpa humana, tierna y palpitante, para mostrarla y vivirla sobre el escenario.

Otras cantantes de su misma generación, Fornarina, La Goya y Mercedes Serós, obtuvieron logros artísticos comparables, pero Raquel Meller fue la única que se convirtió en mito. Tenía una personalidad arrebatadora. Podía ser a la vez cautivadora y artista, genial e insoportable. Los franceses dijeron que representaba la quintaesencia del temperamento español.

Llegó a ser una de las grandes estrellas internacionales del período de entreguerras, pero todo quedó olvidado después de mil novecientos treinta y nueve. A partir de ese momento, Raquel Meller tuvo que sobrevivir a su propia leyenda, en un mundo cambiado y ajeno, rodeada de amargura y soledad.

El arte de Raquel Meller fue el de la interpretación. No fue autora, no compuso ninguna canción, si acaso, en sus comienzos firmó la adaptación de alguna letra. La obra, la verdadera creación de Raquel Meller, fue ella misma. Se construyó como artista y como personaje… Se creó de la nada.

Nació el 9 de marzo de 1888 en Tarazona, provincia de Zaragoza y fue bautizada con el nombre de Francisca Marquéz López. En su familia no había antecedentes artísticos. De pequeña deambuló con su madre por varios pueblos y terminó viviendo con una tía suya en un convento; de su padre no se tienen noticias. A los trece años se marchó a Barcelona a trabajar de costurera y, por ese tiempo, empezó a cantar. Al principio cantaba cuplés, canciones cultas de apariencia vulgar que procedían de la tradición de la tonadilla, con toques picarescos, teñidas por el humo y el alcohol de los locales donde se interpretaban. En aquel momento, el cuplé era interpretado únicamente por mujeres.

En Barcelona debutó en febrero de 1907, año y medio después lo haría en Madrid. Raquel Meller inmortalizó temas como Flor de té, Ay! Ramón, La polvera, El relicario, La violetera, Mala entraña, Agua que no has de beber, La alondra… e infinidad de temas más.

Raquel Meller y Charles Chaplin.

En el otoño regresará a la Sala Tribueñe de Madrid un espectáculo sobre la vida de Raquel Meller que lleva meses deleitando al público. Una propuesta que ha tratado de traer a nuestros días la estética y la atmósfera de aquellos tiempos, recuperando una genuina manera de interpretar las canciones.

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